Rosaly es una loba Alfa de pura sangre, primogénita de la manada Tierra de Fuego. Sin embargo, para huir de las guerras y de la presión por encontrar a su pareja ideal, se exilia en la ciudad y abre el Spa Serenidad Azul junto a su mejor amiga Thais. Su pacífica vida de oficina cambia por completo cuando dos hombres imponentes vestidos de traje entran exigiendo un masaje VIP.
Al cruzar miradas, su loba ruge una palabra: «¡MATE!». El cliente de ojos carmesí es Asmodeo Vane, el mismísimo Rey del Inframundo. Él busca a unos demonios traidores compinchados con brujas oscuras y con el tío rebelde de Rosaly para destruir a su familia.
Rosaly no es una sumisa damisela en apuros y Asmodeo no acepta un «no» por respuesta. En medio de un sensual tira y afloja entre la CEO de la ciudad y el Soberano del Abismo, se sellará la alianza más peligrosa de sus vidas. ¿Podrá el fuego del infierno domar el orgullo de la manada?
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CAPITULO 16 EL NIDO DE LAS VIBORAS
En las profundidades del Valle de las Sombras, la niebla no era gris ni flotaba con la ligereza del invierno; era un manto denso, casi negro, que olía a fango podrido, azufre y sangre estancada. En el centro de una hondonada rodeada de riscos escarpados, los hombres de la facción rebelde de la manada Tierra de Fuego se movían como fantasmas entre las sombras. No obstante, a diferencia de los lobos de nuestra manada, estos guerreros desprendían un aura corrompida. Sus ojos tenían un destello rojizo artificial y las venas de sus cuellos se marcaban con un tono oscuro, fruto de la energía demoníaca que les habían inoculado a la fuerza.
En lo alto de un altar de piedra negra, iluminado por el fuego verdoso de varios pebeteros, se alzaba mi tío Gustav. A sus cincuenta y tantos años, el hermano gemelo de mi padre conservaba una musculatura imponente, pero su rostro reflejaba la amargura y el odio acumulados durante tres décadas de destierro. Su mirada fija denotaba una ambición desmedida.
—La trampa ya está dispuesta —declaró Gustav, con una voz ronca y cargada de una satisfacción perversa—. Mis muchachos del sur ya han enviado el «recado» a la casa grande. Ese estúpido cachorro de Saúl debe de estar volviéndose loco por el dolor del lazo. Correrá directo hacia la linde sur con sus guerreros, rompiendo las defensas de mi hermano Arthur.
—Y mis chicas del este están alimentando el destello con suficiente energía mística como para que esa intrusa del norte crea que el ataque principal viene por las colinas —añadió una voz melodiosa, siseante y gélida como el hielo.
De entre las cortinas de humo negro emergió Morgana, la exreina bruja. Su belleza era innegable, pero resultaba marchita y peligrosa. Vestía túnicas de un color púrpura oscuro que parecían absorber la poca luz del lugar, y sus ojos, completamente negros y sin pupilas, reflejaban una locura mística absoluta. En sus manos sostenía un orbe de cristal oscuro que palpitaba con una luz violeta: el artefacto robado del tesoro real de Asmodeo.
—Tu hermano Arthur siempre ha sido un blando, Gustav —continuó Morgana, acariciando la superficie fría del orbe—. Dejó vivir a su propia hija Alfa cuando las leyes del consejo exigían su cabeza o su destierro definitivo. Se debilitó al permitir que sus primogénitas huyeran a la ciudad. Ahora pagará el precio de su piedad.
—Arthur nunca entendió lo que significa el verdadero poder —escupió Gustav, apretando el puño—. Pensó que venciéndome en aquel combate ritual lo tenía todo solucionado. Creyó que desterrándome me condenaba a morir de hambre en las fronteras. Pero mirame ahora. He sometido a cinco manadas menores, he ejecutado a sus líderes y he forjado un ejército que no siente dolor ni miedo. Cuando asuma el mando de la manada Tierra de Fuego, el consejo superior licántropo tendrá que arrodillarse ante mí. Seré el Alfa Supremo de este plano.
Morgana soltó una carcajada seca, un sonido que erizaría la piel de cualquiera.
—Disfruta de tus sueños de grandeza lobuna mientras puedas, Gustav. Tu manada es solo el tablero de juego. En cuanto el ritual comience y la sangre de los caídos empiece a regar los árboles del valle, este artefacto abrirá un portal masivo directo al núcleo del abismo. Mi clan de la Sombra de Ébano cruzará el umbral, destronaremos a ese arrogante de Asmodeo y yo reclamaré la corona que mis estúpidas hermanas de la luz me arrebataron en el norte.
Gustav la miró de reojo, con una desconfianza evidente que demostraba que entre las víboras no existe la lealtad real. Ambos se estaban usando mutuamente. Gustav creía que los demonios eran sus siervos para conquistar el plano humano, y Morgana sabía que el Alfa rebelde era simplemente el peón ignorante que le facilitaría los sacrificios de sangre necesarios para su golpe de Estado en el inframundo. Ninguno de los dos imaginaba que su perfecta estrategia de distracción ya había sido descubierta y desmantelada en la sala de mapas de la casa grande.
En un rincón del altar de piedra, atada de pies y manos con gruesas cuerdas impregnadas en magia de sangre que anulaban su capacidad de transformación, se encontraba la pequeña Lucía. La hermana menor de Thais y la Luna destinada de mi hermano Saúl estaba pálida, con la ropa sucia y un hilo de sangre corriéndole por la frente debido a la escaramuza de la captura. Sin embargo, a pesar de su juventud y del terror que desbordaba el lugar, sus ojos castaños brillaban con una firmeza que delataba la sangre del Beta Thomas que corría por sus venas.
—Sois unos monstruos… —susurró Lucía, con la voz entrecortada pero cargada de desprecio, intentando incorporarse contra la piedra—. Mi hermano Tobías y Saúl van a venir… y os van a destrozar a los dos. Mi manada no se rinde ante los traidores.
Gustav se giró hacia ella con paso lento y pesado. Se agachó frente a la joven, tomándola de la barbilla con una brusquedad que hizo que Lucía soltara un leve quejido de dolor.
—Tu manada ya está muerta, cachorrita —le espetó Gustav con una sonrisa cruel—. Tu querido Saúl va a venir, sí, pero vendrá ciego de rabia, directo a la emboscada del sur donde mis híbridos lo despedazarán. Y tu sangre, la sangre pura de la futura Luna de la manada, será el ingrediente final que Morgana necesita para activar el orbe. Siéntete orgullosa; vas a ser útil para el nuevo orden del mundo.
Lucía le escupió en el rostro con todas las fuerzas que le quedaban.
Gustav se limpió la mejilla con el dorso de la mano, y por un segundo, sus ojos brillaron con una furia asesina. Levantó la mano derecha, mostrando unas garras afiladas listas para desgarrar la garganta de la joven, pero Morgana lo detuvo colocándole el báculo de madera oscura sobre el brazo.
—No la dañes todavía, Gustav —le advirtió la exreina bruja, entornando sus ojos negros—. Necesitamos su sangre viva y latiendo con fuerza cuando la luna alcance el cenit en un par de horas. Las fluctuaciones místicas exigen precisión. Mantén a tus hombres en el valle. Si alguna patrulla rezagada de Arthur intenta acercarse al centro por error, que los eliminen sin hacer ruido.
Gustav bajó el brazo a regañadientes, clavándole una última mirada cargada de promesas de dolor a la rehén.
—Está bien. Mis guerreros del frente central ya están posicionados en la entrada del desfiladero. Nadie puede cruzar el Valle de las Sombras sin que mis centinelas lo detecten. Estamos a un paso de la victoria perfecta.
Morgana se giró hacia el altar, elevando el orbe violeta hacia el cielo gris plomo del valle, comenzando a recitar un cántico en una lengua antigua, oscura y distorsionada que hizo que la niebla a su alrededor empezara a remolinar con violencia.
Los enemigos celebraban antes de tiempo, completamente convencidos de que su estrategia de dividir a los lobos entre el este y el sur funcionaría a la perfección. No tenían ni idea de que la Alfa Rosaly, el Rey Asmodeo, el general Damian y la Reina Celeste avanzaban en ese preciso instante en una sola falange compacta hacia el centro del Valle de las Sombras, listos para arrancar de raíz el nido de las víboras.