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Me casé con el papá de mi acosadora

Me casé con el papá de mi acosadora

Status: Terminada
Genre:CEO / Diferencia de edad / Ascenso de clase social / Casada con el millonario / Romance oscuro / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16: Alguien en la puerta

Maite todavía tenía las manos mojadas de lavar la última jarra cuando el encargado le metió un sobre en la bolsa del mandil.

—Tu quincena. Completa. Y no la cuentes enfrente de mí, que me da pena.

La contó en el baño. Estaba completa, y traía un billete de más que no venía en el recibo. Colgó el mandil por última vez.

A las cuatro, la residencia cerraba por el verano. Todo lo que Maite tenía en Monterrey cupo en una maleta con una rueda chueca y en la caja de las naranjas de Montemorelos, ya sin naranjas. Arriba de la ropa, envueltas en papel periódico, iban las rosas secas.

Siete semestres. Una maleta y una caja.

El sedán gris la esperaba a dos cuadras, como habían quedado: nada de camionetas cerca de la UCN. Rodrigo se bajó antes de que ella llegara a la esquina y le quitó la maleta. La arrastró por la banqueta, de traje, con la rueda chueca haciendo ruido de carrito de supermercado. Maite tuvo que morderse el labio para no reírse.

En el asiento de atrás, él sacó una tarjeta y se la puso en la rodilla.

—Es adicional. De mi cuenta.

Maite no la tocó.

—Punto tres. Lo mío lo pago yo.

—Y lo vas a seguir pagando. Esta es para lo que no pueda esperar. Una llanta ponchada a medianoche. Una farmacia. Un taxi cuando llueva.

—No me quiero volver una inútil, Rodrigo.

Él la miró de lado.

—Te consiento para que vueles, no para que dejes de caminar.

Maite se quedó callada. Agarró la tarjeta con dos dedos, como si quemara, y sacó el celular. Abrió la bitácora, la misma nota donde llevaba desde agosto apuntando fechas y charolas volteadas, y bajó hasta el final. Escribió una línea nueva:

Tarjeta de R. Usado: $0.00.

—¿Me vas a llevar la contabilidad? —preguntó él, leyendo por encima de su hombro.

—Con recibo y todo.

* * *

El departamento estaba en el piso veintiuno de Residencial Arboleda, en Valle Oriente. Olía a pintura nueva. Los muebles todavía tenían plástico en las esquinas.

Rodrigo dejó la maleta junto a la puerta y la caja de naranjas sobre la barra de la cocina. Luego le tomó la mano, le puso una llave en la palma y le cerró los dedos encima.

—Cuando regreses para tus prácticas, vives aquí. No es un regalo… todavía. Es para que no duermas en un cuarto de mil quinientos con tres desconocidas.

—¿Cómo sabes lo del cuarto?

—Me mandaste la foto del anuncio. Con el precio subrayado.

Maite caminó hasta el ventanal. Abajo, Valle Oriente empezaba a prender sus luces. Abrió la boca para decir algo sobre la renta, sobre que ella no podía. No le salió nada.

La llave pesaba lo que pesa una llave. No entendía por qué le temblaba la mano.

Él no pasó de la puerta.

—Echa el seguro. Chuy viene por ti a las nueve.

—¿No te quedas?

—Hoy no. —Le apretó la mano, la de la llave—. La primera noche aquí es tuya.

Esa noche durmió sola, con el celular en la almohada y la caja de las rosas donde la pudiera ver desde la cama.

* * *

Él había querido manejarle hasta el rancho. Ella le dijo que todavía no. Rodrigo dijo que estaba bien, y se le notó lo que le costó.

A las nueve en punto, Chuy ya estaba abajo. En el asiento de atrás había una bolsa de papel con pan dulce, conchas y orejas todavía tibias. Le llegó un mensaje antes de salir de la ciudad:

Para tu mamá. De parte de nadie.

Hora y media después, le pidió a Chuy que la dejara antes del letrero de San Isidro del Naranjo. Caminó el último tramo con la bolsa del pan contra el pecho.

Afuera de la tiendita, en la banca de siempre, don Chema estaba con su Coca y tres vecinos. La vio y se enderezó.

—Mira nada más. ¿Tú eres la que le echó abogada a tu tío? —Levantó la voz para que lo oyeran todos—. En la familia eso no se hace, mija.

Maite no se detuvo del todo. Nada más lo suficiente.

—En la familia tampoco se roba, don Chema. Buenos días.

Uno de los vecinos se atragantó con el refresco. Don Chema se quedó con la Coca a medio camino.

Ya iba a media calle cuando oyó, a su espalda, bajito:

—Ahí va la licenciadita.

No volteó. Pero se enderezó.

* * *

La casa seguía igual: dos pisos de block que su papá levantó con sus manos. A la izquierda del patio, la barda. Del otro lado, el terreno de su tío. Bastaba tumbar esa barda para comerse el patio completo.

El naranjo seguía ahí.

Maite le pasó los dedos al tronco. A la altura de su cintura tenía una raya clara, poco profunda, donde la motosierra había alcanzado a morder.

—¿Mija?

Su mamá salió secándose las manos en el delantal. Maite la abrazó y no dijo nada. Doña Rosa tampoco. Olía a jabón de barra y a masa.

—¿Y ese pan?

—Me lo regaló una compañera.

—Qué compañera tan espléndida.

Arriba, en su cuarto, había un minisplit nuevo, blanco, zumbando. El único de la casa. En el cuarto de su mamá seguía el abanico de pedestal, el de la reja chueca.

—Amá, ¿y tú?

—Yo con el abanico estoy bien. Tú vienes de la ciudad, no aguantas.

Maite se tragó lo que iba a decir.

* * *

A las ocho le marcó desde la cama.

—Ya llegué bien. Ya comí. Ya me regañó mi amá por flaca.

—Acabo de llegar a la casa. —Del otro lado se oyó una puerta y el golpe suave de un portafolios en un escritorio—. A las nueve tengo junta con los de Asia.

—Entonces cuelga.

—No. Déjalo abierto.

Así se dormían desde junio. Maite dejó el celular en la almohada.

Tocaron la puerta. Su mamá entró con una almohada abrazada.

—Me vengo contigo. Pa' no prender dos aparatos.

Maite volteó el celular boca abajo sobre la cama. No colgó.

Doña Rosa se acostó de su lado, pegada a la pared, como cuando Maite era niña y le daba miedo la tormenta.

—¿Y no hay nadie que te guste? —preguntó su mamá, al techo—. Ya tienes veintidós. En octubre cumples veintitrés.

Maite sintió el celular contra la cadera, tibio.

—Algún día le traigo a alguien, amá. —Tragó saliva—. Un poquito mayor.

—Mayor está bien. Los chamacos no sirven.

Maite conocía ese silencio. Venía algo.

—La señora Salazar vino el mes pasado. La de Las Palmas. Su muchacho, el chico, Beto. Salió del ejército el año pasado y ahorita trabaja en el municipio. Es serio, mija. Y dice su mamá que él no tendría problema en estar en las dos casas. —Bajó la voz—. Con un hombre aquí, tu tío no se atreve.

—No, amá.

Doña Rosa se volteó hacia la pared.

—La ley no pesa lo que pesa un hombre en el rancho, Maite. —La voz se le quebró en la última palabra—. Y si te casas lejos, me voy a morir sola en esta casa y nadie se va a enterar.

Maite se quedó mirando la espalda de su mamá, los hombros que subían y bajaban demasiado despacio. Quiso tocarla. No supo dónde.

Debajo de su cadera, el celular vibró una vez.

Lo volteó con cuidado.

Escuché todo. Tú sé feliz, nena. Lo demás lo arreglo yo.

Maite apretó el celular contra el pecho, con la pantalla hacia adentro, hasta que dejó de alumbrar.

Abajo, alguien golpeó la puerta con la palma abierta. Tres veces.

Su mamá se echó el rebozo encima y bajó. Maite oyó el cerrojo, una voz de hombre, ronca, y luego nada. Los pasos volvieron despacio por la escalera.

Doña Rosa se asomó al cuarto. Estaba blanca.

—Tu tío. Está en la puerta. Quiere hablar contigo.

Eran las ocho y cuarenta. Maite se levantó con el celular apretado en la mano. En la pantalla, la llamada seguía corriendo.

—No te preocupes, amá. Aquí estoy yo.

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