EL MEJOR AMIGO DE MI HERMANO Si el cliché Ella lo amó toda su vida. Él tardó tres años en notar su ausencia. Desde niña, estuvo enamorada del mejor amigo de su hermano. Él siempre formó parte de su vida: conocía a su familia, tenía un lugar en su casa y sabía perfectamente que ella suspiraba por él. Y cuando le prometió que recibiría el mejor regalo de su vida al cumplir dieciocho años, ella creyó que, por fin, sus sentimientos serían correspondidos. Pero aquella noche, durante su propia fiesta de cumpleaños, descubrió que había esperado por el hombre equivocado. Él estaba con otra chica. Una chica que la había humillado durante años y que se aseguró de que ella los encontrara juntos. Esa noche, la niña que soñaba con ser elegida por él se marchó con el corazón destrozado. Tres años después, regresó. Ya no era la adolescente que se sonrojaba cada vez que él la miraba. Ahora era una joven atrevida, segura de sí misma y dispuesta a disfrutar de todo aquello a lo que había renunciado por amor. Seguía siendo dulce, pero había aprendido a no esperar nada de quien nunca supo valorarla. Para ella, él era parte del pasado. Para él, ella seguía siendo la hermanita de su mejor amigo… hasta que comenzó a notar las miradas que otros hombres le dedicaban, las sonrisas que ya no eran para él y la facilidad con la que ella podía marcharse sin siquiera despedirse. Y entonces apareció el problema. El mejor amigo de su hermano estaba empezando a desear a la única mujer que jamás había pensado que podría perder. Pero ¿qué sucede cuando el hombre que te rompió el corazón finalmente quiere conquistarte… y tú ya no estás segura de querer entregárselo otra vez?
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Un domingo cualquiera
Isabella descubrió que volver a casa tenía una ventaja maravillosa: podía pasar toda la mañana en pijama sin que Camila amenazara con echarla de la habitación por ocupar demasiado espacio.
Estaba recostada en el sofá, con una taza de café entre las manos y el portátil sobre las piernas, revisando algunas ideas para un proyecto de Diseño de Interiores.
Su madre preparaba el almuerzo en la cocina mientras su padre leía el periódico. Mateo, por supuesto, había desaparecido después de anunciar que saldría a comprar algo.
Algo que, según Isabella, probablemente terminaría siendo cerveza para él y sus amigos.
—¿Vas a trabajar todo el domingo? —preguntó su madre desde la cocina.
—Solo estoy mirando unas referencias.
—Eso dijiste hace una hora.
—Y sigo mirando referencias.
Su madre apareció en la entrada de la sala con una sonrisa divertida.
—Has vuelto hace dos días y ya estás encerrada con tus proyectos.
—Mamá, estoy en la universidad. ¿Qué esperabas? ¿Que olvidara todo lo que aprendí?
—Esperaba que salieras a pasear, que vieras a tus amigas, que conocieras a alguien…
Isabella levantó la mirada lentamente.
—¿Conocer a alguien?
—No me mires así. No he dicho nada malo.
—No, claro. Solo estás intentando conseguirme novio antes de que termine de desempacar.
Su madre soltó una carcajada.
—¡Yo no he dicho eso!
—Pero lo pensaste.
—Tal vez.
Isabella volvió a reírse.
La conversación habría continuado si su teléfono no hubiera vibrado sobre el cojín.
Gabriel:
Buenos días, desaparecida. ¿Ya te olvidaste de mí ahora que volviste a tu casa?
Isabella sonrió antes de responder.
Estoy ocupadísima.
La respuesta llegó casi de inmediato.
¿Haciendo qué?
Siendo una hija ejemplar.
Qué miedo. ¿Te golpeaste la cabeza durante el viaje?
Isabella soltó una carcajada tan fuerte que su madre volvió a asomarse.
—¿Quién es?
—Camila.
La mentira salió tan naturalmente que Isabella tuvo que morderse el labio para no reírse otra vez.
No tenía motivos para ocultar que hablaba con Gabriel. Simplemente no quería escuchar un interrogatorio familiar cada vez que sonreía mirando el teléfono.
Todavía estaba intentando decidir qué quería hacer con su vida sentimental. Y, por primera vez, no sentía ninguna prisa por ponerle nombre a todo.
A varios kilómetros de allí, Nicolás estaba sentado a la mesa del comedor de su apartamento, frente a un café que se había enfriado hacía rato.
Su madre lo había llamado esa mañana para preguntarle si pensaba visitar a la familia de Isabella durante la semana.
La pregunta lo había molestado más de lo que quería admitir.
No porque quisiera ir.
Al menos, eso se repetía.
Simplemente le resultaba extraño que durante tres años nadie hubiera esperado que apareciera por aquella casa y ahora, después de reencontrarse con Isabella, se encontrara pensando en cuándo volvería a verla.
Tomó el teléfono y abrió la conversación con Mateo.
Nicolás: ¿Qué haces hoy?
La respuesta llegó unos minutos después.
Mateo: Almorzar con mi familia. Algo que tú solías hacer antes de convertirte en un desconocido.
Nicolás apretó la mandíbula.
Nicolás: ¿Vas a seguir con eso toda la vida?
Mateo: No. Pero tampoco voy a fingir que nada pasó solo porque a ti te incomoda.
Nicolás dejó el teléfono sobre la mesa.
Mateo tenía razón, y eso era precisamente lo que más le fastidiaba.
Había perdido una amistad importante por su propia estupidez. Sin embargo, lo que más le rondaba la cabeza últimamente no era Mateo.
Era Isabella.
La manera en que lo había saludado en la tienda.
Su sonrisa durante la cena.
La facilidad con la que se había alejado de él para continuar hablando con Bruno.
Recordaba a una Isabella que se ponía nerviosa cuando él se acercaba demasiado, que buscaba cualquier excusa para sentarse a su lado y que se iluminaba cuando él le prestaba atención.
La mujer que había regresado no hacía nada de eso.
Y Nicolás no sabía qué hacer con semejante descubrimiento.
A la hora del almuerzo, Mateo regresó a casa con una bolsa de pan y una expresión de absoluto fastidio.
—¿Dónde estabas? —preguntó Isabella.
—Comprando pan.
Ella miró la bolsa.
—¿Y por qué tardaste tanto?
—Porque me encontré con un amigo.
—¿Un amigo o Nicolás?
Mateo la miró con sospecha.
—¿Por qué preguntas?
—Porque pusiste cara de haber discutido con alguien.
—No discutí con nadie.
—Mateo.
—Isabella.
Ella se echó a reír.
—Eres pésimo mintiendo.
Su hermano dejó el pan sobre la mesa y se sentó a su lado.
—Está bien. Hablé con Nicolás.
—¿Y?
—Y nada. Sigue siendo él.
Isabella asintió, sin hacer más preguntas.
Mateo la observó unos segundos.
—¿No quieres saber qué dijo de ti?
—No particularmente.
—Antes habrías querido saber hasta qué desayunó.
—Antes también creía que los pantalones de tiro bajo eran una buena idea. Todos cometemos errores.
Mateo soltó una carcajada.
—Eres terrible.
—Y tú me adoras.
—Lamentablemente.
Isabella apoyó la cabeza en su hombro durante un instante.
A pesar de todos los cambios, seguía siendo cariñosa con su familia. Seguía disfrutando de aquellas pequeñas conversaciones, de las bromas de su hermano y de la sensación de estar en casa.
Lo que había cambiado era el lugar que Nicolás ocupaba dentro de ella.
Ya no necesitaba saber si él la extrañaba.
Ya no necesitaba que preguntara por ella.
Y tampoco necesitaba que se arrepintiera.
Al menos, eso creía.
Esa tarde, Nicolás terminó aceptando la invitación de Bruno para tomar algo.
No tenía planes mejores, y quedarse solo en su apartamento pensando en conversaciones que ni siquiera había tenido le parecía patético.
Cuando llegó al bar, encontró a varios amigos sentados en una mesa del fondo.
Bruno le hizo una seña.
—Por fin apareces.
—No sabía que me extrañabas tanto.
—Extraño al Nicolás que no se pasaba el día mirando el teléfono como un adolescente.
Nicolás le lanzó una mirada de advertencia.
—No empieces.
—Yo no he empezado nada.
Bruno sonrió mientras le acercaba una cerveza.
—Pero tengo una pregunta.
—No.
—Ni siquiera la he hecho.
—Y ya sé que tiene que ver con Isabella.
Bruno se rio.
—Vaya. Parece que por fin estás aprendiendo.
Nicolás bebió un trago, ignorándolo.
Pero cuando Bruno mencionó que Isabella estaba hablando con un antiguo amigo de la universidad, Nicolás volvió a levantar la mirada.
—¿Qué amigo?
Bruno se quedó observándolo.
Después sonrió lentamente.
—Ah, esto va a ser más divertido de lo que pensaba.
Nicolás comprendió demasiado tarde que acababa de cometer un error.
Porque, aunque todavía no estaba enamorado de Isabella, aunque no tenía derecho a reclamarle nada y aunque ella apenas le dedicaba unos minutos de conversación…
Por primera vez en su vida, Nicolás quería saber si había alguien ocupando el lugar que él nunca se había molestado en ocupar.