Salvatore Greco nunca tuvo problemas con la tentación.
Hasta que una mujer que no lo necesita se cruza en su camino.
Elira Rama es una sobreviviente.
No cree en rescates ni en promesas. Ha pasado su vida cuidando a otros y luchando por no perder el control de la suya.
Mientras él intenta protegerla y mantenerla a salvo, ella lucha por no depender de nadie.
Y cuando el deseo, el pasado y la ambición chocan, ambos deberán decidir si la tentación es una promesa… o una condena.
Porque no todas las mujeres quieren ser rescatadas.
Y no todos los capos sobreviven a aquello que no pueden dominar.
NovelToon tiene autorización de Yesenia Stefany Bello González para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Sola
Elira
Cuando la caravana se hace más grande en el horizonte mis pasos comienzan a disminuir la velocidad, porque no quiero enfrentar a Salvatore.
No quiero ver lástima en sus ojos ni mucho menos compasión.
Ya me siento lo suficientemente insignificante cuando lo veo en los míos.
Miro el cielo nublado y me obligo a respirar el aire limpio. Por lo menos mañana podré volver a clases.
Aceptaron un pago parcial. Tengo que tener los otros doce mil euros a fin de mes, pero imagino que no será difícil lograrlo si los hombres siguen siendo generosos con su dinero como lo fueron anoche.
Mi corazón se encoge cuando pienso en mi mamá. Sé que odiaría verme haciendo esto, pero es todo lo que puedo hacer por ahora. Me quedan dos años más en la universidad y luego tengo que pagar mi especialidad si quiero ser oncóloga. Y por ahora, lo único que puedo hacer es usar mi cuerpo para ello.
Muerdo mi labio, cuando recuerdo lo que mamá decía de mi tía, pero me obligo a encerrar esos reproches en lo más profundo de mi cabeza. En un lugar donde no puedan salir nunca.
Es mi cuerpo.
Miro mis piernas y mis manos.
Es mío y sí puedo ganar dinero con él lo haré.
Puedo soportar las miradas sobre mi cuerpo, incluso puedo tolerar sus caricias y besos. Todo es mejor que dormir en la calle y comer basura. O vivir de la caridad de otra persona.
Eso nunca.
Eso es peor que morir.
Y no estoy muerta. Estoy viva. Estoy volviendo al camino que me llevará a cumplirle la promesa que le hice a mi madre, así ella no apruebe mi metodología.
Levanto la roca, que está a orilla de las lavandas que crecen alrededor de mi caravana, y agarro la llave.
Respiro profundamente antes de entrar.
–Siento haberme demorado –empiezo, pero me detengo cuando veo la cama vacía.
Un frío helado me recorre la espalda cuando lo imagino desmayado en la ducha.
Abro la puerta del baño con fuerza, esperando lo peor, pero no hay nadie.
–Salvatore –lo llamo, aunque sé que es tonto. No hay muchos lugares donde pueda estar.
Me dejo caer en la silla sin despegar los ojos de la servilleta, escrita con una pulcra letra.
El papel es pequeño. Inofensivo. No debería significar nada.
Gracias por tu hospitalidad.
Leo la frase varias veces, no porque espere que cambie, sino porque mi mente necesita tiempo para acomodarse. Para cerrar lo que se abrió sin permiso.
No siento rabia.
No siento pena.
No siento nada que requiera atención inmediata.
Eso es bueno.
El cuerpo aprende rápido cuándo debe apagarse.
Pensé que temía volver a verlo, pero ahora entiendo que lo que me inquietaba era otra cosa: la costumbre. La repetición. La posibilidad de que su presencia comenzara a ocupar un lugar fijo.
Eso nunca termina bien.
Recuerdo mi risa de más temprano y el estómago se me contrae, no por tristeza, sino por alerta. Como un reflejo aprendido. Reír fue un error. Bajar la guardia siempre lo es.
Así funciona el equilibrio: cuando algo se siente ligero, algo se rompe después.
No es una creencia. Es experiencia.
No analizo más allá de eso. Pensar demasiado abre grietas, y no tengo tiempo para grietas.
Doblo la servilleta con cuidado y la dejo sobre la mesa, debajo de la lavanda, como si fuese un objeto cualquiera. No la rompo. No la guardo. No merece espacio.
–Estás bien –me digo, porque lo estoy.
He pasado por cosas peores. He seguido adelante con mucho menos. Esto no es una pérdida. Es solo una corrección de rumbo.
La caravana vuelve a sentirse mía. Silenciosa. Predecible. Segura.
Miro la cama vacía y registro la imagen como un dato: ya no hay nadie que cuidar. Ya no hay nadie que considerar. El pensamiento no duele porque no me permito quedarme en él.
Eso también se aprende.
Me digo que es mejor que se haya ido ahora. Más tarde habría sido incómodo. Más difícil de cortar. Las cosas simples son más fáciles de controlar cuando se eliminan a tiempo.
Tomo uno de los libros de anatomía y me acuesto. El peso del texto sobre mi pecho es familiar. Concreto. Real.
Leo sin leer. Paso páginas sin procesarlas. No importa. Esta noche tengo que bailar. Mañana tengo que volver a clases. Lo demás es prescindible.
El silencio no me incomoda. Me ordena. Me centra.
Apoyo el rostro en la almohada solo para cerrar los ojos, no por necesidad. El olor que queda en la tela no significa nada si no se le da un nombre.
No le doy uno.
–Que tonta –murmuro, no con rabia, sino como recordatorio.
Esto es lo que pasa cuando se afloja la disciplina. Cuando se confunde la rutina con compañía. Cuando se permite que alguien más interfiera en el funcionamiento normal de las cosas.
No volverá a pasar.
Estoy sola.
Estoy intacta.
Estoy funcionando.
Eso es todo lo que necesito.
❤️🩹🥲🥹
ojalá no deje que la otra vuelva, ya es hora de que disfrute su vida a su manera y con Salvatore que la ama