Valeria creció entre los surcos de una plantación de té, sin padres, con una pierna que nunca sanó del todo y unos tíos que la trataban como sirvienta. El día que Don Alejandro Montemayor, el patriarca más poderoso de la región, ofrece un millón de dólares de dote para casar a su nieto, los tíos de Valeria no dudan en venderla al mejor postor.
Sebastián Montemayor es el heredero de un imperio del té. Es brillante, observador y reservado. También es sordo desde los diez años, cuando un accidente que nadie ha logrado explicar le arrebató la audición y a su padre. Todas las mujeres que le han presentado lo han rechazado. Cuando Valeria aparece frente a él con un vestido prestado y una marca roja en la mejilla, Sebastián no ve a una novia sumisa: ve a alguien que esconde heridas.
Lo que comienza como un matrimonio arreglado entre dos personas rotas se transforma en algo inesperado. Poco a poco, entre torpezas, silencios elocuentes y pequeños actos de valentía cotidiana, Valeria y Sebastián descubren que sus vidas estuvieron entrelazadas mucho antes de conocerse.
Pero el pasado guarda secretos peligrosos. Un hombre poderoso lleva décadas ocultando una verdad que podría destruirlo todo, y hará lo que sea necesario para que esa verdad no salga a la luz. Cuando la búsqueda de justicia pone en la mira a quienes Sebastián más quiere, el silencio deja de ser refugio y se convierte en campo de batalla.
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Capítulo 8
Los aplausos retumbaron por el patio de la casona de Don Alejandro. La música tradicional se fundía con las risas de los invitados, que no se decidían a abandonar la fiesta. Tras la ceremonia de boda y las bendiciones, el ambiente se tornó aún más festivo. Los trabajadores de la plantación, que hasta entonces habían permanecido sentados con compostura, empezaron a ponerse de pie. Algunos hombres palmeaban al ritmo de la música, mientras las mujeres contemplaban el bullicio con sonrisas anchas.
—¡Don Alejandro, anímese! —gritó uno de los capataces, agitando la mano.
Don Alejandro, que llevaba un buen rato sentado en la silla de honor, soltó una carcajada.
—Pero si ya estoy viejo para andar bailando.
—¡Precisamente porque hoy es un día de alegría, patrón! —respondió otro.
—¡Si usted no se suma, la fiesta no está completa!
Las voces de aliento arreciaron. Don Alejandro terminó por levantarse de su asiento.
Patricia se limitó a negar con la cabeza entre risas. —Tenga cuidado, papá.
—¡Tranquila!
Don Alejandro avanzó con brío. A pesar de que el cabello se le había vuelto completamente blanco, su energía seguía intacta. Caminó hacia el centro del patio, recibido con una ovación.
—¡Patrón! ¡Patrón!
—¡Eso es!
El anciano comenzó a mover los hombros al compás de la música. Sus movimientos eran torpes, pero justamente eso era lo que hacía reír a todos.
—¡Dios mío! —Patricia se tapó la boca, muerta de risa—. Papá es demasiado gracioso.
Al otro lado, Sebastián se limitó a negar con la cabeza. La comisura de sus labios se curvó apenas al ver las ocurrencias de su abuelo.
Valeria, sentada junto a él, también sonrió. Era la primera vez en todo el día que descubría otra faceta de la familia de Don Alejandro. No eran tan rígidos como había imaginado. Hasta un patriarca podía dejar de lado la solemnidad para divertir a sus invitados.
—¡Eso, Don Alejandro, con todo! —exclamó el capataz.
Don Alejandro se entusiasmó aún más. Levantó los brazos bien alto. —¡Vamos, todos! ¡Que los jóvenes no se dejen ganar por este viejo!
Los vítores estallaron de nuevo. Varios invitados bajaron al patio. El ambiente se convirtió en una pequeña fiesta espontánea, llena de carcajadas.
Pero de pronto el cuerpo de Don Alejandro se tambaleó. —¡Aaaaah!
—¡Abuelo! —Sebastián se puso de pie de un salto.
Don Alejandro quedó sentado sobre el césped, con una mueca de dolor. —¡Ay, duele!
—¡Papá! —Patricia corrió hacia él.
Varias personas lo rodearon de inmediato. —¿Qué le duele, patrón?
—El tobillo... —Don Alejandro se agarró el tobillo derecho—. Parece que me lo torcí.
Antes de que el susto se disipara, el anciano se llevó la mano a la espalda baja. El rostro se le puso pálido. —¡Ay...! La espalda también.
Quienes un momento antes se reían ahora entraron en pánico. El médico del pueblo, que se encontraba entre los invitados, se adelantó enseguida a examinar a Don Alejandro.
—Por suerte no hay fractura. Solo un esguince bastante fuerte.
El doctor exhaló con alivio. Luego presionó con cuidado la zona lumbar del anciano.
—En cuanto a la espalda, lo más probable es que sea una contractura muscular. Le recomiendo que se mueva lo menos posible estos días.
Don Alejandro solo pudo soltar un largo suspiro. —Esto pasa por pasarse de entusiasta.
El comentario arrancó risitas entre algunos invitados.
Aunque la fiesta se reanudó, el ánimo ya no alcanzó la euforia de antes.
Patricia acompañó a su suegro a la zona reservada para la familia. De vez en cuando, su mirada se desviaba hacia Sebastián y Valeria, que recibían felicitaciones de los invitados.
Al acercarse la tarde, Patricia los llamó.
—Sebastián... Valeria.
—Sí, mamá.
Patricia los miró con expresión seria. —El abuelo no está en condiciones de quedarse solo.
Sebastián asintió. —Lo sé.
Patricia tomó la mano de Valeria con delicadeza. —Por eso quiero que se queden aquí por un tiempo, hasta que el abuelo se recupere.
Valeria se sorprendió un poco. —¿Yo también, mamá?
—Sí. —Patricia le dedicó una sonrisa cálida—. A papá le encantará que la casa vuelva a tener vida.
Patricia se volvió entonces hacia Sebastián. —De paso puedes supervisar el trabajo en la plantación. Hace mucho que no te involucras directamente aquí.
Sebastián se quedó callado unos segundos. Aún tenía mucho trabajo pendiente en la capital. Pero al ver el estado de su abuelo, supo que no había alternativa.
—Está bien, mamá.
Patricia sonrió con alivio. —Gracias.
Valeria asintió también. —Yo ayudaré a cuidar al abuelo.
Aquella frase sencilla le calentó el corazón a Patricia.
En otro rincón del patio, Ramón, Marta y Camila se habían apartado del gentío. A los tres les traía sin cuidado el alboroto de la fiesta, que había retomado su curso una vez que Don Alejandro mejoró.
Sus ojos no dejaban de seguir cada movimiento de la familia Montemayor.
Patricia habló unos momentos con Sebastián. Poco después llamaron a Valeria. Los tres entraron juntos a la casa, acompañados por otros miembros de la familia.
Marta entrecerró los ojos. —¿Qué estarán tramando ahí adentro? —susurró.
Ramón también observaba la puerta ya cerrada. —Ni idea.
—¿Estarán discutiendo algo? —insistió Marta.
Ramón se encogió de hombros. —Y yo qué voy a saber.
Sin saber bien por qué, una oleada de inquietud invadió a Marta. Desde hacía rato, su mente giraba en torno a una sola cosa: el dinero de la dote.
La mujer miró a ambos lados, asegurándose de que nadie escuchara. Se acercó a su marido.
—Ramón.
Él se volvió. —¿Qué?
—La dote.
Ramón frunció el ceño de inmediato. Se rascó la barbilla.
—Es cierto. Todavía no nos la han dado.
Marta se mordió el labio. —Se supone que después de la ceremonia la entregaban enseguida, ¿no?
Ramón no contestó de inmediato. Su mirada volvió a la casona de Don Alejandro.
—Alguien se estará ocupando.
—Pero ¿por qué nadie ha mencionado el tema todavía? —La voz de Marta empezó a delatar su ansiedad.
—Con la caída de Don Alejandro, todos se pusieron a atenderlo.
Camila, que había estado escuchando, intervino: —¿Y si lo aplazaron?
—Imposible —respondió Ramón sin dudar. Aunque su tono ya no sonaba tan firme como al principio. La duda también lo estaba carcomiendo.
Los tres se miraron entre sí. Cada uno sumido en sus propios pensamientos. Pero ninguno pensaba en el estado de Don Alejandro, que descansaba adentro. Lo que ocupaba su mente era la imagen de un maletín o una bolsa repleta con un millón de dólares en efectivo que todavía no habían visto.
En la cabeza de Marta, ese dinero ya le pertenecía. Ya había imaginado la casa que iba a remodelar. Las joyas que compraría. La vida holgada que hasta entonces solo había sido un sueño. Por eso, cada minuto que pasaba sin noticias la hundía un poco más en la angustia.