Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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De Aranza Jordán a Renata Anastasia Salvatierra
—¡No puedes seguir así, Aranza! Este compromiso se acordó hace mucho tiempo. No puedes negarte —dijo María Jordán, la mamá de Aranza.
Aranza no se movió ni un centímetro. Era su vida, y la decidía ella, no ellos. Nadie en el mundo iba a hacerla cambiar de opinión.
—Aranza, ¿me estás escuchando? —insistió María, al ver que su hija llevaba un buen rato callada.
Aranza suspiró, cansada.
—Mi decisión sigue siendo la misma, mamá. Jamás voy a aceptarlo. Nunca.
María ya no sabía qué más decirle. Su hija era terca como una mula, y lo único que a ella le preocupaba era que su marido se enfureciera si se enteraba de que Aranza seguía rechazando el compromiso. Para colmo, no lo habían arreglado ellos: fue un pacto de los mayores de las dos familias, y por eso ninguna de las partes podía romperlo por su cuenta.
Se acercó a su hija y le tomó las manos.
—Aranza... sé que todavía quieres ser libre, cariño. Pero los Jordán no somos una familia cualquiera. Tu papá se va a poner furioso si sigues negándote así.
—Perdóname, mamá... —susurró Aranza, casi sin voz.
Se soltó de las manos de su madre y se fue a su habitación. Sabía que estaba siendo egoísta. Pero ella también quería ser feliz... ¿tan malo era eso?
Ya en el cuarto, echó el seguro y corrió a buscar el celular que había escondido en un cajón. Por haberse negado al compromiso, su padre le había quitado todo: la tarjeta, el auto, el celular. Quería que, sin nada, no le quedara más remedio que ceder.
Lástima que Aranza se había adelantado. Antes de que su papá moviera un dedo, ella ya había puesto a salvo sus ahorros y un teléfono de repuesto para escapar de la mansión.
—Perdón, mamá —murmuró, mirando la foto familiar que seguía sobre el escritorio.
Abrió el teléfono y marcó. Esperó unos segundos hasta que contestaron.
—Hola, Ara...
Aranza soltó el aire.
—Agustín. Ven por mí a la mansión, ahora mismo.
Al otro lado de la línea, Agustín frunció el ceño.
—¿Qué pasa? ¿Estás metida en algún lío? —preguntó, extrañado.
—Me voy a escapar.
Esas palabras dejaron a Agustín helado, del otro lado.
—Estás loca, Ara. No hagas una tontería, oye. ¿Ya olvidaste quién es tu familia?
Aranza puso los ojos en blanco.
—Luego te cuento. Ven antes de que mi papá llegue a la mansión.
—Ya, ya... voy en camino. ¿En el lugar de siempre? Que no quiero que me agarren los guardias de tu familia.
—Sí, idiota. Te espero, y ay de ti si llegas tarde —lo amenazó, y cortó.
Guardó el teléfono y se preparó para salir. Ya había tomado la decisión: antes de que la obligaran a nada, mejor irse. ¿No?
Cuando estuvo lista, caminó despacio hasta el balcón y examinó los alrededores para ubicar a los guardias de la familia.
—Hacía tiempo que no me escapaba por las ramas de un árbol —murmuró, mirando uno cuyas ramas llegaban bastante cerca de su balcón.
Trepó con cuidado a la baranda, se estiró de puntitas hasta alcanzar una rama y avanzó sin hacer ruido para que los guardias de abajo no la descubrieran. Tardó quince minutos en bajar del balcón del segundo piso, pero consiguió engañarlos.
Respiró aliviada al verse fuera de la mansión y fue directo al punto que había acordado con Agustín.
Al llegar lo vio sentado, muy tranquilo, sobre su moto deportiva, agitando la mano en el aire. Aranza esbozó una sonrisa y echó a andar hacia él, que estaba al otro lado de la calle. De tan contenta, cruzó sin mirar. Un auto venía a toda velocidad...
¡Crash!
El coche la embistió y la lanzó contra la orilla de la calzada. Todo pasó tan rápido que Agustín no tuvo tiempo de reaccionar. Se quedó pálido, viendo a Aranza tendida en un charco de su propia sangre.
Con las piernas temblorosas, se acercó.
—Ara... —la llamó, en un hilo de voz.
Aranza seguía consciente, aunque su cuerpo ya estaba entumecido por un dolor que no podía soportar. Todavía veía a Agustín, todavía oía su voz. Quería decirle algo antes de que la conciencia se le apagara. Pero entonces...
—Ya es hora de que te vayas, Ara... —dijo Agustín, con la mirada fría clavada en ella.
—A-Agus... tú...
No alcanzó a terminar. Aranza perdió el conocimiento. Agustín sonrió de medio lado mientras sentía bajo los dedos el pulso de ella, cada vez más débil.
* * *
—Ugh... —gimió una joven hermosa que acababa de despertar.
Se llevó una mano a la cabeza, que le latía de dolor.
—Ay, cómo duele, maldición.
Las criadas que acababan de entrar al cuarto de su señorita se quedaron de piedra al oírla maldecir. Se miraron entre ellas, sin saber qué decir.
Una se acercó con timidez a la joven, que apenas se había recostado contra el cabecero de la cama.
—S-señorita, ¿necesita algo?
La joven frunció el ceño. ¿Desde cuándo las criadas de su casa eran así? No conocía a ninguna.
—¿Ustedes son criadas nuevas? —preguntó, ignorando la pregunta.
Las mujeres la miraron con desconcierto.
—Señorita, llevamos años a su servicio. ¿Acaso no recuerda quiénes somos? —dijo otra.
La joven calló y se esforzó por reconocerlas, pero no pudo. Entonces un recuerdo le cruzó la mente.
—Me atropellaron... —murmuró, con los ojos muy abiertos. Se revisó el cuerpo a toda prisa, y algo no cuadraba—. ¿Por qué estoy tan pequeña? —dijo, incrédula.
—Señorita Renata... ¿se encuentra bien? ¿Llamamos al doctor?
Aranza se quedó helada. ¿Renata? ¿Cómo la había llamado la criada? ¿Renata?
Miró a las mujeres.
—¿Quién es Renata?
Las criadas entraron en pánico.
—¿Olvidó hasta su propio nombre, señorita?
Aranza estuvo a punto de insistir en que ella no era ninguna Renata, pero cerró la boca: acababa de notar que su voz había cambiado y sonaba suave, dulce, aunque hablaba en un tono normal.
—Señorita... —volvió a llamarla la criada, preocupada.
Aranza parpadeó. Una palabra le daba vueltas en la cabeza, pero se negaba a aceptarla.
—Estoy bien —dijo, para que no armaran un escándalo.
—Señorita, ¿acaba de decir "estoy bien" así, como...?
Mierda, pensó Aranza, en pánico de que la descubrieran.
—Ja, ja, ja. Era una broma —dijo, riendo con falsa inocencia, y las criadas suspiraron aliviadas.
—Solo quería saber si ustedes conocían mi nombre o no —añadió, y trató de estirarse.
La criada sonrió.
—Claro que lo conocemos, señorita. Cualquiera que trabaje para la familia Salvatierra la conoce.
—¿De veras? —dijo Aranza en tono juguetón, y las criadas la miraron con ternura. Así que la familia Salvatierra, pensó, tanteando para sacarles información.
—Tiene un nombre precioso, señorita: *Renata Anastasia Salvatierra* —dijo la criada.
La sonrisa de Aranza se desvaneció de golpe.