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BAJO LA CLAUSULA DE TU AMOR

BAJO LA CLAUSULA DE TU AMOR

Status: Terminada
Genre:Romance / Completas
Popularitas:5k
Nilai: 5
nombre de autor: SIKEVALEN

Rocío Vega, empresaria de moda de 24 años, arrastra la culpa de llevar seis años distanciada de su hermana. Cuando esta fallece trágicamente dejando huérfanos a Lucas (5 años) y Mía (3 años), el mundo de Rocío da un vuelco total.
En la notaría se encuentra con Mario Alva, el atractivo y frío CEO de una corporación de cruceros de lujo. Para su sorpresa, el testamento incluye una cláusula ineludible: para mantener la custodia de los niños y evitar que vayan a un orfanato, deben convivir juntos bajo el mismo techo.
El choque entre la empresaria que regala sueños y el magnate de alta mar es inmediato. Pero entre crisis médicas nocturnas e inspectores judiciales, las defensas caen. La paciencia de Mario empezará a sanar los traumas del pasado de Rocío, encendiendo un deseo irrefrenable.
Sin embargo, una sombra acecha: la muerte de sus hermanos no fue un accidente y alguien en la naviera los vigila. ¿Podrán salvar a los niños y descubrir que la cláusula más estricta era la del amor?

NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPITULO 6. CENAS FRIAS Y SUEÑOS ROTOS

POV ROCÍO

El rechazo de Lucas me dejó paralizada en mitad del salón. Sus acusaciones infantiles, cargadas con el dolor de haber visto llorar a su madre frente a mis fotos, se sentían como bofetadas físicas. Mario reaccionó con rapidez; se puso de pie, caminó hacia el pequeño y se agachó para ponerse a su altura, poniéndole una mano en el hombro.

—Lucas, ya está, mi amor —dijo Mario con un tono firme pero extrañamente compasivo—. Sé que estás triste y asustado. El tío Mario también lo está. Pero Rocío va a vivir con nosotros para ayudarnos a cuidarte a ti y a Mía. No quiero que grites así. Ahora, ve a lavarte las manos. Vamos a cenar algo rico.

El niño sorbió por la nariz, mirándome de reojo con un puchero lleno de enfado antes de dar media vuelta y subir los escalones corriendo. Me quedé temblando, apoyada en el marco de la puerta. Mario se enderezó y se giró hacia mí, exhalando un largo suspiro.

—No te lo tomes como algo personal —dijo, su voz desprovista de la agresividad de antes—. Los niños de cinco años no saben cómo sacar la tristeza y la vuelven rabia. Te ve como la intrusa de la historia, dale un poco de tiempo.

—Tiene derecho a estar enfadado conmigo —murmuré, tragándome el nudo de mi garganta—. Su madre tenía razón. Me fui y los dejé solos por puro orgullo.

Decidí que la mejor forma de canalizar mi ansiedad era mantenerme ocupada. Fui a la cocina, un espacio hermoso con encimeras de granito que todavía conservaba algunas notas adhesivas de mi hermana pegadas en la nevera. Con las manos aún trémulas, preparé algo que a los niños pequeños siempre les gusta: unas tortillas con jamón y queso derretido. Cuando la comida estuvo lista, la serví en el comedor.

La cena fue un desastre silencioso. Mía apenas picoteó el plato, manteniendo su osito de peluche apretado contra el pecho. Lucas se sentó en la silla más alejada de mí, cruzando los brazos y negándose a mirar el plato. Cuando intenté acercarle un vaso de zumo de naranja para animarle a beber algo, el niño dio un manotazo brusco al aire, golpeando el plástico. El vaso volcó y el líquido se derramó por completo sobre el mantel blanco, tiñéndolo de un tono amarillento.

—¡No quiero! ¡Tú no eres mi mamá! —chilló Lucas, poniéndose en pie sobre la silla, con la cara colorada y las lágrimas desbordándose por sus mejillas.

—¡Lucas, no, eso no se hace! —esta vez la voz de Mario sonó más seria en el comedor, deteniendo el berrinche—. Pide perdón a Rocío y siéntate bien ahora mismo.

—¡No! —gritó el niño, rompiendo a llorar con todas sus fuerzas—. ¡Es mala, que se vaya! ¡Quiero a mi mamá! ¡Mamáaaaa!

El comedor se sumió en el llanto desconsolado del pequeño. Sus gritos llamando a Elena me atravesaron el pecho como un cuchillo. Mario se puso de pie, dispuesto a bajarlo de la silla para calmar la rabieta, pero antes de que lo hiciera, me adelanté.

—Está bien, Mario. Déjalo —dije en un hilo de voz, conteniendo mis propias lágrimas—. Lucas tiene sueño. Anda, llévalo a su habitación para que descanse. No pasa nada por el zumo.

El niño, al ver que no lo reñían más, se bajó de la silla lloriqueando y salió corriendo hacia las escaleras. Escuchamos sus pasitos rápidos y el portazo de su cuarto. Mía, al ver el panorama, comenzó a sollozar también, asustada por los gritos de su hermano. Mario se pasó una mano por el rostro, visiblemente agotado, y se sentó a abrazar a la pequeña de tres años. Limpié el desastre del zumo en silencio, sintiendo que aquella casa era un campo de minas y que criar a dos niños tan pequeños iba a rompernos el corazón antes de poder sanarlos.

 POV MARIO

Llevar a los niños a la cama nos tomó casi dos horas de paciencia infinita. Mía no quería quedarse sola, así que tuve que sentarme al borde de su cama y cantarle la misma canción de cuna que Víctor solía usar, hasta que sus ojitos se cerraron por el cansancio. Después, fui a la habitación de Lucas. Estaba a oscuras. Me senté en el suelo, apoyado contra su puerta cerrada, y le hablé en voz baja, asegurándole que yo jamás lo dejaría solo y que entendía su dolor. No hubo respuesta, pero escuché sus sollozos ahogados al otro lado de la madera.

A la medianoche, subí a la tercera planta. Rocío ya se había encerrado en su habitación, al final del pasillo. Me pegué una ducha rápida, intentando quitarme de encima el peso de un día que parecía haber durado un año entero, y me acosté en la cama matrimonial de invitados. El silencio de la casa era denso, casi antinatural.

Alrededor de las tres de la mañana, un sonido agudo y desgarrador me despertó de golpe.

—¡No! ¡Mamá, no te vayas! ¡Papá, despierta! ¡Ayuda!

Me destapé de un tirón y salí corriendo al pasillo, descalzo y en pantalones de chándal. Bajé las escaleras de la segunda planta a toda velocidad, pero cuando empujé la puerta de la habitación de Mía, me detuve en seco.

Rocío ya estaba allí.

Llevaba un pijama de seda oscuro y el cabello revuelto. Estaba sentada en el borde de la cama, rodeando con sus brazos el pequeño cuerpo de Mía, que se sacudía violentamente en mitad de una crisis de terror nocturno. La niña tenía los ojos abiertos pero desenfocados, atrapada en la peor de sus pesadillas, gritando y pataleando. Rocío la mecía con dulzura, ajena a los golpes accidentales que la pequeña le propinaba en los brazos.

—Shh, mi amor, ya está, ya pasó. Estoy aquí, la tía Rocío está aquí —susurraba ella, con una voz cargada de una ternura que me conmovió por completo—. Estás a salvo, mi vida. Papá y mamá te cuidan desde el cielo, pero aquí abajo nosotros no nos vamos a ir. Te lo prometo.

Caminé hacia el otro lado de la cama y me senté junto a ellas. Tomé la mano pequeña y sudorosa de Mía, sumando mis fuerzas a las de Rocío.

—Princesa, el tío Mario también está aquí. Despierta, ya estás en tu habitación —le dije con suavidad.

El trabajo en equipo empezó a funcionar. Poco a poco, los gritos de Mía se convirtieron en sollozos más apagados. Sus ojos se enfocaron y reconoció nuestras caras en la penumbra iluminada solo por la lámpara de noche. Se aferró al cuello de Rocío con una mano y al brazo mío con la otra, buscando anclarse a la realidad.

Durante la siguiente hora, ninguno de los dos se movió. Rocío continuó acariciándole la espalda con movimientos rítmicos y pausados, mientras yo le susurraba palabras de aliento. En mitad de esa penumbra, nuestras miradas se cruzaron por encima de la cabeza de la niña. Ya no había hostilidad en los ojos de Rocío; solo una tremenda compasión y un cansancio idéntico al mío. Por primera vez, vi a la mujer detrás del mito de la hermana egoísta. Había un instinto maternal genuino en ella, una necesidad desesperada de enmendar sus errores del pasado a través del amor a estos niños.

Cuando Mía finalmente se quedó profundamente dormida, relajando los músculos de su cuerpo, Rocío la recostó con una delicadeza infinita sobre la almohada y le tapó los hombros con la manta.

Salimos de la habitación de puntillas, cuidando de no hacer ruido, y cerramos la puerta con suavidad. Nos quedamos de pie en el pasillo oscuro de la segunda planta, iluminados apenas por la luz de la luna que entraba por el ventanal.

—Lo has hecho muy bien —le dije en un murmullo sincero, rompiendo nuestra regla de mantener las distancias.

Rocío se abrazó a sí misma, frotándose los brazos donde los golpes de la niña habían dejado marcas enrojecidas. Me miró con una sonrisa triste.

—Gracias... —susurró—. Creo que esto va a ser mucho más difícil de lo que pensábamos, Mario.

—Lo será —asentí, dando un paso hacia las escaleras de la tercera planta—. Pero esta noche hemos demostrado que, al menos, podemos evitar que se hundan solos. Que descanses, Rocío.

—Igualmente, Mario.

La vi subir las escaleras delante de mí, con su figura elegante recortada por las sombras. La tregua había comenzado de la forma más dolorosa posible, pero en mitad de la tormenta, habíamos encontrado la primera roca firme a la que aferrarnos.

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Cliente anónimo
Muy linda la historia de amor de Mario y Rocio y su resilencia, además de la protección a sus sobrinos
Carolina Molnár
Excelente historia...
Helizahira Cohen
Excelente novela 👍 muy buena, creo que no la han leído pero fue Excelente
Helizahira Cohen
Esta muy buena, interesante
Helizahira Cohen
se equivoco al irse y abandonar todo pero era una chica que no sabía nada y la hermana una adolescente que asumió el rol de mamá, no supieron manejarlo y se perdieron los mejores años de sus vidas
Helizahira Cohen
Empezó muy bien
EM
muy linda
Zulema Neme
Pobres Niños perder.a sus Padres y Enfrentar a su tía que no visito por tantos años a s Madre Enferma 🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏. Dios los Consuele Angelitos ❤️❤️❤️
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