Quien diría que una beca en Alemania solo para estudiar tomaría un rumbo distinto al imaginado..
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EP 7: -Flat White
Empezamos a pelear por Isaac.
Al principio eran discusiones chiquitas. Después se hicieron diarias.
- ¿Por qué no le dices nada, Maeve? - me decía Luke en la barra de Noir Coffee, mientras yo limpiaba tazas -. Te mira como si fueras suya. Es enfermo.
- Ya te expliqué, Luke. No puedo decirle nada. Es el hijo del dueño. Si le digo algo, Maros cierra. Nos quedamos sin trabajo. ¿Quieres eso?
- ¡No me importa el trabajo! ¡Me importa que mi novia no haga nada mientras otro tipo la acosa!
- ¡No me está acosando! Solo... solo toma café.
Mentira. Nosotros dos sabíamos que era mentira.
Pero lo que Luke no sabía, lo que no le podía decir, era que por alguna razón extraña, ya no me daba miedo.
Al principio sí. Las primeras dos semanas me daba escalofríos. Sentía su mirada en la nuca y quería esconderme.
Ahora no.
Ahora miraba el reloj a cada rato. 3:15. 3:20. 3:25.
Esperaba que fueran las 3:30.
Si eran las 3:35 y la campanita no había sonado, me ponía ansiosa. Me asomaba a la ventana. Limpiaba la mesa 6 otra vez aunque ya la había limpiado.
Porque ahora limpiaba la mesa 6 dos veces antes de que él llegara. La limpiaba, la acomodaba, ponía la silla bien. Como si quisiera que estuviera perfecta para él.
Sasha se dio cuenta el primer día que lo hice.
- Maeve - me dijo cruzándose de brazos en la barra -. Acabas de limpiar la 6.
- Estaba sucia - dije rápido.
- La limpiaste hace diez minutos. Y nadie se sentó ahí.
- Tenía polvo.
- Maeve.
Me miró seria. Sasha no es tonta. Sasha me conoce desde que llegué con la cara de pánico y las botas mojadas.
- ¿Lo estás esperando? - me preguntó bajito para que Maros no escuchara.
- ¿Qué? ¡No! - me puse roja al instante -. ¡Claro que no! Me da igual si viene o no.
- Ajá. Por eso llevas media hora mirando el reloj y te pusiste perfume hoy.
No me puse perfume. Bueno, sí. Un poco. El que me regaló Sasha de cumpleaños que nunca usaba.
- No digas tonterías - le dije y me fui a la bodega para que no me viera la cara.
Pero era verdad. Lo esperaba. Todos los días. A la misma hora. Y cuando entraba, aunque intentaba no mirarlo, sentía como una descarga en el pecho.
Luke también se dio cuenta. Por eso peleábamos.
- Te arreglas más cuando sabes que él viene - me dijo una tarde.
- ¡Luke, estás paranoico!
- No estoy paranoico. Te conozco. Llevas dos semanas con el pelo suelto justo a las 3:30. Antes siempre tenías coleta.
No supe qué responderle. Porque tenía razón.
A Isaac, por supuesto, le encantaba provocar a Luke. Era como un juego para él. Un juego cruel y silencioso.
Si Luke estaba sentado en la mesa 1 tomándome de la mano, Isaac se sentaba en la mesa 6 y no nos quitaba los ojos de encima a los dos. Si Luke me besaba en la barra, Isaac tomaba su café más lento, sin parpadear.
Nunca decía nada. Nunca hacía nada. Solo miraba. Y con solo mirar, lograba que Luke se pusiera como loco.
Hasta esa tarde.
Era jueves. Casi las 4 PM. Noir Coffee estaba lleno porque afuera había empezado a nevar. Todos los estudiantes entraron a refugiarse. Luke estaba en la barra, del lado de adentro, porque Maros lo dejaba pasar a veces. Estaba hablando conmigo, muy cerca, contándome algo de su clase.
- ...y entonces el profesor me dijo que mi ensayo...
No escuché el resto. Porque sonó la campanita.
A las 3:47. Tarde. Llegaba tarde.
Isaac entró.
Chaqueta de cuero negra, camisa blanca abierta, pelo un poco más corto, mojado por la nieve. Alto. Mucho más alto que Luke. Cuando se paró en la puerta, todos en la cafetería lo miraron. No porque lo conocieran. Sino porque todo en él intimidaba sin querer.
Su porte. Su forma de pararse, recto, como si fuera dueño del lugar. Que técnicamente, lo era. Su forma de vestir, toda cara, toda perfecta, pero ahora juvenil. Su altura, le sacaba casi una cabeza a Luke. Y sus ojos. Sus ojos verde grisáceos, raros, oscuros y claros a la vez, que parecían verlo todo. Y su piel pálida, que lo hacía ver todavía más intimidante, como si no fuera de este mundo.
Caminó. Pero esta vez no fue a la mesa 6.
Vino directo a la barra. Directo a nosotros.
Sasha se quedó congelada con el trapo en la mano. Maros también se quedó quieto.
Nunca, en un año y medio que llevaba trabajando ahí, Isaac había pedido en la barra. Nunca. Siempre se sentaba y esperaba.
Luke se tensó a mi lado.
Isaac se paró frente a la barra, frente a mí. Me miró un segundo y luego miró a Luke. De arriba a abajo.
Y habló.
Por primera vez lo escuchamos hablar en voz alta en la cafetería. No susurrando. Hablando.
- Dos flat white - dijo.
Su voz... Dios. Su voz era gruesa. Grave. Segura. Baja, pero se escuchó en toda la cafetería silenciosa. Una voz que no pedía. Que ordenaba. Que intimidaba solo con el tono.
Sasha se quedó paralizada. No por el pedido. Sino porque era la primera vez que lo escuchaba hablar. A todos nos pasó lo mismo.
Yo me quedé sin aire. Luke también.
- ¿Qué? - dijo Sasha, porque no entendió.
Isaac no la miró a ella. Me miró a mí.
- Dos flat white - repitió, mirándome fijo -. El café favorito de Maeve.
Se me heló la sangre.
¿Cómo sabía cuál era mi café favorito? Yo nunca se lo dije. Nunca hablé con él más de dos palabras. El flat white con leche de avena y un toque de vainilla era lo que yo tomaba siempre antes de abrir, cuando nadie me veía. Lo preparaba para mí sola a las 6 de la mañana.
¿Cómo lo sabía?
Sasha me miró con los ojos muy abiertos. Luke me miró confundido.
- ¿Flat white? ¿Tú tomas eso? Pensé que tomabas americano - dijo Luke.
No respondí. No podía.
Sasha, todavía temblando, preparó los dos flat white. Con leche de avena. Con vainilla. Como los hacía yo.
Isaac no pagó en la barra. Dejó su billete de 50 euros ahí, sobre la madera.
Tomó las dos tazas. Una en cada mano.
Y entonces hizo algo que nadie esperó.
Me dio una a mí.
- Uno para ti - dijo, con esa voz gruesa, segura, mirándome a los ojos por primera vez tan de cerca -. Y otro para mí.
Me puso la taza caliente en las manos. Sus dedos rozaron los míos. Estaban fríos y a la vez quemaban.
Luke se levantó de golpe de su banco.
- ¿Qué estás haciendo? - le dijo a Isaac, alzando la voz -. Ella es mi novia.
Isaac ni siquiera lo miró. Siguió mirándome a mí. Con esos ojos verde grisáceos oscuros, clavados en los míos.
Y por primera vez en semanas, no sentí miedo. Sentí que las manos me temblaban, que el corazón me latía en los oídos, que la taza caliente me quemaba los dedos.
Y que no quería soltarla.
Detrás de la barra, Sasha susurró:
- Maeve...
Pero yo no podía dejar de mirar a Isaac.