NovelToon NovelToon
La Esposa Que Cambió Las Reglas

La Esposa Que Cambió Las Reglas

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Amor prohibido / Romance
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Ana Rosa Yosef Osca

Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.

NovelToon tiene autorización de Ana Rosa Yosef Osca para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4 Señora Santoro

Amelia no durmió aquella noche. Había pasado demasiadas horas intentando convencer a su mente de que todo lo ocurrido durante las últimas veinticuatro horas podía tener una explicación sencilla. Su matrimonio había terminado de una manera inesperada, había descubierto que su nombre podía estar relacionado con una sociedad que creía desaparecida y, como si aquello no fuera suficiente, un hombre al que apenas conocía le había propuesto casarse para resolver un problema empresarial. Cualquier persona sensata habría considerado aquella propuesta absurda. Amelia también la consideraba absurda. El problema era que, cuanto más intentaba descartarla, más evidente se volvía una cosa: necesitaba respuestas y Gael Santoro parecía tener algunas.

A las seis y media de la mañana se levantó de la cama y caminó hasta la cocina. Preparó café y se quedó frente a la ventana mientras la ciudad comenzaba a despertar. Su apartamento parecía más silencioso que de costumbre. Durante años había compartido aquel espacio con Esteban. Habían discutido allí, celebrado contratos, planeado viajes y tomado decisiones que en aquel momento parecían importantes. Ahora cada objeto parecía pertenecer a una vida que había terminado sin pedirle permiso.

El teléfono vibró sobre la encimera.

Era un mensaje de Gael.

La reunión será a las nueve. He preparado el contrato.

Amelia leyó el mensaje dos veces.

No había saludos innecesarios ni explicaciones. Solo información.

Respondió después de unos segundos.

Estaré allí.

A las ocho y cuarenta y cinco llegó a la Torre Santoro. Esta vez no tuvo que anunciarse. Gabriel, el asistente de Gael, la esperaba en recepción y la acompañó hasta el ascensor. Cuando las puertas se abrieron en el piso treinta y dos, Amelia encontró a Gael sentado frente a una mesa cubierta de documentos.

Él levantó la mirada.

—Buenos días.

—Todavía no estoy segura de que puedan considerarse buenos.

Gael observó su expresión.

—Eso significa que no ha cambiado de opinión.

—Significa que quiero leer el contrato antes de decidir si voy a cometer una locura.

—Me parece razonable.

Amelia tomó asiento. Gael empujó hacia ella una carpeta negra.

—Aquí está el acuerdo matrimonial, las condiciones empresariales y las cláusulas de protección para ambos.

Amelia abrió la carpeta y comenzó a leer. La primera impresión fue buena. Gael había especificado la separación absoluta de los patrimonios, la independencia profesional de ambos, la confidencialidad del acuerdo y la duración inicial del matrimonio. También había incluido una cláusula que le garantizaba acceso a la información necesaria para investigar la sociedad de su padre.

Amelia levantó la mirada.

—No está intentando quedarse con mis derechos sobre el Proyecto Legado.

—No.

—Ni con mis bienes personales.

—Tampoco.

—¿Entonces por qué tengo la sensación de que estoy firmando algo mucho más peligroso?

Gael apoyó la espalda en la silla.

—Porque lo es.

Amelia cerró la carpeta.

—Aprecio la honestidad.

—No quiero que acepte algo que no entiende.

Ella volvió a mirar los documentos.

—¿Qué ocurre si no encontramos nada relacionado con mi padre?

—El acuerdo termina en cuanto se cumplan las condiciones del fideicomiso.

—¿Y si encontramos algo?

—Entonces renegociaremos.

—¿Y si nos enamoramos?

La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.

Gael se quedó inmóvil.

Amelia también.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Finalmente, él respondió con absoluta seriedad.

—Esa posibilidad no está contemplada en el contrato.

Amelia soltó una risa breve.

—Al menos coincidimos en algo.

—En ese punto, sí.

Ella bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

Era extraño. Apenas lo conocía y, sin embargo, hablar con Gael resultaba más sencillo que muchas de las conversaciones que había tenido con Esteban durante los últimos años.

Continuó leyendo.

Había una cláusula que le llamó especialmente la atención.

—Aquí dice que la residencia será compartida durante el matrimonio.

—Sí.

—No.

Gael arqueó una ceja.

—¿No?

—No voy a mudarme a una casa que parece un hotel de cinco estrellas con un hombre que conocí ayer.

—La casa no parece un hotel.

—¿Entonces?

—Parece una casa demasiado grande.

Amelia lo miró.

—Eso no mejora la situación.

Gael tomó el contrato y añadió una anotación.

—Podemos mantener espacios independientes.

—¿Y los eventos públicos?

—Asistiremos juntos cuando sea necesario.

—¿Y las fotografías?

—Son inevitables.

—¿Y si alguien pregunta cuánto tiempo llevamos enamorados?

—Diremos que es un asunto privado.

Amelia lo observó durante unos segundos.

—Definitivamente no sabes mentir.

—Sé mentir.

—Entonces no sabes hacerlo con naturalidad.

Gael sonrió apenas.

—Tú tampoco.

Aquella fue la primera vez que Amelia lo vio sonreír de verdad.

Y, por alguna razón, decidió no comentar nada.

Dos horas después, ambos estaban sentados frente a un notario. No hubo flores, familiares, invitados ni una ceremonia preparada con meses de anticipación. Solo dos testigos, los abogados de ambas partes y una pila de documentos que parecía demasiado grande para un matrimonio que supuestamente sería temporal.

Amelia llevaba un vestido sencillo color marfil y el cabello recogido. Gael vestía un traje oscuro. Parecían una pareja elegante a punto de celebrar una boda importante.

Solo ellos sabían que aquello era un acuerdo.

El notario leyó las condiciones legales y les hizo las preguntas correspondientes.

Amelia respondió con voz firme.

Gael hizo lo mismo.

Cuando llegó el momento de firmar, ella sostuvo el bolígrafo unos segundos antes de escribir su nombre.

Amelia Ferrer.

Se quedó mirando la firma.

Era la última vez que escribiría aquel apellido en un documento matrimonial.

Después Gael firmó.

El notario revisó los papeles y sonrió.

—Felicidades. Desde este momento, son legalmente marido y mujer.

Amelia levantó la mirada.

Marido y mujer.

Las palabras parecían pertenecer a otra historia.

Gael se acercó y le ofreció la mano.

—¿Lista?

Ella observó su mano.

—No.

Él esperó.

Amelia finalmente la tomó.

—Pero vamos.

Salieron de la notaría juntos.

Apenas habían llegado al automóvil cuando el teléfono de Gael comenzó a sonar. Él miró la pantalla y su expresión cambió.

—¿Qué ocurre? —preguntó Amelia.

Gael no respondió. Contestó la llamada.

—Habla.

Escuchó durante unos segundos.

—¿Quién filtró la información?

Otra pausa.

—¿Estás seguro?

Su rostro se endureció.

—No hagas nada hasta que llegue.

Terminó la llamada.

Amelia lo miró.

—¿Problemas?

—La noticia de nuestro matrimonio acaba de llegar a la prensa.

Ella abrió los ojos.

—¿Tan rápido?

—Alguien envió una fotografía.

—¿De nosotros?

—Sí.

Gael abrió el teléfono y le mostró la pantalla.

Una fotografía tomada a la salida de la notaría ya aparecía en varios medios digitales.

El titular era enorme.

Gael Santoro se casa en secreto con la exesposa de Esteban Llorente.

Amelia cerró los ojos.

—Perfecto.

—No es tan grave.

—¿No?

—Podría haber sido peor.

Ella lo miró.

—¿Cómo?

—Podrían haber descubierto que nuestro matrimonio es un acuerdo.

Amelia no encontró respuesta.

El teléfono volvió a sonar.

Esta vez era el suyo.

Reconoció el número inmediatamente.

Esteban.

Lo dejó sonar.

Gael la observó.

—¿No vas a contestar?

—No.

El teléfono volvió a sonar.

Amelia suspiró y finalmente respondió.

—¿Qué quieres?

La voz de Esteban llegó cargada de incredulidad.

—Dime que eso que estoy viendo no es cierto.

Amelia miró a Gael.

Él permanecía en silencio.

—¿Qué parte?

—Que te casaste con Santoro.

Amelia apoyó una mano sobre la puerta del automóvil.

—Esa parte es bastante cierta.

—Amelia, ¿qué estás haciendo?

—Mi vida.

—No puedes tomar una decisión así después de nuestro divorcio.

Ella soltó una pequeña risa.

—Tú decidiste terminar nuestro matrimonio sin consultarme. Creo que ya no tienes derecho a decidir qué hago después.

—No sabes quién es Gael Santoro.

Amelia miró al hombre que estaba a su lado.

—Tú tampoco sabes quién soy yo.

Esteban guardó silencio.

—Esto no termina aquí.

—Para mí, sí.

Amelia terminó la llamada.

Durante unos segundos contempló la pantalla apagada.

Gael no hizo preguntas.

—¿No quieres saber qué dijo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque acabamos de casarnos. Si voy a ser tu esposo, necesito aprender cuándo debo intervenir y cuándo debo dejarte resolver tus propios asuntos.

Amelia lo miró sorprendida.

Aquella frase era sencilla.

Pero significaba mucho.

—Gracias.

Gael abrió la puerta del automóvil.

—Tenemos una reunión en cuarenta minutos.

—¿Una reunión?

—Con el consejo.

Amelia se quedó quieta.

—¿Ya?

—Nuestro matrimonio acaba de convertirse en una noticia empresarial.

—¿Y eso significa que tengo que empezar a trabajar inmediatamente?

Gael la miró con una expresión casi divertida.

—No. Significa que tienes que aprender a sobrevivir a mi familia.

Amelia entró en el automóvil.

—Después de siete años con los Llorente, no creo que pueda ser peor.

Gael ocupó el asiento del conductor.

—No estés tan segura.

Mientras el vehículo se alejaba de la notaría, ninguno de los dos vio al hombre que permanecía al otro lado de la calle observándolos desde el interior de un automóvil.

Tenía una fotografía de Amelia sobre las piernas.

Junto a ella había otra imagen mucho más antigua.

Una fotografía de Leonardo Ferrer y Alessandro Santoro tomada más de veinte años atrás.

El hombre guardó ambas fotografías dentro de una carpeta.

En la portada solo había dos palabras.

Proyecto Legado.

Y debajo, una anotación escrita esa misma mañana:

El matrimonio ocurrió antes de lo previsto.

La verdadera partida acababa de comenzar.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play