Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 10
El aire gélido de San Petersburgo se filtraba a través de los enormes ventanales de cristal blindado del despacho principal, pero en el interior del recinto la temperatura era sofocante, cargada de una tensión casi eléctrica. Alexander se encontraba de pie frente al gran escritorio de caoba negra, vistiendo un impecable traje oscuro de corte milimétrico que se ajustaba a su complexión fuerte y atlética. Su postura era recta, imponente y fría; el reflejo exacto de un depredador que había dejado atrás toda sombra de debilidad.
Frente a él, sentado en un sillón de cuero con respaldo alto, Valentine lo observaba con una mezcla de orgullo calculador y severidad patriarcal. Sobre la superficie de madera reposaban documentos clasificados, títulos de propiedad y las llaves maestras que controlaban la red financiera y operativa del imperio criminal más poderoso de Europa del Este.
—Has completado la transformación, Sasha —dijo Valentine con su voz ronca y profunda, rompiendo el silencio solemne que dominaba la estancia—. Diez años de disciplina implacable, de táctica militar, de comprender que en nuestro mundo la piedad es un lujo que no podemos permitirnos. Hoy eres la mano derecha del clan Rostova. Eres mi único heredero legítimo.
Alexander mantuvo la mirada fija en los ojos de su padre, dos orbes del mismo azul gélido que compartían. No quedaba nada en su interior del joven arquitecto e inocente novio que había sido masacrado en el altar una década atrás. Su mente era ahora una máquina calculadora de estrategia, protegida por una armadura de indiferencia hacia cualquiera que no fuera de su sangre.
—He cumplido cada una de tus órdenes, Valentine —respondió Alexander con tono firme y pausado, sin parpadear—. He gobernado las rutas, he limpiado las cuentas y he hecho que los enemigos de esta organización tiemblen con solo escuchar mi nuevo nombre.
—Lo has hecho —asintió el capo, extendiendo la mano para tomar las llaves y deslizarlas sobre la caoba hacia el lado de su hijo—. El imperio te pertenece en la sombra. Pero sé perfectamente que ninguna de mis riquezas, ningún territorio ganado en Europa, ha sido el verdadero motor de tu voluntad durante todo este tiempo.
Alexander avanzó un paso y tomó las llaves del poder, guardándolas en el bolsillo interior de su saco. La tensión en sus hombros se intensificó al recordar el propósito que había alimentado su alma durante cada segundo de aquel encierro forzado.
—Mi lealtad al imperio es absoluta, te lo juré el día que desperté en este mundo y te lo juro hoy sobre estas tierras —afirmó Alexander con una resolución de acero en la voz—. Mi sangre y mi espada pertenecen al clan Rostova... pero cumplido este plazo, exijo el derecho de volver a mi antigua patria. Es el momento de buscar a Isabella. Diez años de espera han terminado.
Valentine lo observó en silencio durante unos segundos interminables, evaluando la determinación de su heredero. Sabía que retenerlo por más tiempo sería inútil y peligroso; un hombre con semejante motivación no se detendría ante nada.
—Tienes mi bendición y todo el respaldo operativo del clan para cruzar el océano —concedió Valentine finalmente, poniéndose de pie con la solemnidad que su rango exigía—. Ve por lo que es tuyo, Sasha. Pero recuerda quién eres y de qué estás hecho. Nadie arrebata lo que pertenece a un Rostova sin pagar el precio definitivo.
A miles de kilómetros de distancia, al otro lado del mar, la realidad transcurría en un entorno completamente diferente, marcado por la calidez del hogar y el amor incondicional. En la acogedora sala de estar decorada en tonos pasteles, el pequeño Alex reía a carcajadas mientras corría de un lado a otro persiguiendo a su abuelo materno, quien fingía ser un oso torpe para divertirlo.
Todos en la familia adoraban al niño. Tras los años oscuros de la tragedia inicial, la llegada de Alex se había convertido en un rayo de sol constante que iluminaba cada rincón de la casa. Los abuelos lo mimaban sin medida, consintiéndolo con juguetes, historias y abrazos interminables, decididos a compensar cualquier vacío que la ausencia de una figura paterna pudiera causarle en el crecimiento. El pequeño crecía sano, alegre, inteligente y con una energía desbordante que contagiaba a todos los que lo rodeaban.
Isabella observaba la escena desde el marco de la cocina, sosteniendo una taza de té humeante entre las manos. Una sonrisa suave y nostálgica se dibujaba en sus labios al ver la felicidad de su hijo. Diez años habían pasado desde aquel fatídico día en la catedral; diez años de esfuerzo, de terapias superadas, de construir una vida estable y de dedicar cada segundo de su existencia a proteger y amar a ese niño que llevaba el nombre de su gran amor perdido. Ella había cumplido la promesa hecha sobre el altar: criar a su hijo fuerte y a salvo.
—Es un niño maravilloso, Isabella —murmuró una voz suave a sus espaldas, sacándola de sus pensamientos.
Isabella se giró con una expresión de respeto y cariño al ver ingresar a la estancia a una mujer elegante, de cabello entrecano y mirada profundamente comprensible: la madre de Alexander. Tras la tragedia, la relación entre Isabella y su exsuegra se había transformado en un vínculo inquebrantable de complicidad y apoyo mutuo. Ambas compartían el mismo luto silencioso y el mismo amor eterno por el hombre que se había marchado demasiado pronto.
—Lo es, Elena —respondió Isabella con un suspiro cálido, volviendo a mirar hacia donde el pequeño Alex jugaba alegremente—. A veces lo miro sonreír y veo exactamente los mismos gestos, la misma chispa en los ojos que tenía su padre. Es como si Alexander nunca se hubiera ido del todo.
Elena se acercó lentamente y le colocó una mano afectuosa sobre el hombro, apretándolo con suavidad.
—Alexander estaría tan orgulloso de ti, hija... —dijo la mujer con la voz ligeramente quebrada por la emoción contenida—. Has hecho un trabajo extraordinario. Has convertido el dolor más desgarrador de este mundo en la luz que guía la infancia de nuestro pequeño. Nunca olvides la fuerza que llevas dentro.
—A veces tengo miedo, Elena —confesó Isabella bajando la mirada hacia su taza de té, permitiéndose mostrar la vulnerabilidad que pocas veces revelaba ante los demás—. Diez años han pasado y siento que el tiempo se congela cuando recuerdo el sonido de los disparos. Aunque vivo por Alex, hay una parte de mi corazón que se quedó enterrada en esa iglesia junto a su tumba.
—El amor verdadero no muere con la ausencia, Isabella; simplemente cambia de forma —respondió la madre de Alexander con una sabiduría calmada, acariciándole la mejilla—. Has honrado su memoria de la manera más hermosa posible. No temas al futuro, porque lo peor ya pasó y tienes a un ángel corriendo en esta sala que te pertenece por entero.
Isabella asintió lentamente, sintiendo que las palabras de su exsuegra disipaban la ligera opresión que de vez en cuando se instalaba en su pecho. Abrazó a Elena con fuerza, encontrando en ese refugio familiar la paz que tanto había necesitado cultivar a lo largo de los años.
Ninguna de las dos mujeres imaginaba, mientras compartían ese momento de tierna complicidad, que al otro lado del mundo la maquinaria de la mafia rusa ya se había puesto en marcha. En las oficinas de San Petersburgo, Alexander guardaba las llaves del poder en su bolsillo y preparaba su equipaje. La década de luto, silencio y entrenamiento había concluido. El fantasma que yacía enterrado en el cementerio estaba a punto de regresar a la superficie para reclamar su trono, recuperar a la mujer que nunca dejó de amar y descubrir la existencia de un hijo de diez años que llevaba su mismo nombre.