Para pagar el tratamiento de su abuela, Valentina Cabrera acepta convertirse en la amante de Damián Mondragón, un magnate acostumbrado a decidir cuándo empieza una relación y cuándo termina.
El acuerdo es claro: acudir cuando él la llame, guardar el secreto y no confundir la cama con el amor.
Valentina tiene su propio plan. Anotar cada peso que recibe, seguir bailando y devolverle todo para poder marcharse. Lo difícil será cumplirlo cuando Damián empiece a romper sus reglas y ella a esperar algo más que dinero cada vez que él la busca.
Pero mientras sus besos la hacen creer que es especial, sus decisiones empiezan a cerrarle las puertas que necesita para construir una vida propia.
Cuando Valentina decide irse, él le recuerda el precio de romper el contrato: seis millones de pesos.
Ella acepta la deuda.
Damián estaba preparado para sus reclamos, sus lágrimas, incluso para que le pidiera más. No para verla elegir una vida sin él.
Ahora tendrá que descubrir cómo recuperarla cuando su dinero ya no basta para hacerla volver.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Capítulo 17 — Nuestra casita en Coyoacán
—Va mejor —dijo el médico unos días después, revisando la carpeta—. Está respondiendo a los cuidados de apoyo. Vamos a vigilar los próximos estudios y, si sigue así, podremos continuar parte del tratamiento de forma ambulatoria.
Valentina miró la hoja que le señalaba. Había llevado varias noches comparando resultados sin entender qué cambios importaban. Le pidió que le repitiera qué necesitaban ver antes de pensar en mandarla a casa.
—Gracias, doctor. Gracias.
Damián esperó junto a la puerta hasta que el médico terminó de explicarle. Cuando quedaron solos en el pasillo, se acercó y le puso una mano en la nuca.
—Te dije que no te preocuparas por el dinero —dijo, bajo.
Valentina se quedó junto a él. Llevaba días esperando aquella noticia y le gustó poder compartir el alivio con alguien que había estado allí durante la espera.
—Ahora tú te vas a recuperar también —siguió él, ya con el tono de siempre, el que no admitía discusión—. Sales de esa residencia. Hay demasiada gente, demasiado ruido, y comes mal.
—Estoy bien en la residencia.
—Duermes en un cuarto con dos desconocidas y una regadera de agua fría. —La miró—. Hay una casa en Coyoacán. Es chica. Tiene patio. Puedes llegar a tu escuela desde ahí. Te vas para allá.
Valentina pensó en Sofi despertándose con sus llamadas del hospital, en salir al pasillo a hablar para no molestar. Una casa tranquila le vendría bien. Lo que no quería era enterarse de que iba a mudarse como quien recibe una orden más.
—Puedo buscar algo yo —dijo.
—La casa ya está disponible. Lino te lleva cuando termines tus clases.
—Con una condición —dijo.
—Tú no pones condiciones.
—Yo la pago. —Alzó la barbilla—. La casa. La renta, lo que sea. Me lo anota y me lo descuenta. No me la regale, señor Mondragón. No quiero que me la regale.
Damián la miró como si acabara de complicar algo que él daba por resuelto.
—Como quieras —dijo—. Te la anoto.
Valentina habría preferido una cifra concreta. Por el momento, consiguió que aceptara llamarlo renta. Antes de irse le pidió a Lino que la incluyera en los gastos que le entregaba.
* * *
La casita era, de verdad, chiquita.
Tenía sala, dos recámaras, una cocina de azulejo viejo y un patio con jacaranda. Lino había mandado instalar una cama, un sillón de cuero y un refrigerador que ocupaba casi toda una pared. Valentina abrió la puerta del refrigerador. Estaba vacío.
En la cocina quedaban la mesa y las sillas de los ocupantes anteriores. Lino le había ofrecido cambiarlas. Ella probó una silla, comprobó que no se movía demasiado y dijo que servían. Prefería saber dónde estaban los platos y cómo se encendía la estufa.
Valentina dejó la maleta y salió a la calle.
Volvió del mercado con pollo, verduras y tortillas. En el camino compró un manojo de girasoles con nube; al llegar descubrió que no había florero y repartió las flores entre dos vasos. Dejó uno sobre la mesa y el otro en la ventana.
Preparó el pollo como lo hacía su abuela y bajó la llama cuando empezó a pegarse el fondo. La estufa calentaba más de lo que esperaba. Abrió la ventana del patio para dejar salir el humo antes de que se impregnara en todo.
Cuando la comida estuvo lista, puso dos platos. Se dio cuenta al sacar el segundo tenedor y lo dejó ahí. Él no le había dicho si iría.
Damián llegó a las ocho, sin avisar, con la corbata floja después de un día de juntas.
Se detuvo en la puerta.
Valentina lo oyó entrar mientras buscaba un trapo para llevar la olla a la mesa. Se volvió con el trapo en la mano. Él seguía junto a la puerta, mirando la mesa.
—Huele bien —dijo, ronco, desde la puerta.
Valentina dejó el trapo junto a la olla.
—No sabía que venía. No hice para… —Se detuvo. Bajó la mirada al segundo plato, que había puesto sin pensar—. Hay de sobra.
Damián se aflojó la corbata y se sentó. Ella le sirvió pollo y apartó el vaso con flores para que no estorbara entre los platos. Al tomar una tortilla, él miró el fondo tostado de la olla.
—Casi se me quema —dijo Valentina.
—No sabe a quemado.
Lo vio servirse un poco más de salsa y se tranquilizó.
—Compré flores —dijo—. Si no le gustan ahí, las pongo en el patio.
—Déjalas.
Damián miró hacia la ventana y después volvió a ella.
—He comprado casas en las que nunca quise quedarme a cenar.
Valentina dejó de mover el tenedor.
—¿Y aquí?
—Aquí estás tú.
Él siguió comiendo. Ella tuvo que buscar algo más que decir y terminó preguntándole si quería agua.
Después lavaron los platos juntos. Damián tomó el trapo para secarlos y le preguntó dónde iba cada cosa. Valentina todavía no lo sabía; tuvieron que decidirlo en ese momento. Más tarde, al apuntar la compra del mercado en la libreta, se descubrió sonriendo al recordar que él había guardado los vasos demasiado arriba para ella.
* * *
El lunes, Damián la llevó a la escuela.
—No tienes que dejarme en la puerta —dijo ella, al bajar—. Me pueden ver.
—Que vean.
Y antes de que ella protestara, él estiró el brazo hacia el asiento de atrás y sacó una caja blanca, de pastelería.
—¿Y eso?
—Pastel. —Abrió la caja de tres leches, que traía dos cucharitas sobre una servilleta—. Te llevas un pedazo.
—Aquí no, en la calle no…
Damián ya había metido el dedo en la crema. Y en vez de dárselo a probar como una persona normal, se lo pasó, de un toque travieso, por la punta de la nariz.
—Damián. —Valentina se quedó bizca, mirándose la nariz llena de crema, entre furiosa y con unas ganas horribles de reírse—. ¡Está usted loco!
—Quédate quieta.
Le tomó la cara —igual que en el pasillo de la audición, con las dos manos— y le besó la nariz. Le quitó la crema con la servilleta y después le dio un beso corto en los labios, ahí, junto a la puerta abierta del coche, mientras los alumnos pasaban hacia la entrada.
Fue un beso chiquito. Ligero. Nada que ver con el del pasillo. Pero fue en público, a la luz del día, y a Valentina se le subieron los colores hasta la raíz del pelo.
—¡Vale!
Meli venía llegando, con la mochila torcida y los ojos como platos.
—Ay, perdón, perdón, yo no… —tartamudeó, sin saber a dónde mirar—. Es que… —Se quedó viendo a Damián, el coche, el traje, todo—. ¿Es tu novio?
El aire se cortó un segundo.
Damián miró a Valentina y esperó. Ella había pasado días deseando que alguien le diera una respuesta a esa pregunta. Cuando por fin la tuvo delante, no supo qué hacer con ella.
—Es mi primo —soltó, demasiado rápido.
Meli la miró y después miró a Damián.
—Vale, te acaba de…
—Luego te cuento. Vamos, que llegamos tarde.
Agarró a su amiga del brazo y se la llevó hacia la reja sin voltear.
No volvió la cabeza. La mentira había sido tan absurda que ya imaginaba a Meli repitiéndosela en cuanto cruzaran la reja.
—Tu primo —oyó decir a Damián antes de que ella se alejara. No levantó la voz. Valentina habría preferido que se riera.
* * *
Recargado en el barandal del segundo piso, con un café de máquina enfriándosele en la mano, Gonzalo del Río lo había visto todo.
Reconoció a Mondragón en cuanto bajó del coche. Lo había visto intervenir delante de la escuela y sabía que Valentina se iba con él. Aun así, no esperaba verlos besarse de aquella manera, jugando con la crema de un pastel.
Bajó la mirada al vaso de café. Lo apretó hasta que la tapa crujió.
No alcanzaba a oír lo que decían. Vio a Meli llegar, a Valentina tomarla del brazo y a Mondragón quedarse junto al coche con la caja abierta.
Su padre había coincidido con Mondragón en varios eventos. Gonzalo conocía lo que se decía de él en esas mesas, las bromas sobre sus acompañantes y la manera en que hablaban cuando las mujeres se alejaban. Hasta ese momento le resultaba más fácil imaginar que Valentina no sabía bien en qué se había metido. El beso le había quitado esa comodidad.
Pensó en buscarla de inmediato. Se contuvo al verla entrar con Meli. Si le hablaba delante de su amiga, Valentina iba a cerrarse antes de escucharlo.
Tiró el café y esperó a que terminara la primera clase. Tenía que hablar con ella a solas.