Después de descubrir a su prometido en la cama con su prima y su propia secretaria, Camila Reinhart decide hacer lo que mejor sabe: levantarse, romper las reglas y vengarse con inteligencia.
Huye a Alemania buscando libertad… y termina pasando una noche inesperada con un hombre tan frío como irresistible. Un desconocido con acento alemán, mirada de acero y un control que la hace perder el suyo.
Lo que Camila no imagina es que ese hombre no era un cualquiera.
Era Maximilian Brandt.
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Capitulo 18
Maximilian
La reunión iba bien. Demasiado bien para lo que terminó ocurriendo.
Estaba sentado frente a Lukas Weber, mi mejor amigo y socio desde hacía más de diez años. Él hablaba con la precisión quirúrgica que siempre lo caracterizaba, señalando gráficos en la pantalla mientras discutíamos el calendario de implementación para América. Yo asentía, hacía preguntas puntuales, estaba presente… hasta que mi celular vibró sobre la mesa.
No debía haber mirado.
Pero lo hice.
Camila: Ayúdame.
El mundo se detuvo durante una fracción de segundo. No hubo dramatismo, solo una decisión inmediata.
—Lukas, lo siento —dije, levantándome ya—. Tengo que irme ahora.
Él frunció el ceño, sorprendido.
—¿Todo bien?
—No —respondí con honestidad—. Te llamo luego.
No esperé respuesta. Salí del apartamento, bajé las escaleras de dos en dos y pedí un Uber Black antes incluso de llegar a la calle. Era lo más rápido a esa hora; el metro jamás sería una opción para mí y menos en una situación así. Le envié la ubicación al conductor y subí sin saludar.
—Lower East Side. Bar X —dije—. Lo más rápido que pueda.
El trayecto se me hizo eterno, aunque el conductor rompió varios límites de velocidad. Mi mente repasaba escenarios posibles, todos igual de inaceptables. Cuando llegamos, lancé el dinero sin esperar el cambio y entré al bar.
Luces bajas. Música alta. Demasiada gente.
Escaneé el lugar con rapidez. No la vi. Avancé entre cuerpos, ignorando empujones y miradas molestas. Entonces lo noté: un hombre entrando al baño de mujeres.
Aceleré el paso.
Cuando empujé la puerta, la escena fue clara y desagradable. Camila estaba en el suelo, pálida, apenas consciente. El hombre intentaba levantarla.
Le toqué el hombro.
El sujeto era mucho más bajo que yo. Al girarse y verme, se quedó rígido. Me miró de arriba abajo y soltó a Camila con una rapidez que delataba culpa.
—No es lo que cree —dijo—. Yo solo quería ayudarla.
No respondí. Me agaché junto a ella, acomodé su vestido con cuidado. Camila murmuró mi nombre. Estaba helada.
Me quité la chaqueta y la cubrí.
—Lárgate —le dije al hombre, en voz baja y firme.
No insistió. Su rostro quedó grabado en mi memoria con precisión alemana.
La levanté en brazos y salí del baño. Una mujer se me acercó de inmediato.
—¡Camila! —exclamó—. ¿Quién eres tú?
—Soy amigo de ella —respondí—. Me escribió. La llevaré a casa.
Sus amigas me observaron con recelo. Lo entendí. Camila se movió inquieta y murmuró:
—Mary… estoy bien…
Me rodeó el cuello con los brazos, aferrándose con fuerza.
—Voy contigo —dijo Mary, mirándome fijamente.
Asentí.
Durante el trayecto, Mary no dejó de hacer preguntas: cuánto la conocía, de dónde, por qué tenía su ubicación. Respondí lo justo, sin mentir, pero sin dar detalles que no me correspondían. Camila dormía a ratos, temblando.
A mitad del camino, envié un mensaje breve y directo a mi investigador privado.
Necesito identificar a un sujeto en el Bar X. Revisar cámaras de seguridad. Posible agresión con droga. Prioridad máxima.
Cuando llegamos al edificio, Mary respiró más tranquila al reconocer la dirección.
—Gracias —me dijo—. Te dejo mi número. Por si necesitas algo.
Asentí.
Acostar a Camila fue un infierno logístico y moral. No dejaba de moverse, murmuraba palabras inconexas, se aferraba a mí como si soltarme fuera caer al vacío. Desvestirla para cambiarle la ropa, sin hacer absolutamente nada más, fue extraño, una de las tareas más difíciles que recuerdo. Todo con una mano, literalmente.
No dormí.
Horas después, cuando ella empezó a reaccionar mejor, recibí el mensaje que esperaba.
El investigador fue directo: había video.
En la grabación se veía claramente cómo una mujer con el rostro cubierto se acercaba al bartender y le deslizaba un sobre. Él miraba alrededor, hacía un movimiento rápido y preparaba el cosmopolitan que luego entregaba a Camila. La mujer se alejaba nerviosa. El ángulo no permitía ver bien el rostro.
—No sé quién es —dijo Camila cuando se lo mostré—. Y al hombre tampoco lo conozco.
Asentí en silencio.
Yo tampoco sabía quién era ella.
Pero alguien había querido hacerle daño.
Y eso no quedaría así.