Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.
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Capítulo 17
Capítulo 17. Daniel golpeó a su hijo
Daniel dudó de sí mismo al instante.
La voz se parecía a la de Camila, sí. Pero había sonado más clara, más distante. Solo habían sido unas palabras.
Llevaba días preguntándose por qué no le contestaba. Debía de estar oyéndola donde no estaba.
Mientras vacilaba, el guardaespaldas guardó la tarjeta y volvió a subir.
La camioneta lo rodeó y se marchó sin darle otra oportunidad de hablar.
Daniel se quedó mirándola, incapaz de apartar los ojos.
Dentro, el hombre le ofreció la tarjeta a Camila.
—Es el director de Grupo Ferrer, señorita.
Los grandes consorcios esperaban su turno para colaborar con los Montenegro. Una empresa de aquel tamaño ni siquiera debería haber llegado hasta ella.
Camila no tomó la tarjeta. Miró a su asistente.
—Pongan a esa empresa en la lista de exclusión del grupo. No vamos a trabajar con ellos. Nunca.
—Sí, señorita.
***
Esa noche llegaron más mensajes de Daniel.
Como Camila no atendía las llamadas, él preguntó varias veces cuándo volvería a casa.
Ella leyó y no contestó.
Después de tantos días sin conseguir hablar con ella, Daniel empezó a inquietarse de verdad.
No quería ir a suplicarle. Pero la empresa estaba resultando imposible de manejar sin su trabajo.
Beatriz notó su expresión apenas entró.
—¿Siguen mal las cosas en la oficina?
Se acercó para consolarlo.
Daniel la esquivó y fue directamente al cuarto de Camila.
Abrió la puerta de golpe.
Vacío.
La cama estaba impecable, sin señales de que alguien hubiera dormido allí. El armario, el tocador, los rincones donde ella dejaba sus cosas... no quedaba nada.
Era como si Camila nunca hubiera vivido en aquella habitación.
—No puede ser.
Daniel se quedó inmóvil.
Había supuesto que se fue a un hotel unos días para castigarlo. No que hubiera vaciado el cuarto.
Beatriz también se sorprendió al asomarse.
Durante el día salía con Nicolás o trabajaba en casa. La residencia era grande. Daba por hecho que Camila iba a la oficina y que, por eso, no se cruzaban.
Que no se hiciera notar le parecía perfecto.
Camila debía ser una herramienta silenciosa: irse temprano, volver tarde y ocuparse de la empresa sin interponerse en su vida familiar.
Su ausencia no la había inquietado.
Nunca imaginó que se hubiera marchado de verdad.
—¿Cuándo se mudó...? —murmuró.
Nicolás apareció de pronto y empezó a aplaudir.
—¡Se fue la bruja! ¡Por fin! ¡Qué bueno!
Algo se rompió dentro de Daniel.
—¡Cállate!
El grito y la bofetada llegaron casi al mismo tiempo.
Golpeó al niño con tanta fuerza que lo hizo caer sentado en el suelo.
Nicolás rompió a llorar.
Era la primera vez que su padre le pegaba.
Beatriz lo miró, horrorizada.
—¡Daniel! ¡¿Cómo puedes pegarle así?!
Se arrodilló junto a su hijo. La mejilla ya empezaba a hincharse.
La rabia y el dolor le llenaron los ojos de lágrimas. Miró a Daniel con furia, alzó al niño y se lo llevó a su habitación.
Él reaccionó por fin.
—¡Bea!
Dio unos pasos detrás de ella y se detuvo.
No podía pensar en nada que no fuera el cuarto vacío.
Llamó al personal de la casa.
—¿Cuándo se fue? ¿Por qué nadie me dijo nada?
Las empleadas le explicaron lo ocurrido, temblando.
Camila había empacado varios días antes. Les dijo que él estaba muy ocupado y que no debían molestarlo con aquello.
A Daniel se le hundió el estómago.
¿Varios días?
Poco después de que Beatriz llegara.
Claro. Seguía castigándolo por dejarla vivir allí.
***
Beatriz pasó una hora llorando con Nicolás.
Daniel no fue a buscarlos.
El niño se aferró a ella.
—¿Papá ya no nos quiere? Me pegó por culpa de esa bruja...
—Claro que nos quiere, mi amor. No va a abandonarnos.
Lo tranquilizaba sin estar segura de sus propias palabras.
Daniel repetía que Camila solo le servía para trabajar. Y, aun así, por ella perdía el control una y otra vez.
¿Y si de verdad se estaba enamorando?
—Papá me dio mucho miedo...
Nicolás volvió a hacer un gesto de llanto al recordar su cara.
Beatriz le besó la mejilla con cuidado.
—Aquí está mamá. No voy a dejar que vuelva a tratarte así.
Mientras ella estuviera allí, Camila no les quitaría su lugar.
Cuando Nicolás se durmió, Beatriz se secó las lágrimas y fue al estudio.
Daniel estaba solo, hundido en sus pensamientos. Al verla, apenas movió los labios.
—Perdón. Me pasé con Nico. Perdí el control. No quiero culparlos a ustedes, pero que Camila se vaya ahora nos perjudica a todos.
Se apretó el puente de la nariz. Sonaba exhausto.
Esperaba reproches. Se había preparado para escucharlos.
—Lo sé. Estás agotado por la empresa, por tu familia y por lo de Camila.
Beatriz se acercó y le tomó una mano. Hablaba con una suavidad que le aflojaba el nudo del pecho.
Daniel levantó la vista.
No encontró enojo en su rostro. Solo preocupación por él.
—¿No estás enojada conmigo?
La voz le salió ronca.
Había perdido la cabeza aquellos días. Hasta había dejado de tomar en cuenta lo que ella sentía.
—¿Cómo voy a estarlo?
Beatriz le apoyó la mano contra el pecho.
—Sé que haces todo esto por nosotros.
—Bea...
Él bajó la cabeza.
—Debí haberlo resuelto mejor.
—No es tu culpa. No tendría que haberte dejado solo con todo. Somos esposos. Tenemos que salir de esto juntos.
Daniel la abrazó, aliviado.
Y al cerrar los ojos volvió a ver a Camila.
En los peores momentos de la empresa, ella también se quedaba a su lado y le decía lo mismo.
Y después salía a pelear por él. Se echaba todos los problemas a la espalda y los resolvía.
Daniel frunció el ceño.
¿Por qué volvía a pensar en ella?
—¿Ya olvidaste que yo también estudié Finanzas? —preguntó Beatriz al cabo de un rato—. Quizá pueda hacer el trabajo de Camila.
Por fin llegaba a lo que había ido a proponer.
Era mejor que ella misma se convirtiera en la mano derecha de Daniel. Antes no había entrado a la empresa porque él temía que su familia los descubriera.
—No me parece buena idea.
Él la rechazó sin pensarlo.
No solo por sus padres. Si Camila volvía y encontraba a Beatriz también en la oficina, podía tomárselo muy mal.
—Sé lo que te preocupa.
Beatriz ya lo había previsto.
No pedía el puesto de Camila. Podía ser su asistente dentro del departamento. Cuando regresara, dirían que solo había ido a ayudar.
Además, Camila había pedido descanso. Alguien tenía que cubrir su trabajo.
—Las mujeres nos entendemos entre nosotras. Está haciendo todo esto para que la busques. Si sabe que me tienes a tu lado, quizá le dé miedo perder su lugar y vuelva por su cuenta.
Era exactamente lo que Daniel quería oír.
Había consentido tanto a Camila que ahora se mudaba sin siquiera avisarle. Si iba a rogarle que regresara, después podría exigirle lo que quisiera.
Seguía convencido de que lo amaba. Después de seis años recibiendo sus atenciones, no podía dejarlo por una pelea.
Entre aquella idea y la insistencia de Beatriz, terminó aceptando.
Al día siguiente, ella entró a trabajar en Grupo Ferrer.
El trámite de contratación pasó por el sistema y Camila recibió un aviso automático.
Había una nueva empleada en su departamento.
Beatriz Salcedo.
Camila miró el nombre dos segundos y sonrió.
Qué poca paciencia tenía Daniel. Apenas se había tomado unos días y ya metía a Beatriz en la oficina.
¿Se moría si no tenía una mujer haciéndole el trabajo?
—Señorita, ya terminamos el recorrido por las empresas del grupo —dijo su asistente—. ¿Va a entrar a la junta de accionistas?
—Por supuesto.
Todavía no podía tomar las riendas del negocio. Los miembros del consejo seguían a Teresa y no iban a recibirla con agrado.
Pero pensaba asegurarse de que recordaran su presencia.
***
Daniel pasó el día en su oficina mirando el celular.
La pantalla se encendía. Se apagaba. Volvía a encenderla.
Nada de Camila.
Debía de haber recibido el aviso de contratación.
Él se había resistido a buscarla durante todo el día. Ella parecía no tener el menor problema en hacer lo mismo.
Por primera vez empezó a dudar.
¿De verdad podía dejar de hablarle así, sin más?
Durante años, Camila lo había dado todo por él sin pedir nada. Daniel había sentido aquel amor de una forma tan clara que creía que ella habría muerto por él si se lo pedía.
¿Había sido mentira?
***
Camila regresó a casa al atardecer, después de un día entero en Grupo Montenegro.
Una empresa de aquel tamaño era difícil de manejar. Si no hubiera preparado cada dato con anticipación, los viejos de la junta la habrían hecho pedazos.
El celular vibró.
Era Mariana Torres, su mejor amiga de la universidad. Acababa de volver a México y estaba en una reunión de antiguos compañeros. Quería verla y tomar algo juntas.
Habían compartido habitación, trabajos de medio tiempo y noches de estudio. Siempre bromeaban con que, si alguna se hacía rica, no debía olvidarse de la otra.
Después de graduarse, Mariana se fue a trabajar al extranjero. Camila eligió quedarse con Daniel y ayudarlo a levantar su empresa.
Intentó disculparse, pero su amiga insistió. Solo estaría una noche en el país.
Recordar aquellos años terminó por convencerla.
La reunión era en un bar con música en vivo, en el centro.
Cuando entró al salón privado, ya había mucha gente.
Mariana se levantó de un salto y corrió a abrazarla.
—¡Camila! ¡Te extrañé muchísimo!
El entusiasmo le devolvió una emoción que hacía tiempo no sentía.
—Has cambiado un montón. ¡Te han tratado bien estos dos años!
La Mariana tímida y delgada de la universidad se había convertido en una mujer segura, abierta, llena de energía.
—¡Claro! Tu amiga ya salió a conocer el mundo.
La llevó a sentarse y la miró de arriba abajo.
—Y tú estás más bonita. ¿Será que el amor te sienta bien?
El gesto de Camila cambió apenas. No sabía por dónde empezar.
Los otros invitados se acercaron enseguida. A algunos los reconocía; a otros, no.
Había sido una de las mejores estudiantes y una de las jóvenes más admiradas del campus. Muchos tenían curiosidad por verla.
—Eso, Camila. Cuéntanos tu vida de casada. ¿Qué tal se vive siendo la señora Ferrer?
El romance universitario había sido conocido por todos. Daniel la había perseguido sin discreción y su boda después de graduarse se convirtió en una historia que los alumnos de Finanzas repetían con admiración.
—¿Y Daniel? ¡Dejaste a tu marido en casa! Llámalo para que venga.
—¡Sí, que se una!
Camila ya empezaba a arrepentirse de haber aceptado la invitación. Buscaba cómo detener la insistencia cuando otra voz se impuso.
—Yo no estaría tan segura de que vive bien. ¿Cuándo la han presentado los Ferrer con orgullo como la esposa de Daniel? Esas historias de amor entre personas de distinta clase suelen acabar bastante mal.