Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.
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Capítulo 4
Seis meses después, Valentina Solís volvió a mancharse las manos de pintura en Coyoacán.
No era sangre.
La primera vez que se dio cuenta, se quedó mirando el azul entre sus dedos hasta que un niño de ocho años le jaló la manga.
—Maestra Val, mi perro parece vaca.
Valentina parpadeó, regresó al patio de la casa cultural y miró el dibujo. El perro tenía cuatro patas, dos manchas negras y una expresión de tragedia absoluta.
—Pues será una vaca con crisis de identidad —dijo.
El niño soltó una carcajada. Otros tres se acercaron a mirar. Valentina sonrió porque era lo que tocaba, porque los niños no tenían la culpa de que algunas noches ella todavía despertara con olor a humedad en la nariz y una palabra rusa atorada en la cabeza.
Pakhan.
No.
Ese día no.
Se limpió las manos en el mandil y siguió corrigiendo trazos. En la pared del fondo, el mural que le habían encargado para el centro comunitario empezaba a tomar forma: jacarandas, una mujer con trenzas largas, un ajolote escondido entre flores, ventanas amarillas como las de las casas viejas de su colonia.
Vida normal.
Eso decía Abuelita Carmen cada mañana, como si repetirlo bastara para construirla.
Vida normal era levantarse a las seis, barrer el patio, tomar café de olla con pan dulce y revisar si había nuevos encargos de retrato por Instagram. Era dar clases de dibujo a niños que pagaban poco pero abrazaban fuerte. Era pintar murales para negocios, cafés y consultorios dentales donde las señoras querían "algo bonito, pero que no se vea caro".
Vida normal también era ir al juzgado y escuchar que sus tíos Raúl y Ernesto recibían quince años por fraude, falsificación de documentos y complicidad en una red de tráfico.
Valentina no lloró ese día.
Raúl sí.
Ernesto le gritó ingrata desde el otro lado de la sala. Ella solo apretó el crucifijo de plata que el Lic. Paredes había recuperado entre sus pertenencias y pensó que la familia también podía ser una jaula si uno dejaba que otros cerraran la puerta.
—¿Otra vez te fuiste para adentro?
La voz de Daniel Ochoa la sacó del recuerdo.
Estaba apoyado en el marco de la entrada con dos vasos de agua de jamaica en la mano y una bolsa de conchas. Dani siempre llegaba con comida, como si su forma de querer fuera alimentar primero y preguntar después.
—Estoy trabajando —respondió Valentina.
—Sí, claro. Tenías cara de estar regañando a alguien en tu mente.
—A ti, probablemente.
Dani sonrió y levantó las manos.
—Entonces merecido.
Los niños gritaron su nombre. Él les hizo una reverencia exagerada y dejó la comida sobre una mesa. Valentina notó que traía la camisa arremangada y pintura blanca en el antebrazo.
—¿Qué hiciste?
—Ayudé a tu abuela a pintar la maceta del patio.
—¿Ayudaste o la echaste a perder?
—Me dijo "mijito, mejor ya no le muevas". Eso cuenta como supervisión artística.
Valentina soltó una risa real.
Le pasaba poco, pero cuando pasaba, Dani la miraba como si acabara de recibir buenas noticias. Eso la ponía incómoda. No porque él hiciera algo malo. Al contrario. Dani era bueno con una constancia casi peligrosa: la acompañó al Ministerio Público, hizo fila en oficinas, cargó cajas cuando recuperaron parte de la casa, esperó afuera de terapia sin preguntar detalles.
Y nunca pidió nada.
Eso era lo que más pesaba.
Esa tarde, al volver a casa, Abuelita Carmen estaba en la cocina batiendo masa para tamales de mole.
—Lávate las manos, Tina. Llegó una carta para ti.
Valentina se detuvo en seco.
—¿Del juzgado?
—No. Esta viene de Rusia.
La palabra cayó en la cocina como un vaso roto.
Dani, que venía detrás con una bolsa de mercado, dejó de moverse.
Valentina sintió que el cuerpo le hacía la misma pregunta que en las noches malas: ¿corremos?
La carta estaba sobre la mesa, junto al florero de cempasúchil seco de Abuelita. El sobre era blanco, grueso, con membrete de la Academia Répin de San Petersburgo.
No era de él.
No podía ser de él.
Valentina abrió el sobre con los dedos rígidos.
Leyó la primera línea.
Luego la segunda.
La tercera se le nubló.
—Me aceptaron —dijo.
Abuelita Carmen dejó la cuchara.
—¿Cómo?
—Me aceptaron. Beca completa. Matrícula, residencia, materiales. —Volvió a mirar la hoja, porque necesitaba comprobar que no estaba inventando—. Primer lugar en el examen de admisión.
Dani soltó el aire primero.
—Val...
Abuelita Carmen se santiguó y luego la abrazó con tanta fuerza que casi le dobló las costillas.
—Tu papá estaría brincando como loco.
Valentina cerró los ojos.
Papá Arturo había conocido a Lucía Herrera en San Petersburgo, en un intercambio de artistas jóvenes del que hablaban como si hubiera sido una película. Él pintaba fachadas y manos. Ella cantaba boleros en bares pequeños para pagar renta. De Rusia habían vuelto con una libreta llena de bocetos, una foto frente a una catedral dorada y la idea ridícula de ponerle a su futura hija un nombre que sonara bien en cualquier idioma.
Valentina.
Valiente.
—Tu mamá también —añadió Abuelita, más bajo.
La ausencia de Lucía ocupó la cocina entera.
Valentina abrió los ojos antes de que la tristeza le ganara.
—Tengo que llamar a Lupita.
Mandó un audio de tres minutos.
Gritó. Se rió. Lloró un poco. Dijo "Rusia" seis veces y "beca completa" nueve. Lupita respondió con otro audio lleno de ruido de microbús.
—¡Amiga, vas a conocer rusos guapos! Pero si uno te sale intenso, tú le dices que tienes una comadre en Iztapalapa que no perdona.
Valentina se rio hasta taparse la cara.
Dani también sonrió, pero no le llegó completo a los ojos.
Más tarde, cuando Abuelita Carmen salió al patio a revisar los tamales, él se quedó con Valentina en la sala.
—¿Vas a ir?
—Es la Academia Répin, Dani.
—No pregunté si era importante.
Valentina dobló la carta con cuidado.
—Sí. Voy a ir.
Él asintió, lento.
—Te acompaño a instalarte.
—No tienes que hacer eso.
—Ya pedí vacaciones.
—¡Ni siquiera te he dicho la fecha!
—Me adelanto al drama.
Valentina quiso bromear, pero la forma en que Dani bajó la mirada se lo impidió. Había algo ahí, algo que él llevaba años guardando con una paciencia que ya empezaba a dolerle a los dos.
—Dani...
—No digas nada. —Sonrió rápido, como poniendo una curita encima de una herida abierta—. Hoy no. Hoy celebramos que eres una genio insoportable.
Ella aceptó el cambio porque era cobarde con las cosas tiernas.
Esa noche, Valentina empezó a sacar ropa del clóset.
Abuelita Carmen le dejó una maleta vieja sobre la cama, una bolsita con escapularios y una lista escrita a mano: chamarra gruesa, vitaminas, copia de pasaporte, teléfono del consulado, no confiar en desconocidos.
La última línea estaba subrayada tres veces.
Valentina acarició el papel.
—Si supieras, Abue.
Abrió el cajón inferior para buscar sus pinceles de viaje. Entre una libreta vieja y una caja de acuarelas, encontró algo blanco y seco.
Un pétalo.
Valentina lo tomó con cuidado.
Era de rosa blanca.
No sabía cómo había llegado ahí. No recordaba haberlo guardado. Tal vez se había quedado pegado al abrigo del consulado, o entre sus documentos, o en esa parte de la memoria que hacía cosas sin pedir permiso.
El pulso se le aceleró.
Por un segundo volvió a ver ojos grises bajo la luz del amanecer.
"Nos vemos pronto, printsessa."
Valentina cerró el puño alrededor del pétalo.
Esta vez sí miró hacia la puerta, midiendo salidas que ya no existían.