Alexa solo recuerda tres cosas de aquella noche de verano: el calor sobre su piel, una voz grave susurrándole al oído y un tatuaje que nunca pudo olvidar.
Meses después, al comenzar la universidad, cree que está dejando atrás aquella noche… hasta que conoce a Clara y al hombre que la acompaña.
El padre de su nueva amiga tiene el mismo tatuaje.
Adrián es reservado, poderoso y demasiado peligroso para acercarse. También es el único que parece conocer la verdad sobre lo ocurrido aquel verano. Aunque intenta mantener las distancias, la tensión entre ambos se vuelve imposible de ignorar.
Mientras Alexa intenta reconstruir sus recuerdos, descubre que aquella noche no fue un encuentro sin consecuencias. Adrián la recuerda. La ha reconocido desde el primer momento. Y hay secretos que podrían destruir su amistad con Clara, separar a una familia y convertir el deseo en una condena.
Porque algunas historias de amor comienzan con un beso.
La de Alexa comenzó con algo que no puede recordar
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Lejos de casa
...Alexa ...
La libertad no siempre se sentía como en las películas.
No había música de fondo.
No había viento agitando el cabello de manera perfecta ni una ciudad desconocida esperando recibirte con los brazos abiertos.
A veces, la libertad se sentía como una valija demasiado pesada, un nudo en el estómago y una madre intentando contener las lágrimas mientras fingía estar enojada.
Alexa bajó la mirada hacia su teléfono.
07:43 a. m.
Faltaban pocos minutos para llegar.
Apoyó la cabeza contra el vidrio del autobús y observó cómo el paisaje cambiaba lentamente.
Las casas conocidas habían quedado atrás hacía más de una hora.
También las calles que podía recorrer con los ojos cerrados.
La cafetería donde compraba algo cuando tenía dinero.
La plaza donde se había sentado tantas veces a pensar en cómo sería su vida cuando finalmente pudiera marcharse.
Y, sobre todo, su casa.
Alexa sonrió apenas.
No era una sonrisa triste.
Era de alivio.
Por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde quería estar.
Lejos.
Muy lejos.
—Por fin —murmuró.
Una mujer sentada dos asientos más adelante giró ligeramente la cabeza.
Alexa fingió no haber dicho nada.
Volvió a mirar por la ventana.
La universidad aparecía en unas fotografías desde hacía meses.
Había buscado cada edificio.
Había recorrido virtualmente los pasillos.
Incluso había investigado cuáles eran los mejores lugares para comer cerca del campus.
Pero nada de eso se parecía a estar realmente allí.
Era enorme.
Mucho más de lo que había imaginado.
Edificios antiguos mezclados con construcciones modernas, árboles enormes bordeando los caminos y cientos de estudiantes caminando en todas direcciones.
Algunos iban con cafés en la mano.
Otros hablaban por teléfono.
Unos corrían porque, evidentemente, ya llegaban tarde a alguna clase.
Y Alexa sintió algo extraño.
No miedo.
No exactamente.
Era esa sensación de estar frente a una puerta que llevaba toda la vida esperando abrir.
Y ahora estaba abierta.
Solo tenía que cruzarla.
—¿No vas a llamar cuando llegues?
La voz de su madre había sonado en su cabeza durante todo el viaje.
Alexa puso los ojos en blanco.
No porque no quisiera a su madre.
La quería.
Muchísimo.
Ese era precisamente el problema.
Su familia siempre había sido así.
Un amor demasiado grande.
Demasiado protector.
Demasiado vigilante.
En su casa existían reglas para todo.
Había una hora para llegar.
Una forma correcta de vestirse.
Una lista de personas con las que convenía juntarse.
Preguntas sobre dónde estaba, con quién estaba y cuándo pensaba volver.
Y si Alexa intentaba discutir alguna de esas reglas, aparecía la misma frase:
Mientras vivas bajo nuestro techo.
Por eso había elegido aquella universidad.
No solamente por la carrera.
También porque estaba suficientemente lejos.
Cuando recibió la carta de admisión, su padre había guardado silencio durante casi cinco minutos.
Su madre había preguntado si realmente quería irse.
Alexa había respondido que sí.
Sin dudar.
No porque odiara su casa.
Sino porque necesitaba descubrir quién era cuando nadie estuviera constantemente diciéndole quién debía ser.
Tomó su teléfono y abrió el chat familiar.
Había siete mensajes sin leer.
Mamá: ¿Llegaste?
Mamá: Avísame cuando bajes.
Papá: ¿Ya tienes el número del encargado de la residencia?
Mamá: Alexa.
Mamá: Respóndeme aunque sea con un “sí”.
Alexa soltó una pequeña carcajada.
Escribió:
Alexa: Llegué casi. Estoy bien. Después llamo.
Envió el mensaje antes de que pudiera arrepentirse.
Inmediatamente aparecieron tres puntos.
Los ignoró.
Guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta.
—Primer día —susurró.
Y respiró profundamente.
—Nueva vida.
......................
La residencia universitaria era mucho más bonita de lo que esperaba.
Tenía cuatro pisos, paredes claras, grandes ventanas y un vestíbulo lleno de estudiantes arrastrando maletas.
Alexa tuvo que esquivar a un chico que casi se llevó por delante su equipaje.
—¡Perdón!
—No pasa nada.
—¿Habitación?
—Tercero.
—Yo también.
El chico sonrió.
—Suerte.
Alexa lo vio desaparecer entre la gente.
—La voy a necesitar.
Subió las escaleras porque el ascensor estaba ocupado.
En el segundo piso tuvo que detenerse.
La valija pesaba como si hubiera decidido vengarse por todos los años que Alexa había pasado deseando escapar de casa.
—Vamos…
Tiró del asa.
Nada.
—No me hagas esto.
La valija permaneció inmóvil.
Alexa la miró con auténtico odio.
—Te juro que si tengo que dejarte acá, lo hago.
—¿Necesitas ayuda?
Alexa levantó la cabeza.
Un chico estaba parado unos escalones más arriba.
Alto, con una camiseta gris y una sonrisa tranquila.
—No.
Miró la valija.
Después a Alexa.
—Claramente no.
Ella entrecerró los ojos.
—Puedo sola.
—Eso parece.
Él bajó un par de escalones.
Alexa tomó nuevamente el asa.
Tiró.
La valija se movió.
Dos centímetros.
El chico sonrió.
—Impresionante.
—¿Te estás burlando de mí?
—Un poco.
Alexa soltó el asa.
—Entonces no necesito tu ayuda.
Él levantó las manos.
—Como quieras.
Y siguió subiendo.
Alexa esperó hasta que desapareciera.
Luego miró su valija.
—Idiota.
La tomó nuevamente.
Esta vez consiguió subirla.
Y, aunque jamás lo admitiría, cuando llegó al tercer piso estaba ligeramente orgullosa de haberlo conseguido sin ayuda.
......................
La habitación 314 tenía dos camas.
Dos escritorios.
Dos armarios.
Una ventana enorme con vista hacia una parte del campus.
Alexa abrió la puerta y se quedó quieta.
Una de las camas ya estaba ocupada.
Había una manta color crema perfectamente doblada, algunos libros apilados sobre el escritorio y una pequeña planta junto a la ventana.
La otra mitad de la habitación estaba completamente vacía.
—Supongo que esta es la mía.
Dejó la valija sobre la cama.
Por primera vez desde que había llegado, sintió silencio.
Un silencio diferente al de su casa.
No había pasos de su padre en el pasillo.
No había una voz preguntando dónde iba.
No había una puerta abriéndose porque alguien quería saber qué estaba haciendo.
Solo ella.
Alexa se sentó sobre el colchón.
Miró alrededor.
Y sonrió.
—Estoy sola.
La frase le provocó una felicidad absurda.
Se dejó caer de espaldas sobre la cama.
Miró el techo.
Había conseguido hacerlo.
Después de tantos años diciendo algún día me voy, finalmente se había ido.
Su pecho se llenó de una emoción difícil de nombrar.
Libertad.
Miedo.
Entusiasmo.
Nostalgia.
Todo mezclado.
Sacó el teléfono.
Tenía una llamada perdida de su madre.
Alexa suspiró.
—Claro.
La devolvió.
—¿Hola?
—¡Alexa! ¿Por qué tardaste tanto?
—Porque estaba subiendo las cosas.
—¿Estás en la habitación?
—Sí.
—¿Es bonita?
Alexa miró alrededor.
—Sí.
—¿Y tu compañera?
—Todavía no llegó.
—¿Estás segura de que no necesitas que vayamos?
Alexa se incorporó.
—Mamá.
—Solo preguntaba.
—Estoy bien.
Hubo un pequeño silencio.
—Te extraño.
Alexa tragó saliva.
Era injusto.
Podía soportar los interrogatorios.
Las reglas.
Las discusiones.
Pero no sabía qué hacer cuando su madre sonaba así.
—Yo también.
—¿Mucho?
Alexa sonrió.
—Un poquito.
—Mentira.
—Bueno… bastante.
Su madre soltó una risa.
—Llámame esta noche.
—Sí.
—Y no hagas ninguna locura.
Alexa miró hacia la ventana.
Sonrió.
—No prometo nada.
—Alexa.
—Es broma.
—Te conozco.
—Ese es el problema.
Su madre se rio nuevamente.
—Te quiero.
—Yo también.
La llamada terminó.
Alexa dejó el teléfono sobre la cama.
Durante unos segundos permaneció mirando la pantalla.
Después negó con la cabeza.
—Bien.
Se levantó.
—A desempacar
...Pasaron casi cuarenta minutos....
Alexa había conseguido sacar la mitad de su ropa, ordenar algunos libros y colocar fotografías sobre el escritorio.
Una de ellas era de su familia.
Otra, de ella con dos amigas de su antiguo colegio.
La tercera era una fotografía tomada frente al mar.
Alexa la sostuvo entre los dedos.
Era verano.
El sol brillaba.
Ella llevaba el cabello recogido y estaba sonriendo hacia la cámara.
La observó unos segundos.
Después la colocó boca abajo.
No sabía por qué.
Simplemente no quería verla.
—¿Hola?
Alexa se giró.
Una chica estaba parada en la puerta.
Tenía el cabello castaño claro, ligeramente ondulado, y una expresión entre nerviosa y divertida.
Llevaba una mochila sobre un hombro y una caja entre las manos.
—¿Esta es la 314?
Alexa miró el número de la puerta.
—Sí.
—¡Menos mal!
La chica entró.
—Pensé que me había equivocado de edificio.
Alexa sonrió.
—Yo también pensé que iba a perderme.
—¿Primer año?
—Sí.
—Yo igual.
La chica dejó la caja sobre su cama.
—Soy Emma.
—Alexa.
Se estrecharon las manos.
Fue algo rápido.
Sencillo.
Sin importancia aparente.
Pero ninguna de las dos podía saber que aquel encuentro iba a cambiar sus vidas mucho más de lo que imaginaban.
—¿Qué estudias? —preguntó Emma mientras abría la caja.
—Comunicación.
—¿En serio? Yo también.
Alexa levantó las cejas.
—Eso facilita las cosas.
—Muchísimo.
Emma se dejó caer sobre la cama.
—Creo que vamos a llevarnos bien.
Alexa soltó una risa.
—Eso espero.
—¿De dónde eres?
Alexa dudó apenas.
—De bastante lejos.
Emma la miró.
—Eso no responde mi pregunta.
—Lo sé.
—¿Siempre eres así?
Alexa sonrió.
—¿Así cómo?
—Misteriosa.
—No soy misteriosa.
—Acabas de evitar decirme de dónde eres.
—Eso no me hace misteriosa.
—Te hace sospechosa.
Alexa soltó una carcajada.
—Está bien. Quizá un poco.
Emma sonrió.
La tensión inicial desapareció.
Y por primera vez desde que había llegado, Alexa sintió que aquel lugar podía convertirse en algo parecido a un hogar.
No el hogar del que había escapado.
Uno nuevo.
Uno elegido por ella.
Esa tarde recorrieron juntas el campus.
Emma hablaba muchísimo.
Alexa descubrió rápidamente que podía pasar de contar una anécdota de cinco minutos a hablar de una profesora que todavía ni siquiera conocían.
Le resultaba divertido.
—¿Siempre hablas tanto?
—Sí.
—Bien.
—¿Por qué?
—Porque yo no.
Emma la observó.
—Eso es mentira.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando quieres decir algo, lo dices.
Alexa sonrió.
—Puede ser.
Caminaron entre los edificios.
El sol comenzaba a bajar y la luz dorada se filtraba entre los árboles.
Había grupos de estudiantes sentados en el césped.
Algunos tocaban música.
Otros estudiaban.
Una pareja se reía cerca de una fuente.
Todo parecía nuevo.
Todo parecía posible.
Alexa respiró profundamente.
Le gustaba.
Le gustaba demasiado.
No tenía que pedir permiso para estar allí.
No tenía que explicar cada paso.
Podía caminar hasta donde quisiera.
Podía quedarse despierta toda la noche.
Podía conocer personas nuevas.
Podía equivocarse.
Y nadie iba a aparecer detrás de ella para decirle que estaba cometiendo un error.
—Estás sonriendo —comentó Emma.
Alexa la miró.
—¿Qué?
—Estás sonriendo sola.
Alexa bajó la mirada.
—Me gusta estar acá.
Emma sonrió.
—A mí también.
Siguieron caminando.
Alexa no sabía qué iba a encontrar en aquella universidad.
No sabía quiénes serían sus amigos.
No sabía qué decisiones tomaría.
No sabía cuánto cambiaría.
Solo sabía una cosa.
Había cruzado una puerta.
Y no pensaba volver atrás.
......................
Esa noche, mientras Emma dormía, Alexa permaneció despierta junto a la ventana.
La ciudad brillaba debajo.
Había luces encendidas en los edificios.
Autos pasando a lo lejos.
Voces que llegaban desde alguna fiesta cercana.
Alexa apoyó la frente contra el vidrio frío.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de su madre.
Mamá: Buenas noches, rebelde. Te quiero.
Alexa sonrió.
Escribió una respuesta.
Pero antes de enviarla, levantó la mirada.
Por alguna razón, tuvo la sensación de que algo estaba a punto de comenzar.
Algo que no había planeado.
Algo que no podía controlar.
Y Alexa siempre había sido buena enfrentándose a los problemas.
Lo que todavía no sabía era que algunos problemas no llegaban para ser enfrentados.
Algunos llegaban para quedarse.
Y, sin que ella pudiera imaginarlo, su nueva vida universitaria acababa de ponerla en el camino de una persona que pertenecía a una parte de su pasado que todavía no recordaba.
Un hombre que ella había olvidado.
Pero que jamás la había olvidado a ella.
en mi país un hombre de 39 años con una menor sería pedofilia si hubo sexo