Aurora rescató a Eric de las cenizas de un viejo desamor, transformando la gratitud en un matrimonio cálido y prometedor. Sin embargo, dos años de felicidad se derrumban en cuestión de meses cuando Patricia, la expareja que lo abandonó, reaparece con artimañas y una codicia disfrazada de nostalgia. Atrapado en la red de manipulaciones, Eric traiciona a la mujer que le devolvió la vida.
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Capítulo 18: El fantasma de Aurora
El despacho olía a polvo acumulado y a humedad. El brillo de la madera de caoba se había ido apagando con los meses; ya no había flores frescas en la recepción ni té de jazmín en la alacena. La secretaria de toda la vida había renunciado hacía dos semanas tras un retraso en el pago de su sueldo, dejando los archivadores a medio ordenar y una pila de correspondencia judicial sin abrir sobre el mostrador de la entrada.
Eric estaba solo, sentado tras el escritorio con las mangas de la camisa arremangadas y el cabello revuelto. Tenía la vista fija en un ultimátum del Banco Mercantil: una ejecución inminente sobre los bienes del estudio por pagarés impagos. Para frenar el embargo, necesitaba encontrar con urgencia el título de propiedad del inmueble que compartía en condominio o algún documento que acreditara pagos cancelados de ejercicios anteriores.
Comenzó a revolver los cajones inferiores del mueble principal, donde se guardaban las carpetas más antiguas. Al forzar la cerradura del último compartimento, que llevaba meses trabado, el cajón cedió con un crujido seco.
En el fondo no estaban los títulos bancarios.
Había una caja de madera de cedro, lustrada y atada con una cinta de lino crudo.
Eric se quedó inmóvil. El aire en la habitación pareció espesarse de golpe. Reconoció la caja al instante: era la que Aurora utilizaba durante el primer año de ejercicio profesional para guardar las notas y minutas personales que no debían mezclarse con los expedientes judiciales.
Con manos temblorosas, desató la cinta.
Al abrir la tapa, un aroma tenue y melancólico a lavanda seca y papel antiguo escapó del interior, golpeándolo en el pecho como una ráfaga helada. Adentro había cuadernos de notas con la caligrafía pequeña, prolija y elegante de Aurora. Fichas de jurisprudencia ordenadas por colores, esquemas procesales trazados a mano para facilitarle a él los alegatos más difíciles y, entre las páginas, pequeños trozos de papel adhesivo que ella le dejaba pegados en la taza de café o en el volante del auto.
Eric tomó el primer papelito amarillo. La tinta negra permanecía intacta:
«Sé que estás nervioso por el alegato de hoy, pero nadie conoce este caso mejor que tú. Respira hondo, habla con calma y recuerda quién eres. Te amo, mi doctor. Tu socia de vida.»
Eric apretó los labios con fuerza, sintiendo una punzada quemante en la garganta. Tomó otra nota, fechada en su primer aniversario:
«Presupuesto anual: cancelamos el crédito del auto este mes. Si mantenemos esta disciplina, en dos años compramos la oficina propia. No te preocupes por el posgrado en Europa, Eric; primero consolidamos tu nombre y después habrá tiempo para lo mío. Somos un equipo.»
Las lágrimas, pesadas y calientes, comenzaron a nublarle la vista.
Aurora había postergado sus propios sueños, sus viajes, sus deseos de especialización internacional, todo para blindar la carrera de él. Había contado cada centavo con la devoción de quien cuida un tesoro sagrado, no para privarlo de nada, sino para darle raíces firmes. Cada página de ese cuaderno era un testimonio mudo de una entrega absoluta, limpia y desinteresada.
De pronto, el chillido estridente del teléfono celular sobre la mesa cortó el silencio como un navajazo.
En la pantalla brillaba el nombre de Patricia.
Eric tragó saliva, tratando de aclarar su voz rota antes de presionar el botón de altavoz:
—¿Sí?
—Eric, necesito que me hagas una transferencia ya mismo —la voz de Patricia entró cargada de un tono imperativo, sin saludar, acompañada por el rumor de música chillona y risas de fondo—. Estoy en la clínica de estética y la tarjeta me da denegada otra vez. Es una humillación total tener a la recepcionista mirándome como si fuera una insolvente. Te paso el número de cuenta de la clínica, son dos mil quinientos dólares. Apúrate que tengo turno en la peluquería a las cinco.
Eric miró el papelito amarillo en su mano, donde la letra de Aurora hablaba de disciplina, de futuro y de amor verdadero. Luego escuchó la voz chillona, hueca y exigente al otro lado de la línea. El abismo entre ambas realidades era tan monstruoso que la náusea le subió a la boca.
—No hay dos mil quinientos dólares, Patricia —dijo él, con una voz opaca, gastada, que sonó casi sepulcral—. El banco va a trabar embargo sobre las cuentas del estudio mañana por la mañana. Te lo advertí anoche.
—¡A mí no me importan tus problemas con el banco! —estalló ella en un alarido de furia histérica—. ¡Ese es tu trabajo como marido! ¡Resolver! ¿Pretendes que me quede a medio tratamiento por tu incompetencia? ¡Pídele un adelanto a algún cliente o véndele algo a tus amigos, pero no me hagas pasar este papelón! ¡Eres un inútil, Eric! ¡Un completo inútil!
Eric no respondió. No gritó, no insultó, no intentó justificarse. Simplemente apartó el dedo y cortó la llamada.
Apagó el teléfono y lo arrojó sobre el sillón.
El silencio volvió a inundar el despacho vacío. Eric se desplomó sobre el escritorio, abrazando la caja de madera de cedro contra su pecho. Hundió el rostro en los cuadernos viejos de Aurora y el llanto lo desgarró por dentro: un llanto amargo, tardío, de esos que nacen en las vísceras cuando un hombre comprende con espantosa lucidez que vendió el paraíso a cambio de un puñado de vidrio molido.
El fantasma de Aurora no lo perseguía con rencor ni con reproches; lo castigaba con el recuerdo impiadoso de la mujer extraordinaria que había sido y que jamás, en diez vidas que tuviera, volvería a rozar sus manos.