Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
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Capítulo 8
Capítulo 8
¿Alguna vez cumpliste como marido?
—¡Emilia! ¿Estás bien?
Beatriz se alarmó, aunque la caída había sido tan torpe que estuvo a punto de reír.
Alejandro se acercó enseguida e intentó levantarla. Emilia se resistió.
—Me duele todo… Alejandro, cárgame, por favor…
Tenía las rodillas entumecidas por el golpe y lloriqueaba sin parar.
Valeria cruzó los brazos y la miró desde arriba.
Emilia siempre sabía hacerse la víctima. Le bastaba tener a Alejandro cerca para empezar la función.
—Alejandro… Clara me empujó.
Emilia se refugió en sus brazos, pero la mirada que lanzó a Valeria estaba llena de odio.
—¿Qué dijiste? —preguntó él, desconcertado.
Valeria sonrió.
—¿Estás segura de que te empujé?
—¿O vas a decir que me tiré al suelo yo sola?
La voz de Emilia perdió parte de su dulzura.
—No sería imposible. Siempre estás tan enferma que parece que vas a desmayarte. Quizá te tumbó una corriente de aire.
—¡¿Me estás deseando la muerte?!
Emilia se puso roja.
—¡Sentí tu mano cuando pasé junto a ti! ¿Ahora no te atreves a admitirlo?
—Emilia, aquí hay cámaras. No puedes acusarme porque sí.
La mirada de Valeria se endureció.
—Si las grabaciones demuestran que estás mintiendo, puedo denunciarte por difamación.
Alejandro la observó, sorprendido.
No quedaba rastro de la esposa callada que pasaba las noches sola en su habitación, siempre dispuesta a obedecer.
Emilia, intimidada, buscó ayuda en los ojos de su tía.
Beatriz miró de reojo la cámara del techo.
—¡Fue un malentendido! Seguro perdiste el equilibrio y rozaste a Clara al caer. Por eso pensaste que te había empujado.
Alejandro bajó la vista hacia Emilia.
—¿Te caíste sola?
Su voz se había enfriado.
—Yo… creí que ella…
La mirada de él cambió.
Emilia se asustó y se aferró a otra excusa.
—¡Si no se hubiera apartado, no me habría caído! ¡Lo hizo a propósito! Y rompí mi pulsera. Me la dejó mi abuela. ¡Era una joya de mi familia!
Se volvió hacia Valeria.
—Sé que estás enfadada por el divorcio. Pero no tienes derecho a desquitarte conmigo. ¿Acaso es culpa mía que se hayan separado?
Volvió a llorar.
Qué facilidad tenía para abrir el grifo.
Valeria alzó la barbilla.
—Primero: no estoy enfadada. De hecho, debería darte las gracias. Me ayudaste a salir de un matrimonio en el que me pasaba las noches esperando a un marido que no volvía.
Alejandro se quedó rígido.
¿Lo había esperado hasta el amanecer?
—Segundo: si esa pulsera realmente era de tu familia, hoy tienes otro motivo para agradecerme.
Valeria recogió uno de los fragmentos y lo examinó bajo la luz.
—Es falsa.
—¡¿Qué?!
Emilia abrió los ojos. Beatriz también se quedó atónita.
—Está rellena de resina. Llevarla durante mucho tiempo puede ser perjudicial. Algunos de esos compuestos pueden entrar en contacto con la piel y afectar la salud.
Valeria dejó caer el fragmento en la papelera.
La pulsera verde que brillaba en su propia muñeca convirtió el gesto en una humillación aún mayor.
—Señor Montenegro, ya que Emilia va a estar contigo, podrías comprarle alguna joya de verdad.
—Clara.
Alejandro frunció el ceño, molesto.
—Dejé una figurita de jade sobre mi tocador. Es un sapo. Si a Emilia no le importa, puede usarlo para hacerse otra pulsera.
Valeria se sacudió las manos, como si tocar aquella falsificación la hubiera ensuciado.
¿Un sapo?
Emilia entendió el insulto y se quedó sin aire de la rabia.
Quiso responder, pero Valeria ya se había alejado.
* * *
Al salir del hospital, Valeria no pudo contener la risa al recordar la cara de Emilia.
—Clara.
La voz de Alejandro sonó detrás de ella.
Se volvió sin entusiasmo. La brisa le movió algunos mechones de cabello.
Él se acercó, mirándola con atención.
—¿Qué más quieres, señor Montenegro? Si Emilia sigue llorando por la pulsera, dile que mañana puedo mandarle un camión lleno de esas del mercado de antigüedades.
—Lo que le dijiste a mi abuelo…
—Ah, eso. No te hagas ideas. Solo quería evitar que se alterara.
Su mirada se suavizó al hablar del anciano.
—Entonces estamos a mano —dijo Alejandro.
Valeria lo miró sin entender.
—¿A mano?
—Lo de casarte conmigo usando una identidad falsa. No se lo contaré a mi abuelo ni al resto de la familia.
¿De verdad acababa de decirle eso?
—Pero tienes que explicarme por qué lo hiciste. Mejor dicho…
Alejandro dio un paso hacia ella.
—¿Para qué te acercaste a mi abuelo con un nombre falso?
Valeria sintió una punzada en el pecho y retrocedió.
Olvidó que detrás estaba la escalera.
El pie se le quedó en el aire y perdió el equilibrio.
Antes de que cayera, Alejandro la sujetó por la cintura.
Sus miradas se encontraron. Ella sintió calor en las mejillas; él perdió por un instante el ritmo de la respiración.
Por mucho daño que le hubiera hecho, Valeria seguía encontrándolo irresistible. Cada rasgo de su rostro era exactamente lo que siempre le había gustado.
Trece años antes, cuando tenía once, había visto aquellos ojos en medio de la oscuridad y de una lluvia aterradora.
Nunca los olvidó.
Alejandro le había salvado la vida. Sin él, no habría llegado hasta ese día.
Y ahora era ese mismo hombre quien la había hecho sentir otra vez al borde de la muerte.
Él la ayudó a enderezarse.
—Gracias —murmuró ella.
—Contesta.
—Lo nuestro terminó. Tengo derecho a no darte explicaciones.
Valeria recuperó su sonrisa fría y se volvió.
—Tú mismo dijiste que estamos a mano. ¿Por qué sigues detrás de mí? Usé otro nombre, sí. Pero en estos tres años no hice nada para perjudicarte.
Alejandro la agarró del brazo.
—El divorcio todavía no es definitivo. Legalmente sigues siendo mi esposa. ¡Tienes la obligación de decirme quién eres!
—¡No voy a decirte nada!
Valeria respiraba de prisa. Los ojos se le enrojecieron.
—Hablas mucho de obligaciones, señor Montenegro. ¿No te parece ridículo? En tres años nunca cumpliste como marido. ¿Con qué derecho vienes a exigirme que cumpla como esposa?
Alejandro tiró de ella y la acercó a su pecho.
—Clara, no creas que no puedo averiguarlo sin ti.
Sus respiraciones se mezclaron.
Él no solía perder los estribos. Pero desde que Clara se había marchado, parecía saber exactamente cómo hacerlo estallar.
—Pues averígualo. ¿Para qué sigues preguntando?
Valeria se soltó y se marchó sin mirar atrás.
Alejandro la observó alejarse. Los labios rojos, los tacones negros, aquella forma de caminar… Todo le provocaba una incomodidad que no sabía explicar.
¿Por qué había cambiado tanto?
¿Se había vestido así para gustarle a Mateo?
Lo había engañado. Se había ido con otro sin pensarlo. No entendía qué veía su abuelo en ella.
Andrés llegó corriendo.
—Señor, Emilia dice que se torció el tobillo. Está llorando y quiere que vuelva a verla.
Entonces el rugido de un motor los hizo girar la cabeza.
—¡Es la señora!
Alejandro vio pasar a su exesposa al volante de un auto deportivo, con unos lentes oscuros que le cubrían medio rostro.
Era un Bugatti La Voiture Noire.
—¡Resulta que la señora tenía una fortuna escondida! —exclamó Andrés, incapaz de apartar la mirada.
Alejandro cerró lentamente los puños.
—¡Síguela!