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Mónica, obligada a casarse con Valentín Marín para saldar la deuda de su padre, descubre que su nuevo esposo la ve como propiedad. En su noche de bodas, conoce a Lucas, el hermano de Valentín, quien le advierte sobre el destino de la esposa anterior y le ofrece su ayuda. Atrapada entre el miedo y el deseo, ella comienza a acercarse al único hombre que podría ayudarla a escapar de aquel matrimonio, sin imaginar que Lucas también guarda secretos y que sus intenciones están lejos de ser desinteresadas.
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17. Robar lo robado
Valentín cruzó la puerta y salió al aire nocturno del polígono. El Mercedes negro arrancó con un ronquido sordo y se alejó por la carretera entre las naves industriales. Los faros rojos se hicieron más pequeños hasta desaparecer en la oscuridad.
Raúl se acercó a la lámpara colgante y tiró del cable. El cono de luz amarillenta se apagó. Solo quedó la bombilla desnuda de la esquina, parpadeando.
Lucas se quedó de pie en el centro del almacén, mirando la silla vacía. La uña arrancada brillaba bajo la luz parpadeante de la bombilla. El charco de orina y gasolina se extendía por el hormigón, oscuro y denso.
Raúl le observó desde la puerta.
- “¿Nos vamos?”, preguntó Raúl.
Lucas no respondió. Se quedó inmóvil, con la mirada fija en la silla. En su cabeza, las palabras de Valentín se repetían en bucle.
Carmen era la mujer que había intentado sacar de Sevilla, de la estación de Santa Justa, con una maleta y un billete de tren. No la que Valentín había amenazado con entregar a los acreedores si volvía.
Inés era la mujer de la casa baja entre olivos. La del vestido de algodón blanco. La de las uñas pintadas de rojo oscuro.
Lucas cerró los ojos y pensó en la otra. En la que estaba ahora en la casa encalada, sentada en la cama. En la que se había tragado la pastilla del día después que él le había dado. En la que Valentín llamaba "esa mujer" y "la otra", como si no tuviera nombre, como si no fuera más que un contenedor de carne y útero.
Lucas abrió los ojos. Miró a Raúl.
- “Vámonos”, dijo Lucas.
Caminaron hacia la puerta. Raúl la cerró detrás de ellos. Subieron a la furgoneta. Raúl se sentó en el copiloto, cogió el papel de aluminio con las cáscaras de pipas, y lo dobló para guardarlo en el bolsillo. No abrió una nueva bolsa.
Lucas arrancó el motor. La furgoneta avanzó por la carretera del polígono, entre las naves grises y los camiones aparcados en las rampas de carga. La mecánica con la luz fluorescente ya había cerrado. El polígono estaba en silencio.
Lucas pensó en lo que le había dicho a la mujer de la casa. Le había dado una lista con una farmacia. Le había dicho que se pusiera inyecciones anticonceptivas mensuales. Le había advertido que la criada era de Valentín.
Y la mujer que ahora dormía o no dormía en la casa, la que llevaba el cuaderno azul y la pastilla del día después disolviéndose en el estómago, no era ni Carmen ni Inés. Era un nombre sin nombre, para Valentín un recipiente, un vientre.
Lucas aparcó la furgoneta en la calle Feria, junto a la acera.
- “¿Estás bien?”, preguntó Raúl.
Lucas no respondió. Se limitó a sacar las llaves del contacto y abrió la puerta.
- “Mañana a las nueve. Asegúrate de que sigan bien al de la silla”, dijo Lucas.
Raúl asintió. Bajó de la furgoneta y se alejó por la calle con paso pesado.
Lucas subió las escaleras del piso de la calle Feria. Abrió la puerta. El olor a tabaco y ropa sucia le recibió como un abrazo frío. El ventilador del techo seguía girando con su chirrido metálico. La luz estaba apagada.
Se sentó en el borde de la cama sin encenderla. El colchón crujió bajo su peso; estaba en su escondite, aquel que usaba para cuando quería estar realmente solo.
Lucas se tumbó en la cama, con los ojos abiertos, mirando las aspas del ventilador girar y girar en la oscuridad; preguntándose si debía de dar el siguiente paso, si debía asegurar su posición, si debería robarle a su hermano, lo que le robó primero.