En el reino de Aethelgard, Jasmín, una joven reina de ancestral estirpe de brujas, sufre el tormento del distanciamiento de su esposo, el frío y calculador rey Dante. Tras un mes de matrimonio intacto y un lecho compartido solo en apariencias, la desesperación la lleva a suministrarle un elixir de amor supremo para someter su corazón. Al ver la repentina y desenfrenada voracidad pasional de Dante, Jasmín celebra su triunfo creyendo haber tomado el control. Lo que ella ignora es que el brebaje no tuvo efecto alguno: Dante la amaba con una obsesión despiadada desde antes de coronarla, y la poción solo fue la excusa perfecta para desatar su verdadera e insaciable devoción.
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CAPÍTULO 9: El Galanteo Peligroso
Durante el gran baile de bienvenida celebrado en el salón de banquetes, Dorian se acercó al estrado real para presentar sus respetos oficiales.
—Es un honor inconmensurable conocer finalmente a la reina de la que todos los reinos vecinos hablan, Su Majestad —dijo Dorian, haciendo una reverencia elegante y perfecta antes de alzar la mirada hacia Jasmín con una sonrisa cálida y amigable.
—Agradecemos vuestra presencia, lord Dorian —respondió Jasmín con amabilidad diplomática—. Esperamos que vuestra estancia en Aethelgard sea fructífera para ambas naciones.
—Con una presencia tan deslumbrante presidiendo esta corte, no me cabe duda de que así será —agregó Dorian con cortesía cortesana. Acto seguido, extendió educadamente su mano enguantada en dirección a Jasmín—. ¿Me permitiría la reina el honor de guiarla hacia la mesa de honor para el brindis inicial?
Jasmín, queriendo mantener la etiqueta internacional, esbozó una sonrisa y comenzó a extender su mano hacia la del diplomático.
Sin embargo, antes de que los dedos de Dorian pudieran rosar la piel de la reina, una mano dura como el acero atrapó la muñeca del noble con una fuerza brutal.
Dante apareció detrás de Jasmín como si hubiera emergido directamente de las sombras de la pared. La presión que ejercía sobre la muñeca de Dorian era tan descomunal que los huesos de la mano del diplomático crujieron audiblemente. Dorian palideció al instante, dejando escapar un ahogado quejido de dolor mientras caía levemente de rodillas.
El salón de baile entero se sumió en un silencio mortal. La música de los violines se detuvo en seco.
—Si vuelves a intentar estirar la mano hacia lo que me pertenece, lord Dorian —susurró Dante, inclinándose hacia el oído del noble con una voz tan gélida y letal que congeló la sangre de todos los presentes—, no saldrás caminando de Aethelgard. Te cortaré los dedos uno a uno y se los enviaré a tu padre en una bandeja de plata. ¿Ha quedado claro?
—S-sí, Majestad... lo lamento... —balbuceó Dorian, temblando de terror puro.
Dante soltó la muñeca del noble con desprecio y, sin importarle las miradas enmocionadas de los embajadores extranjeros, agarró a Jasmín bruscamente por la cintura, pegándola a su costado con posesividad absoluta.
Jasmín sintió una mezcla confusa y mareante: por un lado, una chispa de vanidad satisfecha por los "celos del hechizo", pero por el otro, un pánico primitivo ante la mirada homicida y calculadora con la que su esposo observaba al diplomático. Dante no estaba actuando como un rey enamorado; estaba actuando como un monstruo territorial dispuesto a masacrar a cualquiera que se acercara a su propiedad.
Al cabo de un mes desde que Dante ingiriera el supuesto elixir mágico, la vida de la reina Jasmín se había transformado radicalmente. Lo que en un principio imaginó como un triunfo de control y poder sobre su esposo, se había convertido progresivamente en una hermosa e impenetrable jaula de oro.
Dante había triplicado la guardia personal de la reina. Nombró al capitán Jeison como la sombra permanente de Jasmín. A donde quiera que ella caminara dentro del castillo —ya fuera a los jardines, a la capilla o a la biblioteca— cuatro guardias reales fuertemente armados la seguían a tres pasos de distancia. Se le prohibió salir del castillo sin la compañía directa del rey, y las cartas que enviaba a su familia en el oeste debían pasar primero por la revisión del gabinete real.