trata sobre un arreglo matrimonial entre familias poderosas
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Capítulo 16: El Despertar de la Medusa
Han pasado dos años. El aislamiento en los Alpes suizos no destruyó a Elena; la reconstruyó con la misma aleación de la que estaba hecho su captor. A sus 21 años, ya no quedaba rastro de la estudiante de diseño que soñaba con la libertad. La Elena que caminaba ahora por los pasillos de cristal de la Residencia Aeterna era una criatura de una frialdad matemática. Su mirada avellana, antes cálida y expresiva, se había vuelto tan impenetrable como los glaciares que rodeaban su prisión de lujo.
Había aprendido a jugar el juego de las sombras. Durante veinticuatro meses, Elena fingió una sumisión absoluta. Cada carta que enviaba a Ethan a la prisión estaba cargada de una devoción meticulosamente redactada, palabras que él devoraba como un hombre sediento en el desierto. Ella sabía que él vigilaba sus niveles de cortisol, su ritmo cardíaco y sus lecturas biométricas a través del sistema de la casa, por lo que aprendió a meditar, a controlar sus emociones hasta el punto de que las máquinas solo registraban una calma beatífica.
—Señora Steelwood, el cargamento de la casa de subastas Christie’s ha llegado —anunció la voz de la IA.
Elena se levantó de su diván de terciopelo. Vestía un traje sastre de seda gris perla que la hacía parecer una estatua de mármol.
—Tráelo al salón principal, Leo.
Leo, cuya lealtad a Ethan se había mantenido intacta pero cuya veneración por Elena había crecido hasta convertirse en un culto silencioso, entró con una caja de madera reforzada. Elena no compraba joyas ni ropa; compraba arte y antigüedades con códigos ocultos, piezas que le permitían mover activos fuera del radar de los contadores de Ethan.
—El señor Ethan sale en setenta y dos horas, señora —dijo Leo, sin levantar la vista—. El indulto presidencial ha sido firmado. El “buen comportamiento” y las donaciones a las campañas políticas han hecho su trabajo.
—Lo sé, Leo —respondió ella, acariciando el borde de una estatuilla de bronce—. Y estoy ansiosa por recibir a mi esposo en casa. Prepara el helipuerto. Quiero que todo sea… perfecto.
El día de la liberación, el cielo sobre los Alpes estaba despejado, de un azul eléctrico que dolía a la vista. El estruendo de las palas de un Eurocopter rompió el silencio milenario de la montaña. Ethan, de 23 años, descendió del aparato. La prisión no lo había suavizado; al contrario, le había dado una madurez peligrosa. Estaba más delgado, con los rasgos más marcados y una mirada que parecía capaz de incinerar cualquier cosa que se interpusiera en su camino.
Elena lo esperaba en la plataforma. No corrió hacia él; se quedó inmóvil, como una reina esperando a su consorte. Cuando Ethan llegó frente a ella, el tiempo pareció detenerse. Él extendió una mano y le acarició la mejilla con una reverencia casi religiosa.
—Estás más hermosa de lo que mis cámaras podían captar —susurró él, su voz ronca por la falta de uso en el mundo exterior.
—Bienvenido a casa, Ethan —respondió ella con una sonrisa perfecta, una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. El mundo ha sido muy oscuro sin su dueño.
Esa noche, Ethan reclamó su lugar no solo en el imperio, sino en la cama de Elena. La posesividad de él fue, si cabe, más feroz que antes. La tomó con una urgencia que rayaba en la desesperación, buscando en el cuerpo de ella la confirmación de que seguía siendo su dueño absoluto. Elena le correspondió con una maestría técnica que lo dejó extasiado, ocultando tras sus gemidos el asco profundo que sentía por el hombre que había asesinado a su pasado.
Días después, mientras Ethan se sumergía de nuevo en la gestión del Grupo Steelwood, intentando recuperar el terreno perdido frente a los competidores que habían surgido en su ausencia, Elena dio su primer golpe.
Había pasado dos años estudiando las debilidades del sistema de seguridad de Ethan. Sabía que el punto débil no eran las cámaras, sino la confianza de él en su propia infalibilidad. Elena había creado una red de empresas fantasma a nombre de su padre —quien seguía vivo en una clínica privada, aunque en estado vegetativo— utilizando los fondos que Ethan creía que ella gastaba en arte.
—Ethan, querido —dijo ella durante la cena, mientras le servía una copa de un vino tinto de mil dólares—. He estado revisando los informes de la división naviera. Hay algunas inconsistencias que me preocupan.
Ethan dejó su tablet y la miró con curiosidad.
—¿Desde cuándo te interesan las auditorías, Elena?
—Desde que me di cuenta de que si tú vuelves a la cárcel, yo soy la única que puede proteger nuestro legado —respondió ella, sentándose en su regazo y rodeando su cuello con los brazos—. Quiero que me nombres Co-CEO. Quiero que el mundo vea que los Steelwood son una unidad indivisible.
Ethan la miró con una mezcla de orgullo y sospecha. Su instinto le decía que Elena estaba cambiando, pero su ego le decía que finalmente la había moldeado a su imagen y semejanza.
—Es una petición audaz. Pero me gusta. Mañana firmaremos los documentos.
Lo que Ethan no sabía era que Elena ya había contactado con los antiguos aliados de los Vane y con los fiscales federales que se quedaron con hambre de justicia tras el juicio anterior. Ella les ofreció algo que nadie más tenía: las claves de acceso a los servidores privados donde Ethan guardaba las pruebas de todos sus crímenes financieros.
La noche antes de la presentación oficial de Elena como Co-CEO, la mansión en los Alpes se convirtió en el escenario de la traición final. Elena esperó a que Ethan estuviera relajado, disfrutando de lo que él creía era su victoria total.
—¿Sabes, Ethan? —dijo ella, caminando hacia el gran ventanal mientras sostenía una tableta—. Siempre dijiste que yo era tu debilidad. Pero nunca entendiste por qué.
Ethan se levantó del sofá, sintiendo un repentino mareo. Miró su copa de vino.
—¿Qué me has dado, Elena?
—Solo un sedante ligero, algo para que escuches sin interrumpir —respondió ella, girándose con una mirada de puro odio—. En este momento, un equipo del FBI está aterrizando en la base de la montaña. Tienen los códigos de encriptación de tu “Caja de Pandora”. He transferido el 60% de los activos de Steelwood a un fondo irrevocable a mi nombre en las Islas Caimán. Legalmente, tú ya no posees nada.
Ethan intentó caminar hacia ella, pero sus piernas fallaron y cayó de rodillas. Su rostro estaba transformado por la incredulidad.
—¡Lo hice por ti! ¡Todo lo que hice fue para que estuviéramos juntos!
—No, lo hiciste por ti, Ethan. Porque no soportabas que algo en este mundo no tuviera tu nombre grabado —Elena se arrodilló frente a él, tomándolo por la mandíbula de la misma forma que él había hecho tantas veces—. Me dijiste que esta era mi jaula. Pues bien, he decidido cambiar al alcaide.
Elena se levantó y miró hacia el cielo nocturno. Las luces de los helicópteros de las fuerzas federales empezaban a verse en el horizonte, como estrellas que caían sobre la montaña.
—Leo —llamó ella.
El jefe de seguridad entró en la habitación. Miró a Ethan en el suelo y luego a Elena.
—El helicóptero privado está listo en el helipuerto norte, señora. El plan de vuelo a Singapur ha sido aprobado.
Ethan, luchando contra el efecto del sedante, intentó agarrar el tobillo de Elena.
—No… no puedes dejarme… eres mía…
Elena se soltó de su agarre con un movimiento lleno de desprecio.
—Esa es la diferencia entre nosotros, Ethan. Tú necesitabas encadenarme para poseerme. Yo solo necesité dejar que creyeras que me tenías para destruirte. Disfruta de la celda. Esta vez, he dejado instrucciones para que no tengas visitas. Ni siquiera la mía.
Elena caminó hacia la salida sin mirar atrás. Mientras subía al helicóptero que la llevaría a su nueva vida, el sonido de las sirenas llenaba el valle. Por primera vez en seis años, el aire frío de los Alpes no se sentía como una prisión, sino como el primer aliento de una mujer que finalmente había aprendido que el acero, aunque es fuerte, también puede romperse si se golpea en el lugar exacto.