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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17

Capítulo 17. Prepárate para recoger su cadáver

Lucía dejó escapar un gemido ahogado. Ernesto había descargado todo su peso, como si quisiera triturarle los huesos de los dedos. Entonces oyó la excusa con que pretendía justificarse.

—No creas que estoy siendo demasiado duro, Adrián. Soy su padre. ¡No puedo soportar que traten así a mi hija! Cuando nazca el bebé de Valeria, vas a entender lo que siente un padre.

Mientras hablaba, le aplastó la mano y giró la suela con fuerza sobre ella.

Las heridas que el vidrio le había abierto en la palma volvieron a sangrar.

Lucía no gritó de dolor. Tampoco iba a suplicar.

Adrián guardó silencio, con el rostro frío como el hielo. Para ella, aquel silencio era permiso.

—Me duele mucho la cara. Tengo miedo de que no vuelva a quedar bien, Adrián. —Valeria volvió a llorar con voz frágil.

Él frunció el ceño y le lanzó a Lucía una mirada de asco. —Se lo merece.

Rodeó a Valeria con un brazo. —Tonta, te prometo que pronto vas a estar tan bonita como antes. Ven, te acompaño a tu cuarto para que descanses. —Consiguió hacerla sonreír entre las lágrimas. También le asestó a Lucía otro golpe sordo en el corazón.

—No hace falta. Mejor acompáñala a ella. No quiero que vuelva a ponerse celosa. —Valeria lo apartó con una delicadeza falsa.

—Aunque una mujer tan retorcida y venenosa se muriera de celos, me daría igual. —Adrián pasó junto a Lucía sin dignarse a mirarla.

En cuanto se volvió, Ernesto levantó el pie y le pisoteó la muñeca varias veces, con toda su fuerza.

Lucía apretó los dientes. Con los ojos enrojecidos y húmedos, vio a Adrián subir las escaleras abrazado a Valeria. El dolor le atravesó el pecho.

Cuando él entró en el cuarto, Ernesto le dio una patada en el hombro sin la menor piedad.

—¡Hoy te salió barato! ¡Si vuelves a meterte con Valeria, mando que te corten la mano! ¡Lárgate!

Lucía se levantó con dificultad, los dientes aún apretados. No bajó la cabeza. —¡Si vuelve a buscarme, le vuelvo a pegar!

Ernesto no esperaba aquella respuesta. Para cuando reaccionó, ella ya había salido.

Al cruzar la puerta, Lucía oyó a Teresa protestar, irritada. —¡Mira qué arrogante la perra! ¿Por qué no la pisaste más? Valeria dice que ahora gana dinero dibujando diseños. ¡A ver si sigue tan altanera cuando le dejen la mano inútil! ¡Quiero ver cómo se gana la vida entonces!

Bajo el cielo negro empezó a caer una lluvia fina de invierno.

Lucía llegó agotada a la entrada del hospital psiquiátrico.

Solo aquel ser querido podía darle un poco de consuelo cuando más necesitaba el calor de una familia.

Pero ya casi no se atrevía a verlo. No había conseguido el dinero para operarlo.

Apenas entró, vio correr hacia ella a la enfermera que le había hablado de la enfermedad de Esteban. —¡Iba a avisarte! ¡Tu abuelo no aparece!

De pronto sintió la cabeza pesada. —¿Qué quiere decir que no aparece?

—¡Desapareció!

Lucía quedó paralizada. Su abuelo había desaparecido.

Esteban tenía un trastorno mental. No sabía qué podía pasarle afuera.

Si encontraba a una buena persona, quizá no ocurriera nada. Pero si daba con alguien malo…

No quiso seguir imaginándolo. Iba a llamar a la policía cuando sonó su celular. Era un número desconocido.

El corazón le dio un salto. Intuyó que aquella llamada traía algo malo. Al contestar, oyó la voz amenazante de un hombre. —Tenemos a tu abuelo. Prepara diez millones para recuperarlo o prepárate para recoger su cadáver.

—¡No le hagan daño! ¡Les daré el dinero, pero no tengo diez millones!

—Tú no, pero a tu marido le sobra. —No la dejó responder. Colgó.

Lucía se quedó de pie en la lluvia de aquella noche de invierno, con el celular en la mano. Todo lo que veía parecía negro.

Diez millones eran una cifra imposible para ella.

Era la esposa del heredero de la familia más poderosa de Puerto Real. Aun así, ese título nunca le había dado un solo beneficio. Solo había terminado destrozada.

No se atrevía a llamar a la policía sin más. Temía poner en peligro a Esteban.

No tenía otra salida que pedirle ayuda a Adrián.

Pero él parecía haber bloqueado su número. Por más que llamaba, no conseguía comunicarse.

Pensó en lo que podía estar sufriendo su abuelo y volvió a casa de los Suárez.

Levantó la mano derecha. Solo entonces descubrió que no podía hacer fuerza con ella después de los pisotones de Ernesto.

Llamó con la izquierda. La puerta se abrió poco después. Antes de que pudiera decir nada, le arrojaron encima una palangana de agua fría.

—¡Lárgate! ¡No ensucies la entrada! ¡Si hubiera sabido cuánto ibas a hacer sufrir a Valeria, jamás habría aceptado meterte en esta familia! —Teresa la insultó con la palangana en la mano. Luego le escupió y cerró la puerta de un golpe.

Lucía soltó una risa débil. Qué ironía.

Había donado su médula para salvar a Valeria cuando estaba enferma. Así le pagaban.

Se mordió con fuerza el labio, caminó hasta quedar debajo de la ventana de Valeria y levantó la cabeza.

La lluvia densa le golpeaba la cara. Apenas podía abrir los ojos.

—¡Por nuestro matrimonio, ayúdame esta vez, Adrián! —Suplicó hacia la ventana—. ¡Mi abuelo está enfermo y lo secuestraron! ¡Solo tú puedes salvarlo! ¡Te lo suplico!

Se quedó mirando arriba sin bajar la cabeza. Los segundos se hicieron minutos. Adrián no respondió.

Los labios se le curvaron en una sonrisa amarga. Ya se volvía, sin esperanza, cuando la puerta se abrió.

El corazón apagado le dio un salto. Corrió hacia la entrada. —Adrián…

—No quiere verte. Está bañándose en mi cuarto. —La sonrisa de Valeria apareció frente a ella, repugnante.

La alegría se le borró del rostro. Sintió una punzada en el pecho, pero no olvidó por qué estaba allí. —Está en juego una vida. Déjame verlo.

—Dice que le repugna ver a una perra como tú. Desde hoy va a pasar todas las noches conmigo. —Con aire triunfal, Valeria miró de arriba abajo a Lucía, que estaba empapada y pálida—. ¿Ya sabes lo que pasa cuando intentas quitarme a mi hombre, putita? Te advertí que no te pusieras en mi contra.

Lucía vio la maldad de sus ojos y comprendió de golpe. —¡Tú mandaste secuestrar a mi abuelo!

Valeria curvó los labios en una media sonrisa. —Solo pedí que invitaran al viejo a tomar un té.

—¡Maldita perra! ¡Si quieres hacerle daño a alguien, házmelo a mí! ¡¿Por qué te metes con mi abuelo?!

La rabia se le desbordó. Agarró a Valeria del cuello de la ropa y empezó a abofetearla, una vez tras otra.

—¡Ah! ¡Ah!

Valeria gritó de dolor. Las mejillas, ya rojas e hinchadas, se le hincharon aún más y se pusieron de un rojo intenso. La cara le quedó como la de un cerdo.

—¡Suéltame, perra! ¡Adrián, ayúdame!

Chillaba fuera de sí, pero Lucía no paró.

Toda la humillación que había soportado por su culpa estalló a la vez.

—¡¿Por qué tuve que salvar con mi médula a una víbora como tú?! ¡Solo un ciego como Adrián puede amar a una mujer así!

Siguió golpeándole la cara. Por fin, quienes estaban adentro oyeron el ruido y salieron corriendo.

Al ver a su hija, Teresa se lanzó a ayudarla. Tiró con fuerza del pelo de Lucía y empezó a patearla. Ella no soltó a Valeria.

—¡Me duele mucho, Adrián! ¡Ven a salvarme! ¡Lucía me va a matar!

Los gritos y el llanto de Valeria lograron que él apareciera.

—¡Te volviste loca! —Adrián apartó a Lucía, que estaba al borde del colapso, y refugió a Valeria entre sus brazos.

—¡Me duele! ¡Me duele muchísimo la cara! ¡Está loca, Adrián! —se quejó ella contra su pecho, entre sollozos.

Lucía se lanzó hacia ella. —¡Deja de hacerte la víctima! ¡La que debería estar llorando soy yo! ¡¿Cómo pude cruzarme con una zorra hipócrita como tú?!

—¡Mírala, Adrián! ¡Esta perra le pega y la insulta delante de ti y todavía dice que mi hija es la culpable! ¡Hace mucho debiste divorciarte de ella! —Teresa fingía indignación en defensa de Valeria.

El ceño de Adrián se cerró aún más. De sus ojos salió un frío que hacía temblar.

—¡Lucía Suárez!

Su voz era de hielo. La miraba como si quisiera despedazarla.

—No dejas de ponerme a prueba. ¿Tienes ganas de morirte?

—Ja. —Lucía sonrió con amargura. Su vida, en efecto, se estaba acabando—. ¡Abre bien los ojos y mira si lo que tienes en brazos es una persona o una bestia!

Teresa le cruzó la cara de una bofetada. —¡Cómo te atreves a llamarla así!

—¡Porque es una bestia! —Lucía sostuvo la mirada de Adrián sin ceder—. ¡¿Sabes lo que hizo esa mujer que tanto adoras?! ¡Secuestró a mi abuelo y exige diez millones!

—¿Qué estás diciendo? ¿Cómo voy a hacer algo tan inhumano? —Valeria habló con voz débil, inocente y dolida—. No es mi abuelo de sangre, pero tú y yo somos hermanas. Yo también quiero a Esteban como a un abuelo. Además, ¿para qué iba a secuestrarlo?

—¡Para hacerme daño! ¡Para dejarme sin salida!

—Yo no hice nada… —Negó suavemente, con lágrimas en los ojos—. Créeme, Adrián. Si lo hice, que nuestro bebé muera en mi vientre.

—¡Hija, eres demasiado buena! ¡No hagas un juramento tan terrible por una perra como esta! —Teresa parecía sufrir por ella.

Valeria levantó la cara con aparente honestidad. —No lo hice. No tengo miedo.

Lucía se rio, incrédula. Lo más ridículo era que Adrián lo había creído.

Él abrazó más fuerte a Valeria y clavó su mirada helada en Lucía.

—¿Dices que ella secuestró a tu abuelo?

—Sí. —Lucía lo miró con firmeza—. ¡Acaba de admitírmelo!

Adrián no respondió. Sacó el celular y llamó al hospital psiquiátrico para preguntar si había desaparecido un paciente llamado Esteban Luna.

Activó el altavoz. Lucía oyó enseguida la voz dulce de una enfermera. —No. Está durmiendo tranquilamente en su cama.

Cada palabra se oyó con claridad. Lucía sintió que se le helaba toda la sangre.

La mirada de Adrián se volvió glacial. No colgó. Hizo otra pregunta: —¿Y cómo está de salud? ¿Le diagnosticaron cáncer de pulmón?

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