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EL RUIDO QUE DEJASTE

EL RUIDO QUE DEJASTE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Escuela / My Hero Academia / Completas
Popularitas:520
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

Es la historia de Elena, una joven de 24 años que vuelve a la facultad de Derecho que abandonó por bullying para recuperar su voz, y en el camino encuentra en Luz, una compañera de pelo azul, la amistad que le enseña que superarse no es olvidar lo que pasó, sino aprender a caminar de nuevo acompañada.

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 4: GANAR

El día del juicio simulado, la Facultad de Derecho parecía Tribunales de verdad.

Habían puesto una tarima, tres sillas para los jueces invitados y hasta una bandera argentina que nadie sabía de dónde había salido. Toda la comisión estaba ahí. Y en primera fila, con carpeta nueva y perfume caro, Camila y su grupo.

Luz me tomó del brazo antes de entrar.

"¿Estás lista, Rivas?"

"No", le dije sincera. "Tengo ganas de vomitar".

"Perfecto. Vomitar antes de ganar es mi ritual".

Nos reímos y entramos.

Yo era la fiscal. Tenía que acusar. Tenía que pararme frente a todos y hablar sin que me temblara la voz. Justo lo que más me costaba en el mundo.

Valdez estaba sentado al costado, como profesor evaluador. No era juez. No podía intervenir. Pero cuando entré, me miró y me hizo un gesto mínimo con la cabeza. Como diciendo: acá estoy.

El juicio empezó. El equipo contrario, el de Camila, era bueno. Muy bueno. Tenían el apellido, tenían la oratoria de gente que nunca pasó vergüenza en su vida. Pero nosotros teníamos algo mejor. Teníamos la historia real. Habíamos pasado la noche entera preparando cada pregunta.

Cuando me tocó alegar, me paré. Sentí las piernas de gelatina. Miré al público y vi a Marcos riéndose por lo bajo, cuchicheando con Sofía.

Automáticamente, mi cabeza se fue a hace tres años. Al grupo de WhatsApp. A los stickers.

Me quedé muda un segundo. Otra vez.

Y entonces escuché la voz de Valdez, baja pero clara, desde su silla.

"Rivas, respire. El tribunal la escucha. Tómese su tiempo".

No estaba ayudándome con la materia. Me estaba dando permiso para no ser perfecta. Y eso me destrabó.

Respiré. Miré mi papel. Y empecé a hablar.

No hablé como una abogada de tele. Hablé como yo. Con nervios, pero con la verdad. Con cada fallo que me sabía de memoria porque me había quedado hasta las tres de la mañana estudiando. Con cada argumento que habíamos discutido con Luz tomando mate frío.

Hablé cinco minutos sin parar. Cuando terminé, hubo un silencio. Y después, uno de los jueces invitados, un juez de verdad, me dijo:

"Excelente alegato, doctora. Felicitaciones".

Doctora. Me dijo doctora.

Ganamos. Ganamos el juicio simulado por unanimidad. El tribunal dijo que nuestra argumentación fue "sólida, humana y jurídicamente impecable".

Luz me abrazó gritando. El grupo de los que sobran nos levantó en andas. Santi lloraba. Flor filmaba todo.

En el festejo, en la puerta de la facultad, Camila se me acercó. Sola otra vez.

"Felicitaciones, Elena. Nos pasaste por encima. Bien ganado".

Esta vez no lloraba. Sonreía, resignada.

"Gracias, Cami".

"¿Me das un abrazo? Pero uno de verdad, no de esos falsos de Instagram".

Nos abrazamos. Y por primera vez, no sentí rencor. Sentí alivio. Como si las dos por fin entendiéramos que no éramos enemigas. Que éramos dos pibas que habían crecido en un sistema de mierda que nos hacía competir.

Cuando me soltó, Valdez estaba detrás, esperando para irse. Tenía su bolso al hombro.

"Rivas, ¿puedo hablar con usted un minuto? En privado".

Luz me miró con los ojos como dos platos y me susurró: "¡Es ahora! ¡Es ahora!".

Nos alejamos hasta el patio interno, donde estaban los árboles. Ya no había nadie.

"Elena, quería felicitarla personalmente. Lo que hizo hoy fue brillante. Hace años que no veo a una alumna con esa capacidad".

"Gracias, profesor. Sin su ayuda con los fallos..."

"No. Fue su trabajo. Yo solo... yo solo no quería que volvieran a dejarla afuera".

Se hizo un silencio. Un silencio largo, tenso, lindo.

"Elena, tengo que decirle algo y quiero que me escuche sin asustarse. Y si le parece inapropiado, me lo dice y yo me alejo y acá no pasó nada. ¿De acuerdo?".

Asentí, con el corazón en la garganta.

"Desde que volvió, desde que la vi pararse frente a Valdez, a mí mismo, y defenderse... no puedo dejar de pensar en usted. No solo como alumna. Como mujer. Como la mujer valiente que es. Y sé que soy su profesor, y sé que esto no corresponde ahora, mientras sea su profesor. Por eso nunca le dije nada. Y no le voy a decir nada más hasta que usted termine de cursar mi materia. Pero necesitaba que sepa que lo que siento es real. Y que la voy a seguir defendiendo, pero no porque me gusta. La voy a defender porque usted se merece que la defiendan".

No me tocó. No se acercó de más. Mantuvo la distancia. Pero sus ojos decían todo.

Yo no sabía qué decir. Tenía veinticuatro años, pero me sentía de quince otra vez.

"Profesor... Valdez... Martín... yo..."

"Shh. No me conteste ahora. Contésteme el día que le firme la libreta. Si todavía quiere contestarme".

Me sonrió. Esa sonrisa con barba de tres días que me hacía temblar.

"Ahora váyase a festejar con sus amigos, abogada. Se lo ganó".

Se dio la vuelta y se fue, dejándome sola en el patio, con el título de ganadora del juicio en la mano y el corazón latiéndome tan fuerte que pensé que se iba a escuchar en toda la facultad.

Esa noche, Luz me obligó a contarle todo en su departamento, con la gata Doctrina mirándonos juzgadora desde arriba de la heladera.

"¡Te lo dije! ¡Te dije que estaba enamorado! ¿Y qué le vas a decir cuando te firme la libreta?"

La miré, y por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo de querer algo.

"Que sí", le dije. "Que sí quiero tomar un café con mi profesor. Pero cuando ya no sea mi profesor".

Luz gritó tan fuerte que Doctrina se cayó de la heladera.

Todavía me quedaba el final. El final más difícil de la carrera. Pero ahora tenía un motivo más para estudiar.

Ganar la materia. Para poder perderme en otro lado.

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