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Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Mi ex quiere volver. Yo espero gemelos del magnate

Status: Terminada
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Posesivo / Mujer despreciada / Amante arrepentido / Embarazo no planeado / Completas
Popularitas:50
Nilai: 5
nombre de autor: Leslie Michelle Gonz

Mi esposo quería quedarse con mis bebés, criarlos con su amante y echarme después del parto.
Pero mis gemelos no eran suyos.
La clínica había usado por error la muestra de Jerónimo Alcántara, el magnate más temido de México.
Decidí divorciarme, recuperar mi dinero y sacar a la luz las mentiras de los Cardona. Rodrigo creía que yo no era nadie sin su apellido. Pronto descubriría cuánto le iba a costar haberme subestimado.
La esposa que había humillado era V, una artista reconocida. Y el hombre al que él jamás se atrevería a desafiar llevaba tiempo buscándome.
Mientras mi matrimonio se derrumbaba, Jerónimo empezó a hacer algo que mi esposo nunca había hecho: escucharme, protegerme y tomarse en serio lo que yo quería.
Ahora mi ex me ruega que vuelva.
Pero el padre de mis gemelos quiere casarse conmigo.
Y yo no pienso volver con el hombre que quiso quitarme a mis hijos.

NovelToon tiene autorización de Leslie Michelle Gonz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24

Al día siguiente amanecí con una sola pregunta clavada entre las costillas: ¿quién es Damián?

Poncho llegó a la hacienda a media mañana con la laptop bajo el brazo y ojeras de no haber dormido. Feliciano nos instaló en la biblioteca con café para él y el jugo que yo había pedido. Extendí sobre la mesa una hoja para ordenar nombres, deudas y movimientos. Si seguíamos tratando cada problema como un incidente aislado, íbamos a tardar demasiado en encontrar lo que los relacionaba.

—Empecemos por lo que sí sabemos —dije—. En los últimos cinco días, ¿qué le ha salido mal a los Cardona que no fui yo?

Poncho abrió la computadora y leyó de una lista.

—Uno. Las transferencias completas a Ámbar. Con Tania publicaste algunos documentos sobre su salida del país y su regreso; la carpeta que llevaste a la oficina de Rodrigo tenía muchos más movimientos. Esa no la entregaste a la prensa. Alguien publicó parte del resto el día de la comida familiar.

Anoté "filtración prensa — no fui yo" y le puse un signo de interrogación.

—Dos —siguió Poncho—. Grupo Cardona perdió tres contratos esta semana. Una constructora del norte, un proveedor hospitalario y un fondo que les daba liquidez. Los tres cancelaron con el mismo argumento: "riesgo reputacional". Y los tres recibieron, antes de cancelar, un expediente con información interna de los Cardona que solo alguien de adentro podía tener.

—De adentro —repetí, y subrayé la palabra dos veces.

—Tres. El nombre de Rómulo llegó a la Fiscalía por un chivatazo anónimo el mismo día. Cuatro, Fabiola recibió esa noche un mensaje invitándola a irse. Cinco, Rómulo tiene un informante en tiempo real dentro de la casona. —Poncho cerró la laptop—. Renata, si dibujas todo eso, no te da una línea. Te da una mano. Una sola mano moviendo cinco piezas a la vez, y siempre en el momento exacto en que más duele.

Me quedé mirando la hoja. Flechas de Ofelia a Rómulo, de Rómulo a Fabiola, de la prensa a los contratos, de los contratos a la quiebra. Y en el centro, donde todas las flechas se cruzaban, un espacio vacío. Un nudo sin nombre.

Escribí en ese hueco, con letra chica: Damián.

—Cuéntame otra vez lo del registro —pedí.

—Con Rómulo tenemos apellidos, cuentas y propiedades que relacionar —dijo Poncho—. De Damián solo tenemos el nombre que usa y un número prestado. Esos dos empleados recuerdan haberlo visto entrar sin anunciarse, como alguien de confianza. Voy a revisar los pagos y los archivos viejos de personal de los Cardona. Si alguien le abrió la puerta, tuvo que conocerlo de otra manera.

Sentí un escalofrío que no tenía que ver con el clima.

—¿Y qué quiere? —murmuré, más para mí que para él—. Rómulo quiere dinero y a Fabiola. Ofelia quería tapar su crimen. Rodrigo quiere que yo regrese. Todos quieren algo que se entiende. —Toqué el nombre en el centro del mapa—. Pero este… este no está robando contratos para quedárselos. Se los quita a los Cardona y no se los da a nadie. No pide rescate por Fabiola. No cobra por las filtraciones. —Levanté la vista—. No quiere lo que tienen los Cardona, Poncho. Quiere que los Cardona no tengan nada. Eso no es negocio. Eso es venganza.

Poncho me miró largo rato.

—Si es venganza —dijo despacio—, entonces le hicieron algo. A él, o a alguien suyo. Y lleva años preparándose.

—Averígualo —dije—. Todo. De dónde salió, de quién es hijo, contra quién carga esa cuenta. Y con cuidado, Poncho. Un hombre capaz de borrarse a sí mismo es capaz de cualquier cosa con quien lo busque.

Poncho asintió, guardó la computadora y se fue con la lista de encargos. Yo me quedé sola en la biblioteca, con mi mapa lleno de flechas y un solo nudo negro en el centro. Por primera vez en toda esta guerra no tenía la ventaja de la información. Alguien más veía el tablero completo, y yo apenas descubría que había un jugador de más.

Puse la mano sobre el vientre. Los gemelos, en su semana diecinueve, se movían apenas, un aletazo tibio bajo la palma. Les hablé en voz baja, como me había vuelto costumbre.

—No se preocupen, mis niños. A este también lo voy a dibujar. Solo necesito un nombre completo.

Afuera seguía lloviznando. Doblé la hoja con cuidado y la guardé en el bolso, junto a la ecografía. Dos cosas que no pensaba soltar.

Lo que sigue no lo vi con mis ojos. Lo reconstruyó Poncho semanas después, atando cables, sobornando a un velador, revisando la grabación de una cámara mal escondida. Me lo contó una noche, y aunque yo no estuve ahí, lo recuerdo como si lo hubiera visto: es la primera vez que supimos cómo era el hombre del hueco en mi mapa.

Según lo que Poncho logró averiguar, esa misma tarde, en un despacho pequeño en algún piso alto de la ciudad, con las persianas a media luz y una sola lámpara encendida, un hombre estaba sentado frente a un escritorio impecable. Vestía de gris, sin una arruga. Tenía a un lado tres teléfonos alineados como soldados. En la pantalla de uno corría, en silencio, la nota del escándalo Cardona; en otro, un mensaje sin responder de Fabiola; en el tercero, una llamada perdida de Rómulo. El hombre no tocó ninguno. Movía los hilos y luego los dejaba enredarse solos, que era lo que más le gustaba.

De un cajón cerrado con llave sacó una fotografía vieja, gastada en los dobleces. Una mujer joven, guapa, con una sonrisa cansada. La miró un largo rato, con una ternura que no le cabía en ninguna otra parte del cuerpo. Después pasó el pulgar sobre el rostro, muy despacio, y habló solo, en voz tan baja que la cámara apenas la registró.

—Ya casi, mamá —dijo Damián—. Voy a cobrarles cada humillación tuya. Uno por uno. Y no van a saber que fui yo hasta que ya no quede nada de ellos que salvar.

Guardó la foto. Apagó la lámpara.

Y en toda la casona de los Cardona, en toda la ciudad, nadie sabía todavía que la familia entera ya tenía, por dentro, una sentencia de muerte.

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