Hades, el dios del inframundo, jamás imaginó que podría enamorarse de una mortal. Pero cuando sus ojos se encontraron con los de ella, todo cambió. A escondidas de los dioses, se casaron y esperaron juntos la llegada de su hijo.
Sin embargo, su amor despertó el temor de los dioses, quienes creyeron que aquella unión amenazaba el equilibrio del mundo. Engañaron a Hades para alejarlo y, mientras él estaba ausente, le arrebataron a su esposa y a su hijo antes de que pudiera conocerlo.
Consumido por el dolor y la sed de venganza, Hades juró hacer pagar a los responsables. Pero Perséfone, cegada por los celos, lanzó una maldición sobre los amantes: estarían destinados a encontrarse en cada nueva vida, solo para perderse una y otra vez.
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EL HOMBRE DETRÁS DEL DIOS
Hades había prometido regresar.
Y, aunque había pasado siglos sin darle importancia a las promesas que no involucraban el destino de su reino, aquella era diferente.
Al día siguiente, abandonó el inframundo antes de que el sol alcanzara su punto más alto. No se lo anunció a Zeus, no pidió permiso y tampoco se molestó en preparar una excusa por su ausencia.
Simplemente se marchó.
Había asuntos que podían esperar.
Al menos, eso se repetía mientras atravesaba el mundo de los mortales.
La verdad era mucho menos digna de un dios.
Quería verla.
Quería escucharla hablar de cualquier cosa, incluso si se trataba de sus burlas sobre su expresión seria. Quería descubrir por qué, después de tantos siglos rodeado de silencio, la voz de una mortal se había convertido en algo que deseaba escuchar.
Y, sobre todo, quería comprobar que ella seguiría allí.
Esperándolo.
Cuando llegó a la plaza, la encontró sentada en uno de los bancos, con las piernas cruzadas y un libro abierto entre las manos.
Hades se acercó sin hacer ruido.
—Empiezo a pensar que vienes aquí para leer y no para verme.
Alison levantó la cabeza.
—¡Por todos los cielos!
Él se detuvo.
—¿Qué ocurre?
—Nada. Solo estaba comprobando si los hombres misteriosos también saben caminar sin aparecer de la nada.
—No aparecí de la nada. Caminé hasta aquí.
—Pues deberías hacer más ruido. Casi me matas del susto.
Hades miró el libro que descansaba sobre sus piernas.
—¿Qué estás leyendo?
Alison lo cerró de inmediato.
—Algo que probablemente te parecería aburrido.
—Ahora tengo curiosidad.
—Qué pena. Tendrás que vivir con ella.
Él sonrió y tomó asiento a su lado.
—Veo que has recuperado el buen humor.
—Y yo veo que has cumplido tu promesa.
La frase fue pronunciada con ligereza, pero Hades notó algo detrás de ella. Alison había dudado de que regresara. Quizá no lo suficiente para admitirlo, pero sí para sentirse aliviada al verlo.
Aquello le produjo una satisfacción extraña.
—Te dije que volvería.
—La gente dice muchas cosas.
—¿Y tú siempre desconfías de todo el mundo?
Alison guardó silencio durante un instante.
—No de todo el mundo.
Hades volvió el rostro hacia ella.
—¿De quién desconfías, entonces?
—De quienes hacen demasiadas preguntas.
—En ese caso, debería dejar de hablar contigo.
—Sería lo más inteligente que has dicho hasta ahora.
Los dos se echaron a reír.
Y, por unos minutos, Hades olvidó que era el soberano de un reino de sombras. Olvidó las almas que aguardaban sus decisiones, las disputas entre los dioses y el peso de una eternidad que nunca había elegido compartir con nadie.
Allí, junto a Alison, solo era un hombre sentado en un banco.
Un hombre que quería conocer a una mujer.
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Caminaron por las calles durante buena parte de la tarde.
Alison le mostró una pequeña librería que visitaba con frecuencia, una tienda donde vendían dulces y una calle estrecha desde la que podía verse la puesta de sol entre los tejados.
Hades escuchó cada explicación como si ella estuviera revelándole secretos de un mundo desconocido.
En cierto modo, así era.
Los mortales encontraban motivos para alegrarse en cosas que los dioses apenas notaban. Una bebida caliente en un día frío. Un libro encontrado por casualidad. La compañía de alguien que no exigía explicaciones por cada silencio.
Era una vida breve, frágil y llena de limitaciones.
Y, aun así, Alison parecía encontrar en ella innumerables razones para sonreír.
—¿Por qué me miras así? —preguntó ella de pronto.
Hades apartó la vista.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras estudiándome.
—Quizá intento descubrir cómo consigues hablar tanto sin quedarte sin aire.
Alison abrió la boca, indignada.
—¡Qué grosero!
—¿Me equivoco?
—Por supuesto que te equivocas. Puedo hablar muchísimo más.
—Eso sí me preocupa.
Ella le dio un pequeño golpe en el brazo.
Hades no recordaba la última vez que alguien se había atrevido a tocarlo de aquella manera sin temer las consecuencias.
Lo más extraño era que no le molestaba.
Al contrario, una parte de él deseaba que Alison continuara tratándolo como a cualquier otra persona.
—Ahora me toca a mí hacerte una pregunta —anunció ella.
—Adelante.
—¿Siempre eres tan serio?
—No.
Alison lo miró con incredulidad.
—¿Ah, no?
—No.
—Entonces, ¿por qué parece que estás planeando la destrucción del mundo cada vez que alguien te habla?
Hades soltó una carcajada.
No fue una sonrisa discreta ni una risa contenida. Fue una carcajada auténtica, inesperada, que hizo que varias personas volvieran la cabeza hacia ellos.
Alison se quedó mirándolo.
Por un instante, pareció haber olvidado su propia pregunta.
—Deberías hacer eso más a menudo —dijo finalmente.
Hades dejó de reír poco a poco.
—¿Qué cosa?
—Reírte.
Ella volvió a caminar, como si no acabara de decir nada importante.
Pero para Hades aquellas palabras se quedaron suspendidas en el aire.
Deberías hacer eso más a menudo.
No sabía cuánto tiempo llevaba sin reír de aquella manera. Tal vez siglos. Tal vez mucho más.
Y una mortal acababa de decírselo como si fuera la cosa más sencilla del mundo.
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Cuando el sol comenzó a ocultarse, llegaron a un pequeño jardín apartado del bullicio de la ciudad.
Alison se sentó junto a un árbol y dejó el libro a su lado. Hades permaneció de pie unos segundos antes de sentarse cerca de ella.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo él.
—Depende.
—¿De qué depende?
—De si tu pregunta es una de esas que hacen que quiera lanzarte el libro a la cabeza.
—Intentaré evitarlo.
Alison sonrió.
—Está bien. Pregunta.
Hades contempló las últimas franjas de luz entre las ramas.
—Si pudieras irte de aquí y vivir en cualquier lugar del mundo, ¿adónde irías?
Ella no respondió de inmediato.
Su expresión cambió. La sonrisa desapareció poco a poco y sus ojos se dirigieron hacia el horizonte.
—A un lugar donde nadie decidiera por mí.
Hades volvió la cabeza.
—¿Tu familia decide por ti?
—A veces creen que saben lo que me conviene. Y quizá lo hacen con buena intención, no lo sé. Pero estoy cansada de que todos tengan una opinión sobre lo que debería ser mi vida.
Alison recogió una pequeña hoja caída y comenzó a doblarla entre los dedos.
—Quiero conocer otros lugares. Ver el mar desde una ciudad que no conozca. Perderme en calles donde nadie sepa mi nombre. Entrar en una librería y quedarme allí hasta que cierren. Quiero equivocarme por mis propias decisiones, no porque alguien haya escogido por mí.
Hades la escuchó sin interrumpirla.
—¿Y qué te lo impide?
Alison soltó una risa sin alegría.
—El dinero, las responsabilidades, el miedo de decepcionar a las personas que quiero… Ya sabes, esas pequeñas cosas que hacen que la vida sea tan sencilla.
Él bajó la mirada.
Conocía el peso de las obligaciones mejor que nadie. Su reino dependía de él. Los dioses esperaban que cumpliera su papel, que mantuviera el orden y que jamás olvidara lo que era.
Sin embargo, Alison hablaba de una libertad que él nunca había considerado posible para sí mismo.
—No deberías renunciar a tus deseos solo para satisfacer las expectativas de los demás —dijo.
Ella lo miró.
—¿Y tú? ¿Has hecho siempre lo que querías?
La pregunta lo tomó desprevenido.
Hades pudo haber mentido. Habría sido sencillo. Bastaba con inventar una historia sobre una familia exigente y una juventud difícil.
Pero Alison lo observaba con una sinceridad que le impedía responder a la ligera.
—No —admitió—. Casi nunca.
—Entonces, ¿por qué me das consejos que tú mismo no sigues?
Él esbozó una sonrisa triste.
—Tal vez porque es más fácil reconocer una prisión cuando no eres tú quien está encerrado en ella.
Alison dejó de jugar con la hoja.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después, sin burlas ni preguntas, le ofreció una pequeña sonrisa.
—Quizá todavía puedas salir de la tuya.
Hades la miró.
No sabía cómo explicarle que su prisión no tenía barrotes. Que no podía abandonar su reino para siempre, ni deshacerse de las responsabilidades que lo acompañaban desde antes de que los mortales conocieran su nombre.
Tampoco sabía cómo decirle que, por primera vez, estaba empezando a preguntarse si había confundido la soledad con el deber.
—Quizá —respondió.
Alison apoyó la cabeza contra el tronco del árbol.
—Cuando me vaya de aquí, voy a llevarme un recuerdo de este lugar.
—¿Cuál?
—Todavía no lo sé.
Hades miró a su alrededor. El jardín era sencillo, sin estatuas ni fuentes magníficas. Solo árboles, flores y el murmullo distante de la ciudad.
—Podrías llevarte una hoja.
Alison levantó la que todavía sostenía entre los dedos.
—Demasiado tarde. Ya tengo una.
—Entonces tendrás que buscar otra cosa.
Ella volvió el rostro hacia él.
—¿Qué me recomendarías?
Hades sostuvo su mirada.
—Algo que no puedas encontrar en ningún otro lugar.
Alison sonrió.
—Eso suena bastante difícil.
—Lo sé.
No añadió nada más.
Pero, mientras ella volvía a contemplar el horizonte, Hades pensó que quizá ya había encontrado algo así.
Y que lo tenía sentado a su lado.
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En el Olimpo, Perséfone recibió la información que había solicitado.
La mortal se llamaba Alison Benet.
No pertenecía a una familia poderosa, no tenía relación conocida con los templos y no había hecho nada que pudiera llamar la atención de los dioses.
Era una joven común.
Una mortal más entre millones.
Perséfone leyó los detalles con creciente irritación.
—¿Eso es todo?
La figura que permanecía ante ella inclinó la cabeza.
—Eso es todo lo que hemos podido averiguar, mi señora.
—¿Y por qué Hades la visita?
—No lo sabemos.
Perséfone apretó el documento entre los dedos.
No había nada en la vida de Alison que justificara el interés de su esposo. Ningún linaje divino, ningún poder oculto, ninguna alianza que pudiera beneficiar al inframundo.
Y, sin embargo, Hades había regresado al mundo mortal.
Una vez.
Después otra.
Y ahora parecía estar convirtiendo aquellas visitas en una costumbre.
Perséfone se acercó a una ventana desde la que podía contemplarse el resplandor de las montañas.
—Quiero verla.
—¿A la mortal?
—¿Ves a alguien más en esta habitación?
La figura guardó silencio.
Perséfone volvió a mirar el nombre escrito en el documento.
Alison Benet.
Todavía no sabía por qué aquella joven había conseguido despertar algo en Hades que ni los siglos ni los conflictos entre los dioses habían podido despertar.
Pero estaba decidida a descubrirlo.
Y si Alison Benet representaba una amenaza para su matrimonio, Perséfone se encargaría de que desapareciera de la vida de su esposo.
De una manera u otra.
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Al anochecer, Hades acompañó a Alison hasta la calle donde se encontraba su casa.
No había querido marcharse tan pronto. Durante el camino, buscó varias excusas para prolongar la conversación, pero finalmente llegaron al lugar donde debían despedirse.
Alison se detuvo frente a él.
—Hoy ha sido un buen día.
Hades asintió.
—Sí. Lo ha sido.
—Y no has salido corriendo ni una sola vez. Estoy orgullosa de ti.
—Tu aprobación significa mucho para mí.
—Debería.
Ella se rio y luego guardó silencio.
Por primera vez en toda la tarde, pareció no saber qué decir.
Hades sintió el impulso de tomarle la mano. Solo eso. Un gesto pequeño, quizá insignificante para cualquier otra persona.
Pero no lo hizo.
Todavía no.
—¿Te veré mañana? —preguntó Alison.
Hades la contempló.
Podía decirle que sí. Podía prometerle otra tarde juntos y fingir que no existía un reino esperándolo, ni una esposa que comenzaba a sospechar, ni un futuro que parecía estrecharse a su alrededor.
—Si tú quieres.
Alison fingió pensarlo.
—Mmm… No estoy segura. Eres bastante insoportable.
—Entiendo.
—Y tienes una cara horrible.
—Por supuesto.
—Y probablemente seas la persona más misteriosa que he conocido en mi vida.
—Eso parece.
Ella sonrió.
—Así que sí. Quiero verte mañana.
Hades sintió una calidez inesperada en el pecho.
—Entonces vendré.
Alison abrió la puerta de su casa, pero antes de entrar volvió a mirarlo.
—Buenas noches, Hades.
—Buenas noches, Alison.
La puerta se cerró.
Él permaneció allí durante unos segundos, contemplándola.
Después levantó la mirada hacia el cielo oscurecido.
No sabía qué estaba ocurriendo.
No sabía por qué aquella mortal le hacía desear cosas que nunca había necesitado, ni por qué la idea de perderla le provocaba una inquietud que no podía controlar.
Pero sí sabía algo.
Al día siguiente volvería a buscarla.
Y al otro, probablemente también.
Hades, el dios que había gobernado el reino de los muertos durante incontables eras, estaba empezando a comprender una verdad que ningún poder podía cambiar:
A veces, las cadenas más difíciles de romper no eran las que sujetaban el cuerpo.
Eran las que nacían en el corazón.
Y él acababa de colocarse las primeras sin darse cuenta.