Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 11
El consultorio del especialista en salud mental era un espacio sobrio, de luces cálidas y paredes revestidas en madera clara, diseñado para amortiguar el ruido del exterior. Damián permanecía sentado en un sillón de cuero individual, con los brazos apoyados en los muslos y la vista fija en la alfombra gris.
A pocos metros, su terapeuta —un hombre de avanzada edad con voz pausada— anotaba breves trazos en su libreta antes de mirarlo fijamente.
—¿Cómo te has sentido esta semana, Damián? —preguntó el médico con calma.
Damián dejó salir un aire pesado por la nariz y se echó hacia atrás, pasándose una mano por el rostro con evidente cansancio.
—Frustrado —admitió con voz áspera—. Siento que no tengo el control de nada de lo que siento. Es absurdo... No puedo controlar este conflicto constante entre el afecto que todavía le tengo y la rabia insoportable que me provoca tenerla cerca.
El especialista se reacomodó en su asiento y cruzó las manos sobre las rodillas.
—¿Qué pasaría si decidieras olvidar el pasado? —indagó el terapeuta con suavidad—. ¿Qué ocurriría si simplemente decidieras soltar la traición y enfocarte en la realidad de su presente?
Damián negó con la cabeza de inmediato, apretando los dientes.
—No puedo —sentenció con amargura—. No es tan fácil. Cada vez que la miro, mi mente me lleva automáticamente a ese momento de mi vida... a cuando estaba tirado en la basura, tan vulnerable que ya ni siquiera me importaba seguir vivo. Olvidar eso sería traicionar lo que soy.
El médico lo observó en silencio durante un par de segundos antes de retomar la palabra.
—Hoy en día eres un hombre influyente, Damián. Tienes poder, solvencia económica y la capacidad de darte la vida que desees. ¿Por qué insistes en seguir viviendo en el pasado y aferrado a un dolor que ya no existe fuera de tu mente?
—¡Porque la amo! —estalló Damián, alzando la voz por primera vez en la sesión, mientras la vena de su cuello se tensaba—. ¡La amo y me rompe por dentro que no sea capaz de mirarme a la cara y admitir que nunca fui suficiente para ella! Me da rabia sentir esto por ella. Me da rabia ver que parece que todo le da igual, que acepta lo que le haga sin inmutarse, que no se quiebra... Me da una rabia maldita ver que ella es mucho más fuerte que yo.
El terapeuta permaneció impasible ante el arrebato del joven magnate. Dejó la libreta sobre la mesa auxiliar y lo miró con seriedad.
—Si realmente quieres avanzar, tienes que intentar hablar con ella sobre lo que ocurrió en el pasado —le sugirió con voz firme—. Tienes que confrontar los hechos reales y cerrar ese capítulo de una vez por todas. Si no lo haces, nunca vas a poder sanar esta herida.
Damián soltó un largo suspiro cargado de escepticismo. No respondió. Se puso de pie con un movimiento fluido, ajustándose el saco del traje, y caminó hacia la salida sin pronunciar una sola palabra de despedida.
Al abrir la puerta y salir al pasillo blanco de la clínica, se topó de frente con Diana. Su prima adoptiva, vestida con su bata blanca de médico, apoyaba la espalda contra la pared mientras lo aguardaba. Ella también trabajaba en esa misma institución médica.
Damián se detuvo en seco al verla y frunció el entrecejo con fastidio.
—Ni se te ocurra decirme absolutamente nada —advirtió él con tono defensivo antes de que ella hablara.
Diana alzó ambas manos con una sonrisa inocente y caminó a su lado mientras avanzaban hacia la salida.
—Tranquilo, no iba a decirte nada de tus sesiones —respondió ella alegremente—. Solo estaba esperándote para invitarte a comer un helado en la cafetería de abajo.
Damián rodó los ojos con evidente exasperación y soltó una risa seca.
—Por favor, Diana. No soy un niño pequeño para andar comiendo helados a mitad de la tarde.
Diana se detuvo, se cruzó de brazos y lo miró con fingida indignación.
—Mis padres eran extremadamente estrictos en el pasado, Damián. Nunca me dejaron disfrutar de esas cosas de niña. ¿Y ahora vas a venir tú a decirme que no puedo comerme un helado solo porque ya crecí?
La ocurrencia de su prima y el dramatismo con el que lo dijo terminaron por romper la coraza de Damián. La rigidez de su rostro se suavizó por un instante y una leve sonrisa, genuina y pequeña, se dibujó en la comisura de sus labios.
—Está bien, tienes razón —admitió él, dejando salir un suspiro más liviano—. Yo tampoco pude comer helado en mi infancia porque no tenía un solo centavo en los bolsillos... Así que, ¿por qué no disfrutar uno ahora?
Diana sonrió con satisfacción y le dio un leve golpe en el hombro antes de guiarlo hacia la cafetería, logrando que, por primera vez en todo el día, la mente de Damián se alejara momentáneamente de la tormenta que llevaba por dentro.
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