Seis años atrás, Luz Acosta fue traicionada por su propia familia, acusada de una vergüenza que no pudo explicar y echada de la casa como si nunca hubiera llevado su sangre.
Ahora volvió a Buenos Aires con dos hijos, una identidad que todos buscan y una sola idea clara: nadie va a volver a usarla.
Pero apenas pisa la ciudad, Ciro desaparece unos minutos y regresa con un hombre que no debería cruzarse en su camino: Bruno Ferrer, dueño de un imperio, frío hasta la crueldad y famoso por no dejar que ninguna mujer se le acerque.
Tina, en cambio, lo mira una vez y decide que ese hombre tiene que ser su papá.
Luz no quiere saber nada con Bruno. Bruno está convencido de que ella se le acercó con segundas intenciones. Y mientras los Acosta intentan volver a encerrarla en el papel de hija descartable, un secreto de aquella noche de hace seis años empieza a salir a la luz.
Dos hijos. Una traición vieja. Un padre que no sabe que lo es.
Y una mujer que esta vez no piensa bajar la cabeza.
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Capítulo 7
Capítulo 7
—¿No nos va a invitar a pasar? —preguntó Tina, pestañeando con esos ojos enormes que usaba cuando quería algo.
Ciro también lo miró en silencio, con una expectativa que Bruno sintió como una presión incómoda.
—Tengo trabajo —respondió él—. No puedo recibirlos.
La voz seguía siendo fría, pero no tan dura.
Eran chicos. No tenían la culpa de las maniobras de su madre.
La luz en los ojos de Ciro se apagó de a poco.
Tina, en cambio, ni se movió.
—No pasa nada. Usted trabaja y nosotros nos portamos bien. No molestamos.
La felicidad de su mamá no iba a conseguirse con vergüenza. Un papi lindo se conquistaba con esfuerzo.
Intentó levantar la canasta, pero pesaba demasiado. Perdió el equilibrio.
Facundo se adelantó.
—Dame, yo la llevo.
—Gracias, señor.
Bruno entró sin responder.
Tina tomó a Ciro de la mano y lo siguió como si la invitación hubiera sido clarísima.
Dentro de la casa, la nena miró alrededor.
—Con razón es presidente del Grupo R.T. Si mami se casa acá, no sufre nunca más.
Lo dijo bajito.
No lo suficiente.
Bruno la escuchó.
La mirada se le heló.
¿Luz enseñaba esas cosas a sus hijos?
Se sentó con la notebook en el sillón y fingió trabajar. Los chicos no hablaron. Ciro sacó su cuaderno y dibujó. Tina recorrió la casa con una naturalidad alarmante, como si hubiera nacido para invadir mansiones.
Bruno cerró la computadora.
No podía concentrarse.
Nunca nadie le había interrumpido el ritmo así.
Tina volvió y se sentó a su lado.
—¿Terminó?
—Sí.
—No seas tan serio, Bruno. Somos vecinos. Además salvó a Ciro dos veces. Mamá dice que hay vínculos que parecen hechos a propósito, como cuando Ciro y yo nacimos para ser sus hijos.
Facundo tosió para esconder una risa.
La comparación era tremenda.
Bruno frunció el ceño al oír otra vez “mamá”.
—¿No se dio cuenta de que nos parecemos? —Tina lo observó sin pudor—. Usted tiene ojos lindos, largos. Yo también. La boca también se parece, con esta curvita.
Nadie lo miraba así.
Pero era una nena. No podía mandarla al diablo.
Facundo miró mejor.
Algo había.
—Si yo fuera varón, seguro sería igual a usted —siguió Tina—. Ciro se parece más a mami, pero la nariz la tiene como usted, alta y linda.
Bruno sintió que la conversación tomaba una forma peligrosa.
Parecía una charla sobre a quién se parecía un hijo.
—Jefe, toca cambiar la venda —dijo Facundo, llegando con el botiquín.
Bruno se quitó el saco. Como Tina estaba ahí, no se sacó la camisa; solo arremangó con cuidado.
La nena vio el brazo vendado.
—Se lastimó muchísimo.
—No es nada.
Ni él notó que había sonado casi amable.
—¿Cómo que nada? Mi mamá es médica. La llamo para que venga.
Bruno no alcanzó a detenerla.
Tina ya había marcado desde su reloj.
Luz venía de comprar verduras y algunas golosinas. Apenas entró al departamento, atendió.
—Tina, ya llegué.
Abrió la puerta.
La casa estaba vacía.
—Mami, estamos en la casa de Bruno. ¿Podés venir a buscarnos?
—¿Bruno? ¿Qué Bruno?
—El que salvó a Ciro.
Bruno Ferrer.
Luz dejó las bolsas en el piso.
—¿Cómo se les ocurrió ir a su casa?
Ya estaba saliendo.
—Quédense ahí. Voy ahora.
¿No había aceptado ya revisar su enfermedad? ¿Ahora también usaba a sus hijos para atraerla?
Cuando llegó, Bruno estaba intentando ponerse medicina en el brazo.
—Mami, llegaste rapidísimo —dijo Tina, satisfecha.
Bruno miró a Luz con ese desprecio que a ella ya le empezaba a resultar familiar.
Claro. Si todo esto no era un montaje, se le parecía demasiado.
—Mami, mirale el brazo. Se lastimó así por salvar a Ciro.
Luz se quedó quieta.
Miró a Ciro.
El nene asintió.
Entonces vio la herida. Era larga, todavía húmeda de sangre en algunos puntos.
La culpa le apretó el pecho.
—Te lastimaste por salvarlo y no dijiste nada.
—Es un corte.
Como la herida estaba en el brazo derecho, Bruno se movía con torpeza. Luz dio un paso.
—Dejá. Lo hago yo.
—Facundo.
Facundo se interpuso.
—Gracias, doctora Ynua, pero el jefe tiene alergia al contacto. No puede tocarlo nadie.
—¿Alergia al contacto?
Ahora entendía por qué el Dr. León lo llamaba raro.
Luz miró el brazo.
—No necesito tocarte para curar eso.
—No.
—¿Y cómo pensás vendarte bien solo? Si rompés la costra cada vez que movés el brazo, se te infecta.
Bruno la observó con frialdad.
Para él, todo era otra forma de acercarse.
Luz miró a Facundo.
—¿Vos también querés que se le infecte?
Facundo miró la herida.
Se corrió.
Luz se agachó frente a Bruno. Vio el polvo blanco sobre el corte y frunció el ceño. Tomó alcohol y limpió todo.
—¿Qué hacés? —preguntó Bruno, molesto.
No la detuvo.
—Ese remedio cicatriza lento.
Los chicos se acercaron.
Bruno tragó cualquier comentario.
Luz sacó un frasquito de cerámica del bolsillo. Siempre llevaba su propia medicina para golpes y cortes; Tina era demasiado inquieta para confiar en lo que vendían en cualquier farmacia.
—¿Qué es eso?
La vida de Bruno tenía demasiados enemigos como para dejar de desconfiar.
—Es medicina de mami —dijo Tina, orgullosa—. Para heridas es buenísima. En dos días mejora un montón.
Ciro asintió con absoluta confianza.
Si Luz lo hubiera dicho, Bruno no habría creído nada.
Pero viniendo de esos dos chicos, algo en él se relajó.
Luz espolvoreó la medicina sobre la herida. No ardió. Al contrario, dejó un frío suave.
Bruno la miró.
Ella estaba concentrada, con la cabeza baja. Pequeña, delgada, cuidadosa. Sus manos se movían con una delicadeza que no combinaba con su lengua afilada.
Y otra vez ese aroma.
Algo limpio, tenue.
Algo que le golpeó un recuerdo que no conseguía ver.
Bruno apartó la mirada.
Odiaba sentirse así.
Luz terminó de vendar y se puso de pie.
—Señor Ferrer, los chicos fueron imprudentes. Me disculpo. Me los llevo.
Era evidente que él no la quería cerca. No tenía sentido insistir con una puerta cerrada.
Tina y Ciro miraron a Bruno, esperando que dijera algo.
Él no dijo nada.
Luz los tomó de la mano.
—Mañana hay que cambiar la venda —agregó ella—. Si no querés que vuelva, mandá a Facundo por la medicina.
Salieron.
Tina caminó unos pasos en silencio y después suspiró.
—Mami, Bruno es lindo, pero tiene un carácter espantoso.
—Tina.
—¿Qué? Es verdad.
Luz no pudo discutirlo.
En la casa, Bruno miró el frasco que ella había dejado sobre la mesa.
—Jefe —dijo Facundo—, ¿lo guardo?
Bruno no respondió enseguida.
—Mandale mi historial.
Facundo parpadeó.
—¿A la doctora Ynua?
—¿A quién más?
Facundo bajó la cabeza y sonrió apenas.
Ese “no me interesa” del jefe tenía menos firmeza que antes.