Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.
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Capítulo 4
El taller del sótano de Mega-Market Prime era el único lugar de toda la sucursal que no compartía la estética impecable, corporativa y luminosa de las zonas públicas. Era un espacio amplio y rústico, de paredes de concreto expuesto, marcado por el olor penetrante a resina textil, aserrín y el zumbido sordo e ininterrumpido de los extractores de aire instalados en el techo. A las diez de la noche, con las luces de la tienda ya apagadas y el personal descansando en sus casas, yo era la única alma que quedaba allí abajo.
Llevaba el cabello recogido en un chongo improvisado que amenazaba con deshacerse con cada movimiento, las mangas del uniforme gris arremangadas hasta los codos y una ligera mancha de pegamento orgánico en la mejilla que ni siquiera me había molestado en limpiar. Toda mi atención estaba fija en calibrar la prensa hidráulica manual. Estaba terminando el tercer lote de muestras físicas del empaque de cáñamo; quería que quedaran impecables.
De repente, el pesado portón metálico del taller chirrió al abrirse, rompiendo la monotonía del zumbido del extractor.
Levanté la vista de golpe, esperando ver la silueta del guardia de seguridad nocturno haciendo su ronda habitual, pero en su lugar apareció Aksel. Vestía una sudadera negra de algodón con la capucha abajo y unos jeans oscuros; venía directamente de la rueda de prensa obligatoria de su club de fútbol. Su sola presencia física pareció alterar las dimensiones del lugar, haciendo que el techo del sótano se sintiera extrañamente más bajo.
—Vaya, pensé que los ingenieros trabajaban con batas blancas en laboratorios limpios y relucientes, no en las catacumbas de la tienda —dijo Aksel. Su voz profunda resonó con un eco divertido en el espacio vacío. Caminó hacia mi mesa de trabajo con esa zancada segura, relajada y carente de toda prisa que lo caracterizaba.
Sonreí de lado, dejando la llave de tuercas sobre la mesa y limpiándome las manos con un trapo de felpa.
—Los ingenieros con un presupuesto real y patrocinio corporativo tal vez sí —le respondí, acomodándome un mechón rebelde detrás de la oreja—. Los asociados de piso hacemos lo que podemos con las herramientas que tenemos a la mano. ¿Qué estás haciendo aquí a estas horas? Creí que tenías el vuelo con el equipo mañana a primera hora.
—Lo tengo. El avión sale a las seis de la mañana —Aksel se apoyó contra el borde de la mesa de madera vieja, cruzando los brazos sobre el pecho. Su cercanía física era abrumadora, pero la sonrisa ladeada y tranquila que mantenía eliminaba cualquier rastro de intimidación—. Pero la verdad es que no podía irme a dormir sin pasar a ver cómo iba el prototipo. Martínez y los fósiles del departamento de finanzas siguen insistiendo en las reuniones de pasillo en que esto es una pérdida de tiempo y recursos. Vine a buscar argumentos reales para callarles la boca en la junta del próximo lunes.
Sentí un chispazo de orgullo y calidez recorriéndome el pecho. Sin pensarlo dos veces, tomé una de las cajas modulares que acababa de retirar de la prensa. Estaba templada por el calor del proceso y se sentía sólida, compacta. Se la extendí con cuidado.
—Prensa hidráulica con aplicación de calor directo —le expliqué, señalando las uniones del material—. Logré que la fibra se compacte al doble de la densidad estándar sin necesidad de inyectar químicos sintéticos o resinas plásticas. Tócala tú mismo.
Aksel tomó la muestra entre sus manos. Sus manos eran grandes, fuertes, con las líneas y venas marcadas por la exigencia física del deporte de alto rendimiento, y contrastaban de una manera casi irreal con la ligereza y delicadeza del diseño de la caja modular. La presionó con los pulgares probando la flexibilidad, examinó minuciosamente los bordes encajables y asintió, genuinamente impresionado. Su mirada se clavó en la mía, cargada de una chispa de admiración directa y sin filtros que me aceleró el pulso de golpe.
—Es increíble, Elena. De verdad. Tienes un talento brutal para la estructura —dijo, y la honestidad en su tono fue tan llana y directa que me tomó completamente desprevenida—. En el fútbol aprendes muy rápido a reconocer a la gente que tiene una marcha extra en el motor, esa hambre natural de hacer las cosas diferentes y mejor que el resto. Tú tienes exactamente esa misma marcha.
—Gracias —murmuré. Sentí que las mejillas me ardían de inmediato, y supe perfectamente que no era por el calor residual de la prensa manual. Intenté desviar la atención regresando a mis herramientas para no quedarme atrapada en sus ojos—. Solo espero que esa marcha extra sea suficiente para que el comité de evaluación apruebe el presupuesto del piloto.
—Si no lo aprueban, compro sus acciones del departamento de innovación y lo apruebo yo solo —bromeó con una risa ligera y contagiosa que rompió la seriedad del momento—. A ver, déjame ayudarte con esa máquina de ahí. Se ve que esa palanca pesa más que tú.
—No es necesario, en serio —insistí, bloqueándole el paso de forma juguetona—. Eres un atleta de millones de euros, Aksel. No deberías estar operando una prensa de palanca oxidada en un sótano. Si te lastimas un tendón por mi culpa, toda la ciudad me va a linchar.
—Precisamente por eso, entreno piernas y brazos todos los días en el gimnasio, esto no es nada para mí —me interrumpió, dedicándome una sonrisa carismática que derribó cualquier protesta.
Aksel avanzó y se colocó justo detrás de mí para alcanzar la pesada palanca de metal de la prensa. Al hacerlo, el espacio se redujo a cero. Quedé atrapada por un instante infinito entre el borde de la mesa de trabajo de madera y la inmensidad de su cuerpo. Pude percibir con total claridad el calor que emanaba de su figura, junto a un aroma sutil, limpio, a madera y loción costosa. Aksel bajó la palanca con una facilidad que rozaba lo ridículo, ejerciendo la presión exacta, pero no se retiró de inmediato. Se quedó allí, suspendido a escasos centímetros de mi espalda, con la mirada fija en mi perfil.
La atmósfera en el taller cambió por completo en un segundo. El ruido monótono del extractor pareció desaparecer de mi mapa mental, reemplazado por una tensión palpable, densa, magnética y cargada de una electricidad silenciosa que flotaba entre los dos. Ya no éramos el dueño millonario de la corporación y una empleada de la tienda; éramos dos personas compartiendo un espacio demasiado pequeño a mitad de la noche, perfectamente conscientes de la atracción que empezaba a crecer entre nosotros sin pedir permiso.
Aksel finalmente dio un paso atrás, rompiendo el contacto y regalándome una sonrisa un poco más contenida, aunque sus ojos mantenían un brillo totalmente distinto al de hace unos minutos.
—Bueno... parece que la muestra ya quedó perfectamente sellada —dijo, aclarándose la garganta de manera sutil—. Creo que por hoy ha sido suficiente trabajo, Elena. Te van a cerrar el acceso al estacionamiento subterráneo si te quedas más tiempo.
Asintí mecánicamente, sintiendo el corazón golpeándome con fuerza en la garganta y notando mis manos temblar ligeramente mientras guardaba las pinzas en la caja de herramientas.
—Sí... tienes razón. Ya es tarde. Suerte en el partido de mañana —atiné a decir, buscando normalizar mi voz.
—Gracias. La tendré —Aksel caminó hacia el portón metálico con paso lento, pero justo antes de cruzar el umbral, se detuvo, se giró sobre sus talones y me dedicó una última mirada cargada de una complicidad silenciosa—. Nos vemos a mi regreso. Y cuida esa mano con el pegamento, ingeniera.
Cuando el pesado portón se cerró tras él, dejándome sola de nuevo, me dejé caer sobre el banco de madera del taller, soltando una larga bocanada de aire que ni siquiera sabía que estaba reteniendo. Miré la prensa hidráulica y luego fijé la vista en la muestra de cáñamo terminada. La relación estrictamente profesional se había transformado en algo completamente diferente en menos de un minuto, y el anillo de compromiso en mi dedo izquierdo de pronto comenzó a sentirse más pesado, frío y restrictivo que nunca.