Anna creyó que era huérfana y pobre, pero en realidad es Leah, la heredera perdida del imperio mafioso de León. El día que su propio hermano Theo la encuentra, su pasado empieza a cobrarle factura.
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# Capítulo 22 # Despertar#
Anna sintió algo familiar.
Una presencia que conocía desde que tenía memoria.
El calor de una mano acariciando suavemente la suya.
El perfume de alguien que había estado a su lado durante toda su vida.
Su abuela.
Poco a poco, comenzó a regresar de aquel profundo sueño.
Primero movió los dedos.
Después frunció ligeramente el ceño.
Finalmente, abrió los ojos.
Margarethe, que permanecía sentada junto a la cama, se dio cuenta inmediatamente.
—Anna...
La joven parpadeó varias veces, intentando acostumbrarse a la luz.
—Abuela... ¿qué hacés acá?
Su voz apenas era un susurro.
Intentó incorporarse, pero un fuerte dolor de cabeza la obligó a llevarse una mano a la frente.
—¿Dónde estoy? Me duele mucho la cabeza.
Margarethe se apresuró a detenerla.
—Despacio, hija. No te levantes todavía.
Aquella manera de llamarla, «hija», no era casualidad.
Margarethe prácticamente había criado a Anna desde que era un bebé.
Para ella, aquella muchacha era mucho más que una nieta.
Era su niña.
Anna miró a su alrededor, todavía confundida.
Entonces vio a Henry parado en la puerta.
El hombre no quiso entrar. Sabía que aquel momento pertenecía a la abuela y a su nieta.
Margarethe volvió a hablar.
—¿No te acordás, hija? Entraron a robar a la tienda.
Anna la miró desconcertada.
Por un instante, sintió que el corazón se le detenía.
El secuestro.
El galpón.
Los hombres.
El miedo.
Theo.
Félix.
Todo pasó por su cabeza en cuestión de segundos.
Pero entonces vio a Henry.
Él le hizo discretamente un gesto para que no dijera nada.
Anna comprendió inmediatamente.
Su abuela no sabía la verdad.
Le habían ocultado el secuestro.
—Sí, abu... tenés razón —respondió finalmente—. Me golpearon en la cabeza y por eso estoy un poco confundida. Pero estoy bien, quedate tranquila. No pasó a mayores, por suerte.
Margarethe la miró preocupada.
—¿Estás segura?
Anna sonrió débilmente.
—Sí.
—¿Qué pasó?
Anna tuvo que improvisar.
—Alguien que pasaba vio la situación y llamó rápidamente a la policía. Los ladrones salieron corriendo antes de que pudieran atraparlos.
Margarethe soltó un profundo suspiro.
—Ahhh... bueno. Ahora me cierra todo.
Le acarició el cabello.
—Qué suerte, hija, que estás mejor.
Luego sonrió.
—Esta noche te voy a cocinar algo rico.
Los ojos de Anna se iluminaron.
La comida de su abuela siempre había sido especial.
Quizás porque Margareth no cocinaba solamente con ingredientes.
Cocinaba con amor.
Aunque últimamente lo hacía poco.
Pasaba gran parte de su tiempo visitando a sus otros hijos y nietos, ayudándolos con lo que necesitaban.
Anna jamás le había guardado rencor.
Sabía que muchos de sus tíos y primos también necesitaban de ella.
Margareth siempre había sido así.
Una mujer que se entregaba completamente a su familia.
Y, si había que buscar una prueba de ese amor, solo bastaba con mirarla a ella.
Había criado a Anna desde bebé sin pedir nada a cambio.
Sin esperar reconocimiento.
Sin preguntarse cuánto le costaría.
Simplemente porque la amaba.
Para Anna, eso era el verdadero amor.
Y en ese momento tomó una decisión.
Quizás no debía irse tan lejos.
Quizás no tenía sentido abandonar Alemania y alejarse de la única persona que siempre había estado a su lado.
Si conseguía una beca, estudiaría en la Universidad de Londres.
Estaría relativamente cerca.
Unas horas de viaje y podría volver a ver a su abuela siempre que lo necesitara.
Todavía no había recibido respuestas definitivas de las universidades a las que había enviado sus solicitudes, así que no sabía qué iba a suceder.
Pero ahora tenía algo claro.
No quería alejarse demasiado de Margareth.
Después de todo, podía perder muchas cosas en la vida.
Pero no quería perderla a ella.
Era su único hogar.
Su refugio.
La persona que, desde el primer día, la había elegido cuando nadie más lo había hecho.
Y Anna no estaba dispuesta a darle la espalda a ese amor.