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Te Encontré En Mis Sueños

Te Encontré En Mis Sueños

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Malentendidos / Romance
Popularitas:704
Nilai: 5
nombre de autor: inkdreams

Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.

NovelToon tiene autorización de inkdreams para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: Coincidencias que queman

Punto de vista: Alana

El ambiente en el piso catorce de Hale Developments seguía tan cargado como siempre, pero esa tarde el aire me quemaba en la garganta.

Estaba terminando de empaquetar mis cosas cuando Mateo se acercó a mi estación de trabajo. Ya no llevaba puesta la ropa formal de la oficina; traía una chaqueta de diseñador y esa sonrisa terca que intentaba disimular la herida de su orgullo, pero también la certeza de que no pensaba rendirse conmigo.

—Terminaste por hoy, arquitecta Mendoza —dijo Mateo con suavidad, apoyándose en el borde del escritorio—. Y como sé que tienes la cabeza llena de números, planos y miradas cruzadas que no te corresponden, te voy a secuestrar.

Lo miré extrañada, deteniendo el movimiento de mis manos sobre los lápices.

—Mateo, estoy cansada, de verdad prefiero ir a casa a descansar...

—No acepto un no por respuesta —me interrumpió con una sonrisa firme, cruzándose de brazos—.

Te voy a llevar a cenar al L'Avenue, el nuevo restaurante en el centro. Y no te preocupes por el precio, que mi apellido y mis cuentas en México pueden costear una langosta sin arruinarse, por si acaso creías que solo los CEOs de torres gigantes podían pagar una buena cena.

Solté una exhalación entre risa y fastidio. Era verdad: aunque Mateo era humilde con su trabajo y compartía la pasantía como cualquier otro, venía de una de las familias más adineradas del sector inmobiliario en Monterrey. Tenía tanto dinero como Alexander, solo que prefería el anonimato de los planos.

—Está bien, tú ganas —cedí con un suspiro, acomodándome el bolso al hombro—. Pero te advierto que no tengo humor para dramas.

Media hora más tarde, estábamos sentados en una mesa elegante, de iluminación tenue y velas titilantes en el exclusivo L'Avenue. El lugar rezumaba una atmósfera sofisticada, con paredes revestidas en madera oscura y cristales que daban a la avenida principal. Mateo intentaba hacerme reír con anécdotas de la universidad, logrando por momentos que me olvidara de la tensión diaria.

Pero entonces, la puerta principal del restaurante se abrió.

El mundo pareció detenerse a mi alrededor.

Por el umbral entró Alexander Hale, impecable con un traje negro de solapas de seda, flanqueado por una deslumbrante Victoria Sterling enfundada en un vestido de alta costura color rojo carmesí.

Venían riendo sutilmente, discutiendo sobre los detalles del menú para la boda que se celebraría en pocos meses. El maître los recibió con reverencias y los condujo directamente a la mesa principal, ubicada a solo unos pocos metros de la nuestra.

Se me heló la sangre. El tenedor que tenía en la mano tembló ligeramente contra el plato.

—Vaya, vaya... parece que los millonarios de Los Ángeles también tienen buen gusto para cenar —murmuró Mateo con acidez, girando la cabeza para ver quién había entrado y reconociendo de inmediato al CEO de la empresa—. ¿Quieres que nos movamos a otro sitio, Alana?

—No —dije con la voz un poco más tensa de lo que pretendía, levantando la barbilla de golpe—. ¿Por qué tendríamos que irnos? Estamos cenando, igual que ellos.

En ese exacto instante, la mirada de Alexander, que escaneaba el local por pura costumbre, chocó de frente con la mía.

Sus ojos azules se ensancharon imperceptiblemente. El paso seguro con el que caminaba detrás de Victoria se detuvo por una fracción de segundo. Vi cómo la mandíbula se le tensaba de manera brutal, transformando su expresión en una máscara de pura posesión y celos oscuros al verme sentada frente a Mateo, compartiendo risas en un ambiente tan íntimo.

Victoria, notando que su prometido se había quedado plantado a mitad del salón, se giró hacia él con una sonrisa azucarada.

—¿Pasa algo, Alex? ¿No te gusta esta mesa? —preguntó la rubia, siguiendo la línea de su mirada hasta dar con nosotros. Su rostro cambió de inmediato; la elegancia altiva se torció en una mueca de desagrado al reconocerme—. Oh... con que la pasante y su amiguito también frecuentan lugares de esta categoría. Qué curioso.

Alexander no apartó los ojos de mí ni un solo segundo. Su mirada era un fuego silencioso que me quemaba la piel a través del espacio.

Al verme acorralada entre la presencia imponente de Alexander y la mirada venenosa de Victoria, algo se encendió dentro de mí. Una mezcla de orgullo herido, rebeldía y la necesidad urgente de demostrarle que yo no era un juguete que podía ignorar de día y desear de noche.

Giró mi atención hacia Mateo con una intensidad deliberada. Me incliné hacia adelante sobre la mesa, esbozando la sonrisa más cálida y cómplice que pude fabricar.

—Tienes razón, Mateo —dije, elevando un poco la voz a propósito para que el eco resonara en la cercanía—. Este lugar es maravilloso. Gracias por traerme... amor.

La palabra amor salió de mis labios con un deje de actuación, pero al pronunciarla, vi cómo los nudillos de Alexander, que sostenía la carta del restaurante, se ponían completamente blancos por la fuerza con la que la apretó.

Mateo parpadeó sorprendido, con los ojos abiertos de par en par ante mi repentino cambio de actitud, pero al ver la reacción del CEO a lo lejos, una sonrisa de triunfo cruzó sus labios. No hizo preguntas; me siguió el juego de inmediato.

—Para ti todo, mi vida —respondió Mateo con una dulzura exagerada, estirando la mano por encima de la mesa para entrelazar sus dedos con los míos—. Te mereces esto y mucho más. Deberíamos celebrar nuestro noviazgo como se debe.

A pocos metros, Victoria soltó una risa seca, claramente ofendida por la escena, y tiró del brazo de Alexander con impaciencia.

—Alex, por favor, siéntate. No vamos a perder el apetito por una empleadita de baja categoría y su amiguito de quinta —espetó Victoria con desprecio, intentando obligarlo a avanzar.

Alexander dio un paso al frente, ignorando por completo a Victoria. Sus ojos azules clavados en mí destilaban una furia contenida y un dolor tan profundo que por un segundo me hizo flaquear el corazón. Estaba a punto de dar la vuelta para venir hacia nuestra mesa, dispuesto a romper cualquier protocolo.

—Alex... —insistió Victoria con voz cortantes, cerrándole el paso y clavándome una mirada asesina—. Te hablo a ti. ¿Nos sentamos o nos vamos a quedar viendo el espectáculo de los pasantes?

Alexander apretó los dientes con tanta fuerza que pensé que iba a romperlos. Miró a Victoria, luego me dirigió una última mirada cargada de una advertencia muda y peligrosa, y finalmente aceptó sentarse en su mesa de espaldas a nosotros.

Pero el daño ya estaba hecho. La cena se había convertido en un campo minado de miradas robadas, celos incontrolables y una tensión a punto de estallar.

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