Quien diría que una beca en Alemania solo para estudiar tomaría un rumbo distinto al imaginado..
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EP 1: -Cafe Noir
Mi nombre es Maeve Corley, tengo 25 años y hasta hace dos semanas mi vida era completamente normal.
No normal de película. Normal de verdad. De esa normalidad que a veces cansa.
Vivía con mi madre, mi padre y mis dos hermanos menores en una casa de dos habitaciones donde nunca había silencio. Compartía cuarto con mi hermana, estudiaba Literatura en una universidad pública y trabajaba por las tardes en una pequeña librería del centro para poder pagar mis copias, mis libros y mis pasajes. Mi vida era una lista interminable de cuentas por pagar. Cada mes era lo mismo: sumar, restar, ver si alcanzaba y rogar que no subiera el precio de nada.
Me gustaba estudiar. Amaba leer, subrayar frases y perderme en los libros. Pero había días en los que sentía que por más que me esforzaba, nunca iba a salir de ahí. Que mis sueños eran demasiado grandes para el bolsillo que tenía y para la ciudad donde había crecido.
Por eso, hace seis meses, en una noche de insomnio, me postulé a una beca internacional. Lo hice sin expectativas. Era una de esas becas que parecen imposibles, que solo le dan a gente con promedios perfectos y contactos. Adjunté mi promedio, mi carta de motivación escrita a las dos de la mañana y la olvidé.
Hasta que llegó ese correo.
Era un martes a las tres y doce de la tarde. Estaba en la librería, acomodando novelas, cuando mi celular vibró.
El asunto decía:
{_BECA COMPLETA. UNIVERSIDAD DE HAMBURGO. ALEMANIA_}
Lo leí tres veces. Tuve que salir a la parte de atrás para abrirlo porque me temblaban las manos.
Era real. Beca completa para la maestría en Literatura Moderna. Matrícula cubierta, ayuda para la visa de estudiante, alojamiento inicial por un mes y un estipendio mensual básico. Tenía setenta y dos horas para aceptar.
No lo pensé. No llamé a nadie. Le di a aceptar.
Mis padres me dijeron que iba a ser difícil cuando se los conté esa noche en la cocina. Mi madre lloró. Mi padre se quedó en silencio y luego me dijo: "Hamburgo es muy caro, Maeve. Y muy frío. Vas a estar sola". Mi hermana pequeña me preguntó si en Alemania nevaba.
No se equivocaron en nada, pero yo ya había tomado la decisión. Necesitaba irme. Necesitaba demostrarme que podía ser independiente y empezar de nuevo en un lugar donde nadie me conociera.
Lo que no me dijeron en el correo de la beca fue que el viaje a Hamburgo iba a ser un desastre.
Todo empezó mal desde el aeropuerto. Mi vuelo tenía una escala de ocho horas en Madrid. Llegué con dos horas de anticipación, como me recomendaron, pero mi maleta pesaba dos kilos de más. Tuve que abrirla en el medio del aeropuerto, sacar ropa y ponérmela encima. Viajé con tres suéteres puestos y botas de invierno en pleno verano.
El vuelo de doce horas se atrasó cuatro horas más por una tormenta. Cuando por fin despegamos, el aire acondicionado de mi fila no funcionaba. Sudé durante todo el trayecto, no pude dormir y el niño de adelante no dejó de llorar. Cuando llegamos a Madrid, había perdido mi conexión a Hamburgo.
Pasé la noche en el aeropuerto de Barajas, sentada en el suelo, abrazada a mi mochila, con miedo de que me robaran la maleta. No hablaba bien español de España, mi inglés era básico y no entendía nada de lo que decían por los altavoces. Lloré en el baño del aeropuerto. Fue la primera vez que pensé: "¿Qué estoy haciendo?".
Al día siguiente me reprogramaron el vuelo. Llegué a Hamburgo un día tarde, sin dormir, con la ropa arrugada, el pelo grasoso y un dolor de cabeza terrible. Llovía. No una llovizna linda. Era una lluvia fría, gris y constante que parecía que nunca iba a parar.
El taxista que me llevó desde el aeropuerto a la pensión me cobró casi todo el dinero en efectivo que traía porque no le entendí cuando me preguntó si quería la ruta corta o la ruta rápida. Le dije que sí a todo.
Ahora estoy aquí, en Hamburgo. Y nada es como lo imaginé.
En las fotos de Instagram, Hamburgo se veía mágico. Canales con barcos, edificios de ladrillo rojo, cafés con luces cálidas reflejadas en el agua. En persona también es hermoso, pero no cuando no tienes dinero y estás agotada.
Aquí todo es caro. Un café cuesta lo que yo gastaba en tres días de transporte en mi país. El supermercado es un laberinto de productos que no conozco y que no puedo pagar. La gente no es mala, pero es distante. Nadie te habla en la calle. Todos caminan rápido, con paraguas negros, mirando al frente, como si tuvieran un lugar muy importante a donde ir. Yo camino lento, mirando todo, con mi mapa en el celular que nunca carga bien.
El hotel donde me estoy quedando es lo único que pude pagar con lo que me quedaba de la beca. No es un hotel de verdad. Es una pensión en el segundo piso de un edificio viejo sin ascensor, con un olor a humedad que se te pega en la ropa. Mi habitación es pequeña. Tiene una cama que rechina cada vez que me muevo, un escritorio que cojea, una ventana que no cierra bien y por donde se mete el viento helado toda la noche, y un calentador que hace un ruido tan fuerte que parece que va a explotar. El baño es compartido con otras cuatro habitaciones y la cocina es una hornilla eléctrica en el pasillo. Pero es barato y está a solo tres cuadras de la universidad. Por ahora, es mi hogar.
Ayer gasté casi todo lo que me quedaba en pagar la segunda semana de la pensión. Entré a mi aplicación del banco y vi el número. Me quedaban menos de cincuenta euros para toda la semana. Sentí un pánico real por primera vez. Un pánico que me cerró el pecho. Si no conseguía trabajo en veinticuatro horas, no iba a poder comer ni pagar el techo.
Así que esta mañana me levanté a las seis, me puse la única ropa presentable que me quedaba y que no olía a aeropuerto, imprimí cinco currículums en la biblioteca de la universidad y salí a caminar bajo la lluvia.
Entré a todas partes. Librerías, panaderías, restaurantes de comida rápida, tiendas de ropa. En todos me decían lo mismo con una sonrisa amable pero lejana: "Déjanos tu currículum, nosotros te llamamos". Sabía que nadie me iba a llamar.
Ya eran las cuatro de la tarde. Tenía los pies mojados, las manos congeladas y el currículum empapado. Estaba por regresar a la pensión, con la cabeza baja, pensando en cómo le iba a decir a mis padres que había fracasado en tres días, cuando lo vi en una esquina poco transitada, entre una librería cerrada y un edificio en construcción.
Era un cartel pequeño, escrito a mano con marcador negro, pegado con cinta adhesiva amarilla en la puerta de vidrio de una cafetería oscura. La tinta se había corrido un poco por la lluvia.
"SE BUSCA MESERA. SIN EXPERIENCIA"
La cafetería se llamaba 'Noir Coffee'. No tenía letreros luminosos ni mesas afuera como las demás. Por fuera parecía cerrada. Pero por dentro había una luz cálida y baja. A través del vidrio se veían mesas de madera negra, paredes grises y estantes llenos de libros viejos. El olor a café recién hecho era tan fuerte e intenso que lo pude oler incluso desde la vereda, a pesar de la lluvia.
No lo dudé. Empujé la puerta y sonó una campanita.
Adentro hacía calor. Sonaba jazz muy bajito. Detrás de la barra había un hombre de unos cincuenta años, delgado, con el cabello canoso desordenado y ojeras muy marcadas. Llevaba un delantal negro y estaba contando monedas con cara de preocupación. Se veía cansado, como si no hubiera dormido en días.
-¿Está cerrado? - pregunté en voz baja.
Él levantó la vista, sorprendido de ver a alguien.
-No. ¿Qué quieres?
-Vi el cartel de afuera. Vengo por el trabajo de mesera - dije, tratando de que no me temblara la voz.
Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa mojada y en mi currículum arrugado.
-¿Nombre? - me preguntó.
-Maeve Corley - respondí cabizbaja, apretando los papeles contra mi pecho.
-¿Tienes experiencia?
-No, señor. Nunca he trabajado como mesera. Pero aprendo rápido. Soy responsable y de verdad necesito el trabajo.
Se quedó en silencio por un segundo que para mí duró una hora. Luego suspiró, dejó las monedas a un lado y se limpió las manos en el delantal.
-Soy Maros, el dueño. Estamos cortos de personal. Empiezas mañana. A las siete de la mañana. No llegues tarde y trae ropa negra.
Así de simple. Así de rápido.
-¿De verdad? - se me escapó.
-A las siete - repitió, pero esta vez con una pequeña sonrisa cansada-. Y no te preocupes por el alemán. Aquí la mayoría de los clientes hablan inglés.
Me entregó un delantal negro limpio y doblado. Lo tomé como si fuera oro.
-Gracias. Muchas gracias, señor Maros.
Salí de Noir Coffee con el delantal guardado en mi mochila y por primera vez desde que pisé Alemania, sentí que podía respirar. Ya no tenía los pies tan fríos.
Así conseguí mi primer trabajo en otro país.
No sé qué me espera aquí. No conozco a nadie. No hablo el idioma. Mi alemán es terrible y mi inglés apenas me ayuda para defenderme. Extraño a mi familia, extraño el ruido de mi casa, extraño mi cama y extraño no sentir este miedo constante en el estómago.
Solo sé que vine a vivir a Hamburgo para estudiar, para ser independiente y para empezar de nuevo. Para demostrarme a mí misma que puedo sola, incluso después de un viaje desastroso y de tres días llorando en una habitación con una ventana rota.
Lo que no sabía, mientras caminaba de regreso a la pensión bajo la lluvia con mi delantal nuevo, era que en esa cafetería de luces bajas y olor a café fuerte, mi vida normal estaba a punto de terminarse por completo.