A los diecinueve años, Joana solo conoce el hambre, los golpes y el desprecio: en su propia casa la tratan como a una sirvienta, la llaman "gorda" y le hacen creer que no vale nada. Cada noche traba la puerta de su cuarto con una silla y sueña con desaparecer.
Lo que no sabe es que, todas las mañanas, el hombre más peligroso de la ciudad la observa desde la mesa de la cafetería donde trabaja.
Sócrates Grizantemo es el Don de la mafia: frío, implacable, capaz de la peor crueldad con sus enemigos… y tiene los días contados para casarse o perder su imperio. Cuando decide comprar la mano de Joana para saldar la deuda de su padre, cree que solo cierra un trato conveniente. Ninguno de los dos imagina que ese matrimonio arreglado despertará en él una ternura que jamás mostró a nadie, y en ella, una mujer fuerte, deseada y libre que no sabía que llevaba dentro.
Pero el pasado de Joana esconde secretos que exigen sangre, y la nueva familia que empieza a amarla guarda los suyos: traiciones que llegan hasta lo más alto, un amor prohibido entre quienes se criaron como hermanos y una conspiración capaz de destruirlos a todos.
En un mundo donde el amor se paga con lujo y las deudas con la vida, Joana tendrá que decidir hasta dónde está dispuesta a llegar por los suyos.
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Capítulo 4
Desde que Beatriz me encaró en la sala de casa y me dijo que estaba enamorada de mí —no, en realidad dijo que SIEMPRE lo había estado—, carajo, se me fue la sangre del cuerpo. Yo crecí en esa familia, es más, todavía vivía con ellos cuando me soltó la bomba en el regazo como si fuera un "buenos días" dicho decenas de veces.
Me mudé una semana después; debí haberlo hecho mucho antes, pero la verdad es que la familia Grizantemo me acogió de niño y salir de esa casa era duro para mí; ellos son mi familia, mi puerto seguro. Sócrates y yo crecimos como hermanos. Me acogieron Giordana y Marcos Grizantemo cuando tenía siete años; doña Isabel también ayudó a cuidarme como una verdadera abuela. Puertas afuera éramos una familia temida, una familia sedienta de sangre, pero puertas adentro éramos apenas una familia común, llena de amor entre todos.
Claro que había diferencias de opinión, pero el amor que tuve ahí dentro jamás lo había sentido. Mi familia de sangre convirtió mi vida en un infierno y, aunque solo fuera por siete años, yo sabía lo que era querer morir, lo que era no aguantar más. Pero después de que me acogieron, todo se volvió liviano y fácil de sobrellevar.
Lo cierto es que siempre me resultó fácil ver a Isabel como abuela, a Giordana como madre, a Marcos como padre y a Sócrates como hermano; todo eso siempre fue simple para mí. Pero a Beatriz jamás la vi como hermana, jamás sentí por ella el amor que siento por ellos; no es que no la quiera, pero nunca fue de la misma forma y yo siempre lo supe. Mis celos siempre fueron distintos de los celos de un hermano, mi instinto de protección siempre fue exagerado, como cuando le quité la vida a un muchacho que intentó robarle un beso a la fuerza. O cuando le impedí cometer una locura, tratando de rebelarse contra lo que la mafia espera de ella. No solo la protegí, sino que cuidé y acogí a la chica de la que ni siquiera podía estar cerca de otra forma que no fuera como hermanos.
Sócrates y yo nos fuimos a estudiar afuera, y cuando volví, Beatriz era una adolescente muy distinta de la niña de la que me despedí al marcharme. Y no podía decir que no notaba su forma de mirarme, pero siempre, siempre lo ignoré, fingía no verlo, hasta que ella me miró a los ojos y dijo que estaba enamorada de mí. No tiene idea del maldito infierno que armó en mi cabeza. Fácilmente me quedaría con ella, fácilmente me hundiría dentro de ella, pero no haciéndola una más, sino la única, la única que querría que se quedara, la única que no soltaría si tuviera la oportunidad de sostenerla aunque fuera una sola vez. Pero no puedo; no es a mí a quien está prometida. Dentro de la mafia soy hijo de Marcos, soy hermano de Beatriz, y fue un infierno lograr que la mafia me aceptara como parte de la familia; y después de tanta pelea me aceptaron… ¿para que ahora yo sea el traidor, el que rompa un acuerdo, un acuerdo con mucho dinero y una sociedad de por medio, todo por no saber contenerme? Sencillamente no puedo.
Conduje poco más de diez minutos cuando, acelerando todo lo que podía, oyendo el rugido del motor y sintiendo la moto vibrar debajo de mí, Beatriz me abrazó, pero no de forma maliciosa; solo se sostenía de mí, y en ningún momento me pidió que bajara la velocidad. Y ese abrazo solo lo hacía todo aún más difícil.
Llegamos a donde debíamos, pero me extrañó un auto en un rincón; parecía intentar camuflarse entre los contenedores estacionados ahí.
Enseguida frené la moto y les mandé un mensaje a nuestros hombres, que nos esperaban más adelante, pidiéndoles que se mantuvieran cerca y atentos. Después le hice una seña a Beatriz señalando el auto y ella entendió; claro, ella siempre entendía. Tratándose de la mafia y de este tipo de misiones, es la mejor y todos lo saben, pero por ser mujer no la toman en serio, cosa que me irrita profundamente.
Volví a avanzar, pero reduje la velocidad y bien despacio di la vuelta buscando un lugar seguro donde detenerme. En cuanto vi un sitio aparentemente tranquilo, paré. Llevé la mano directo a la cintura sacando mi arma, y Beatriz hizo lo mismo, sacando la suya y dejando un cuchillo sujeto al puño; luego se bajó de la moto.
Le hice una seña para que fuera hacia la escalera y observara todo desde arriba, mientras yo daba la vuelta para averiguar quién estaba en ese auto.
Caminé muy poco cuando me sujetaron; apenas tuve tiempo de reaccionar, algo muy inusual en mí, porque por lo general siempre estoy preparado, pero la verdad es que Beatriz me tiene en tal estado de nervios que mi concentración no anda de las mejores.
Miré de reojo hacia arriba y divisé a Beatriz: nos observaba, y antes siquiera de que me arrastraran, le di un codazo al que me sujetaba por detrás y me agaché; fue apenas el tiempo justo para que Beatriz derribara a los dos. Dos tiros certeros, uno en la cabeza de cada uno. Sinceramente, esta chica es buena hasta de más.
Miré hacia arriba y me hizo señas para que me deshiciera de los cuerpos, que estaban demasiado expuestos. Claro que sabía que tenía que hacerlo, pero el hecho de que ella quisiera mandarme a hacerlo me irritó. Lo cual no era novedad: todo en esta muchacha me irrita profundamente.
Cuando Marcos armó aquel acuerdo, en el que se comprometía a entregar la mano de Beatriz a un maldito a cambio de dinero y bienes, además de una alianza más que buena, mi mundo se puso patas arriba, porque sé la garra que ella tiene, sé cuánto lucha para que todo sea distinto, para que la vean, para que el hecho de ser mujer no cambie nada.
Después de acomodar los cuerpos en un rincón, di una vuelta y me acerqué al auto; con discreción, observé y noté que estaba vacío, al parecer eran solo esos dos.
—De nada, por haberte salvado. —La muy desgraciada llegó de la nada y me dio un susto. Como dije, ando con una concentración de mierda—. Estás asustado, deberías trabajar más eso. ¿Qué clase de mafioso se deja sorprender en una misión?
—Déjame en paz, Beatriz. Y vamos, tenemos que estar atentos, el barco debe atracar en cualquier momento.
Me siguió en silencio, y en silencio nos quedamos.