Ella murió a manos de su propia hermana. Pero el destino le dio una segunda oportunidad: despertó en el cuerpo de una mujer inteligente, carismática y casada con el hombre más poderoso y deseado. El mismo hombre por el que siempre había sentido admiración.
Todo parece un sueño hecho realidad. Hasta que descubre que el "amor del pasado" de su esposo no es otra que su asesina.
Ahora, atrapada en un matrimonio que cree una farsa, solo quiere una cosa: el divorcio y la libertad para vengarse. Pero su esposo, frío e implacable con el mundo, se convierte en un muro de fuego cuando ella pronuncia la palabra "Divorcio".
Él no piensa soltarla. Ella no piensa quedarse.
Y entre la venganza, los secretos y un deseo que ninguno de los dos puede controlar, comienza una guerra de poder donde el amor se disfraza de odio... y la verdad podría ser el arma más peligrosa de todas.
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Capítulo 23: Mi Ídola
La casa modesta se había transformado en un espacio acogedor. La luz cálida de la lámpara del salón iluminaba el pequeño comedor donde Alessandra tenía su computadora portátil abierta, rodeada de papeles y documentos. La televisión estaba encendida a un volumen bajo, con una novela que ella seguía de reojo mientras trabajaba.
A su lado, Leo estaba recostado en el sofá, con un bol de palomitas en una mano y un puñado de papeles en la otra. Había llegado a eso de las seis de la tarde, sin previo aviso, con una sonrisa de oreja a oreja y una excusa de que "tenía que revisar unos documentos urgentes con la jefa".
Pero Alessandra sabía que Leo simplemente no quería dejarla sola. Y aunque no lo dijera, le agradecía la compañía.
—¡Ay, no! —exclamó Leo, señalando la televisión con una palomita—. Ese tipo es un idiota. La protagonista no debería estar con él. ¡Es obvio que la está engañando!
Alessandra soltó una risita sin levantar la vista de la computadora.
—¿Y tú qué sabes de novelas, Leo?
—¡Mucho! —respondió él, ofendido—. Mi abuela veía todas las novelas del canal. Crecí con ese veneno. Y le digo, este tipo es un mentiroso profesional. La chica debería mandarlo al diablo.
—Buen consejo —murmuró Alessandra, con una sonrisa irónica.
Leo la miró de reojo, notando el tono. Pero no dijo nada. Sabía que su jefa estaba pasando por un momento difícil, y no quería presionarla.
—Oiga, jefa —dijo, cambiando de tema—. ¿Ya reviso el informe de expansión? El que le dejé sobre la mesa.
—Sí, lo estoy viendo —respondió ella, deslizando los dedos por el trackpad de la computadora—. Está interesante. Habla de ofrecer servicios de consultoría estratégica junto con la seguridad personal.
—Exacto. No solo guardaespaldas. Podemos ofrecer asesoría en protección de datos, análisis de riesgos, inteligencia corporativa... Hay muchas ramas que la empresa puede abarcar. Y con el contrato que estamos ofreciendo, vamos a tener a las mejores empresas del país queriendo firmar con nosotros.
Alessandra asintió, mientras su mente procesaba la información. No podía evitar sentir una punzada de orgullo. Su hermana, la Alessandra original, había construido todo esto desde cero. Había creado un imperio en las sombras, sin que nadie supiera quién estaba detrás. Y ahora, ella estaba ahí, sentada en su casa, revisando los documentos que su hermana había dejado.
—Explícame bien las ramas —dijo, con curiosidad genuina—. Quiero entender por qué tantas empresas quieren firmar con nosotros.
Leo dejó el bol de palomitas y se incorporó, entusiasmado.
—Bueno, primero está la división de seguridad personal. Eso es lo más conocido. Entrenamos guardaespaldas de élite para figuras públicas, empresarios, políticos. Pero también tenemos la división de ciberseguridad. Protegemos los sistemas de nuestros clientes contra ataques informáticos, filtraciones de datos, espionaje corporativo.
Alessandra asintió, tomando notas mentales. Era impresionante. Su hermana había pensado en todo.
—¿Y qué más?
—Luego está la división de inteligencia corporativa. Investigamos a la competencia, analizamos riesgos de mercado, hacemos perfiles de socios potenciales. Es como tener un departamento de inteligencia privado.
—Interesante —murmuró ella, sintiendo que la admiración crecía en su pecho.
—También tenemos la división de consultoría estratégica. Ayudamos a las empresas a identificar vulnerabilidades en sus operaciones y les damos soluciones para proteger sus activos. Y por último, la división de protección de datos, que es más específica: blindamos información confidencial, creamos protocolos de seguridad interna, capacitamos al personal.
Alessandra se recostó en su silla, procesando todo. No era solo una empresa de seguridad. Era un imperio. Y su hermana lo había construido en secreto, sin que nadie lo supiera.
—Ella era increíble —murmuró, sin darse cuenta de que lo había dicho en voz alta.
Leo la miró con curiosidad.
—¿Ella?
Alessandra parpadeó, dándose cuenta de su error.
—Yo —corrigió rápido—. Quiero decir, yo. Soy increíble. ¿No te he dicho que soy increíble?
Leo soltó una risotada.
—Sí, jefa. Es usted increíble. Pero no está mal que lo reconozca de vez en cuando.
Alessandra sonrió, pero por dentro, una mezcla de emociones la invadía. Orgullo por lo que su hermana había logrado. Tristeza porque no pudo conocerla en vida. Y una profunda admiración que no podía contener.
—Dime, Leo —preguntó, con un tono más suave—. ¿Emn... yo... siempre fui así? ¿Siempre tuve esta visión?
Leo pensó un momento.
—Siempre, jefa. Desde que la conocí, usted sabía lo que quería. Y no se detenía hasta conseguirlo. Por eso la respeto tanto.
Alessandra sintió que los ojos se le humedecían, pero se contuvo.
—Gracias, Leo —dijo, con voz suave—. Por ayudarme a recordar.
—Para eso estoy, jefa —respondió él, con una sonrisa—. Ahora, ¿me pasas el informe? Quiero ver si podemos agregar algo más.
Alessandra le pasó la computadora y se recostó en el sofá. Miró la televisión un momento, pero su mente estaba en otra parte.
Su hermana había construido esto. Había creado una empresa que ahora era codiciada por los gigantes del país. Y ella, Aitana, la hermana que nunca la conoció, estaba allí, protegiendo su legado.
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Leo seguía recostado en el sofá, con el bol de palomitas ahora casi vacío y la computadora de Alessandra sobre sus piernas. Había estado revisando los informes mientras ella miraba la televisión con la mirada perdida, pero su mente no estaba en la novela. Estaba en el futuro. En el contrato. En la oportunidad que tenía entre sus manos.
—Leo —dijo de repente, con un tono que llamó su atención de inmediato.
—Dígame, jefa.
Alessandra se giró hacia él, y en sus labios se dibujó una sonrisa que no era del todo inocente. Era una sonrisa calculadora, estratégica. La sonrisa de alguien que sabe exactamente lo que quiere.
—Quiero que hagas algo por mí.
Leo levantó una ceja, dejando el bol de palomitas a un lado y prestándole toda su atención.
—Lo que sea, jefa. Usted sabe que estoy para servirle.
—Como ya sabemos, la empresa de Dante está dentro de las que quieren firmar el contrato con mi empresa —dijo, y su voz era tan calmada que resultaba casi peligrosa—. Y, sinceramente, no sé si se lo dejaré fácil.
Leo la miró fijamente, y una sonrisa pícara comenzó a formarse en sus labios. Se incorporó un poco en el sofá, apoyando los codos en las rodillas.
—¿Está pensando en vengarse de su futuro ex esposo, jefa? —preguntó, con un tono que mezclaba curiosidad y diversión.
Alessandra soltó una risita, corta y ligera, y negó con la cabeza. Sus dedos jugaban con el borde de la computadora mientras hablaba.
—No, Leo. No voy a mezclar mi vida personal con algo profesional. Eso sería infantil y poco ético. Ya bastante tengo con todo lo que está pasando como para ponerme a jugar con fuego en el ámbito laboral.
—Entonces, ¿qué tiene en mente?
—Seré justa con los participantes —dijo, con la mirada fija en la nada, como si estuviera viendo el panorama completo—. Todos tendrán las mismas oportunidades. Pero si Dante quiere ganar, tendrá que demostrar que es el mejor. Sin favores. Sin ventajas. Sin que su apellido le abra puertas que no debería.
Leo la miró con admiración. Había esperado una respuesta llena de veneno, de deseos de venganza. Pero Alessandra era más profesional que eso. Mucho más.
—Suena justo —dijo Leo, asintiendo lentamente—. ¿Y qué quiere que haga yo en todo esto?
Alessandra se giró hacia él, y su mirada era tan directa que Leo sintió que lo estaba evaluando.
—Quiero que te asegures de que las inspecciones sean justas e imparciales. Que cada empresa reciba la misma evaluación. Sin tratos especiales para nadie. No quiero que nadie pueda decir que hubo favoritismo. Quiero que todo sea limpio y transparente.
—Puedo encargarme de eso, jefa —respondió Leo, tomando nota mental—. Voy a supervisar personalmente cada visita de evaluación. Me aseguraré de que los equipos sigan el mismo protocolo con todas las empresas.
—Bien. Y cuando llegue el momento de firmar el contrato...
Leo se inclinó hacia adelante, sintiendo que algo grande venía.
—¿Sí, jefa?
—Quiero estar allí en persona —dijo Alessandra, y esta vez, la sonrisa que se formó en sus labios era de pura satisfacción—. Quiero ver sus caras cuando descubran que la CEO de "Seguridad Elite" soy yo.
El silencio se instaló en la habitación. Leo parpadeó una vez. Dos veces. Tres veces.
Luego, una sonrisa tan grande que casi le iluminaba toda la cara se extendió por su rostro. Se levantó del sofá de un salto, dejando el bol de palomitas a un lado.
—¿En serio, jefa? —preguntó, con la voz cargada de emoción—. ¿Va a revelar su identidad?
—Es hora, Leo —respondió ella, con la misma calma de siempre, pero con un brillo en los ojos que delataba su emoción—. Ya no quiero esconderme. Construí todo esto en secreto, pero ya es momento de que el mundo sepa quién está detrás. Que sepan que detrás de "Seguridad Elite" hay una mujer que no se deja pisotear por nadie.
Leo dio un paso adelante, casi saltando de emoción.
—¡Jefa, esto va a ser épico! Los voy a ver a todos con la boca abierta. Moretti, Santander, los Fernández... ¡ninguno se lo va a esperar!
Alessandra soltó una risita, divertida por la reacción de su asistente.
—No te emociones demasiado, Leo. Primero tenemos que asegurarnos de que todo salga bien. Dentro de dos días comienzan las inspecciones. Quiero que todo esté listo.
—Lo estará, jefa —dijo Leo, recuperando la seriedad pero con la sonrisa aún en los labios—. Puede confiar en mí. Voy a preparar todo para que las inspecciones sean impecables. Y cuando llegue el momento de la firma... bueno, va a ser un momento inolvidable.
Alessandra asintió, sintiendo que algo en su interior se alineaba. Por primera vez desde que había descubierto la verdad sobre su hermana, desde que había encontrado aquella libreta, desde que había decidido divorciarse de Dante, sentía que estaba en el lugar correcto.
Leo se sentó de nuevo en el sofá, pero su energía no se había apagado. Tomó la computadora y comenzó a revisar los informes con renovado entusiasmo.
—Jefa, ¿qué piensa hacer con los Fernández? —preguntó, sin levantar la vista—. También están en la lista de empresas que quieren el contrato.
Alessandra se quedó en silencio un momento. Los Fernández. Su padre. Su madre. Sus hermanos. La empresa que su padre había construido y que ahora estaba en la lista de espera de su propia empresa.
—Ellos también recibirán el mismo trato que los demás —respondió, con voz firme—. Ni más, ni menos. Si su empresa cumple con los requisitos, serán considerados. Si no... bueno, tendrán que aceptar la decisión.
—¿Y si gana la empresa de los Fernández?
Alessandra sonrió. Era una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Entonces tendrán que firmar conmigo pero de ellos me encargo yo.
Leo sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Su jefa no solo era inteligente. Era estratégica. Sabía cómo jugar sus cartas, y cuándo hacerlo.
—Jefa, a veces me asusta lo mucho que piensa —dijo, con una mezcla de admiración y diversión.
—Es mi trabajo, Leo —respondió ella, con una sonrisa—. Y lo hago bien.
LEO CASTILLO
Secretario personal de Alessandra
ahora Alessandra acontarles que la verdadera Alessandra murió y la que radica el cuerpo es Ana a un que son hermanas
y se verdad sea a si de simpática