Clarisa Hernández llegó a una universidad de élite para cambiar su destino, pero su humilde apellido se convierte en el mayor obstáculo de su vida.
Una noche junto a Samuel Flores, un poderoso y frío empresario, cambia todo cuando descubre que está embarazada.
Samuel le ofrece un matrimonio por contrato: ella obtendrá seguridad para su hijo y él conseguirá la esposa que necesita.
Pero hay una regla que ninguno puede romper: no enamorarse.
Lo que comenzó como un simple acuerdo pronto se convertirá en un peligroso juego de secretos, deseo y sentimientos que ninguno podrá controlar.
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Capítulo 11: Las condiciones
Clarisa permaneció varios minutos frente a la mesa.
La carpeta seguía abierta.
“El matrimonio deberá celebrarse antes de treinta días.”
Y debajo de aquella condición estaba la firma de Beatriz Flores.
No podía dejar de mirarla.
—¿Por qué ella ya tiene un contrato preparado? —susurró.
Su madre se acercó lentamente.
—Clarisa, ¿qué ocurre?
Ella levantó la mirada.
—La madre de Samuel sabía que esto iba a suceder.
Elena observó el documento.
—¿Estás segura?
—Mira la firma.
Elena guardó silencio.
Después cerró suavemente la carpeta.
—Entonces no tomes ninguna decisión esta noche.
Clarisa asintió.
—No quiero casarme por obligación.
—Y no tienes que hacerlo.
Aquellas palabras le dieron un poco de tranquilidad.
Pero Clarisa sabía que al día siguiente tendría que enfrentarse a Samuel.
Y necesitaba respuestas.
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A la mañana siguiente, Clarisa llegó a Flores Group con la carpeta bajo el brazo.
Samuel la esperaba en su oficina.
Apenas la vio entrar, supo que algo había cambiado.
—¿Leíste el contrato?
Clarisa dejó la carpeta sobre el escritorio.
—Sí.
—¿Y?
—Tengo preguntas.
Samuel señaló una silla.
—Siéntate.
Clarisa permaneció de pie.
—Primero quiero saber por qué tu madre ya tenía este documento preparado.
Samuel frunció el ceño.
—No lo sabía.
—¿No?
—No.
Clarisa abrió la carpeta y señaló la firma.
—Entonces alguien está tomando decisiones sobre nuestra vida sin consultarnos.
Samuel tomó el documento.
Al ver la firma de Beatriz, su expresión se endureció.
—Hablaré con ella.
—No quiero que solamente hables con ella. Quiero saber la verdad.
Samuel levantó la mirada.
—La tendrás.
Clarisa respiró profundamente.
—Ahora quiero revisar todas las condiciones.
Samuel asintió.
—De acuerdo.
Ella comenzó a leerlas una por una.
—Primera condición: el matrimonio durará un año.
—Correcto.
—Segunda: ambos tendremos habitaciones independientes.
—Sí.
—Tercera: podré continuar estudiando y trabajando.
—Por supuesto.
—Cuarta: mis ingresos serán exclusivamente míos.
—No quiero controlar tu dinero.
Clarisa pasó a la siguiente página.
—Quinta: ninguno podrá obligar al otro a realizar actos que no quiera.
Samuel asintió.
—Es importante.
Ella levantó la mirada.
—Sexta: no habrá interferencia de nuestras familias en las decisiones personales.
Samuel soltó una pequeña sonrisa.
—Esa será probablemente la más difícil de cumplir.
Clarisa no sonrió.
—Precisamente por eso quiero que quede escrita.
Samuel tomó un bolígrafo y agregó una anotación.
—Quedará.
Clarisa continuó leyendo.
Entonces llegó a una cláusula que no había visto la noche anterior.
—¿Qué significa esto?
Samuel se acercó.
—¿Cuál?
—La cláusula sobre la imagen pública.
Samuel leyó.
“Durante la vigencia del acuerdo, ambas partes deberán mantener una imagen de matrimonio estable frente a socios, familiares y medios.”
Clarisa frunció el ceño.
—¿Eso significa que tendremos que fingir?
—Frente a determinadas personas, sí.
—No me gusta.
—Podemos modificarla.
Samuel tachó la frase.
—Entonces quedará así: “Ambas partes decidirán conjuntamente cuándo y cómo presentar su relación públicamente”.
Clarisa lo observó.
—¿Harías eso por mí?
—Es nuestro contrato. No el mío.
Aquella respuesta la sorprendió.
Samuel volvió a sentarse.
—Hay algo más que debes saber.
—¿Qué?
—Mi familia no aceptará fácilmente este matrimonio.
Clarisa bajó la mirada.
—Ya lo imaginaba.
—Mi madre intentará controlar la situación.
—¿Y Victoria?
Samuel guardó silencio.
Ese silencio fue suficiente.
—Ella también está involucrada, ¿verdad?
—Todavía no tengo pruebas.
—Pero sospechas de ella.
—Sí.
Clarisa cerró la carpeta.
—Entonces quiero otra condición.
Samuel la miró con atención.
—Dime.
—Si alguien intenta perjudicarme por este matrimonio, tú tendrás que decirme la verdad. No quiero que vuelvas a ocultarme información para protegerme.
Samuel permaneció callado.
Finalmente asintió.
—Acepto.
—¿Aunque sea algo relacionado con tu familia?
—Aunque sea algo relacionado con mi familia.
Clarisa extendió la mano.
—Entonces tenemos un acuerdo.
Samuel miró su mano durante un instante antes de estrecharla.
—Tenemos un acuerdo.
Fue un gesto sencillo.
Pero ambos comprendieron que acababan de cruzar una línea.
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Más tarde, Samuel fue directamente a la residencia familiar.
Beatriz estaba en el salón cuando lo vio entrar.
—Samuel, esperaba que vinieras.
Él dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Por qué preparaste un contrato matrimonial para Clarisa?
Beatriz no pareció sorprendida.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
—No te correspondía.
—Soy tu madre.
—Eso no te da derecho a decidir con quién me caso.
Beatriz se levantó.
—No estás entendiendo la situación.
—Entonces explícame.
Ella se acercó lentamente.
—El consejo familiar ya sabe que necesitas casarte antes de cumplir treinta años.
Samuel endureció la mirada.
—¿Quién les informó?
Beatriz no respondió.
—Mamá.
—Tu padre dejó instrucciones antes de morir.
Samuel quedó inmóvil.
—¿Qué instrucciones?
Beatriz lo miró fijamente.
—No solamente dejó condiciones sobre la empresa.
Hizo una pausa.
—También dejó una condición relacionada con tu matrimonio.
Samuel sintió que algo no encajaba.
—¿Cuál?
Beatriz tomó un sobre de uno de los cajones y se lo entregó.
—Léelo.
Samuel lo abrió.
Sus ojos recorrieron el documento.
Su expresión cambió.
—Esto no puede ser.
—Es auténtico.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque sabía que te negarías.
Samuel levantó la mirada.
—¿Qué dice exactamente?
Beatriz respondió con calma:
—Que para conservar el control total de Flores Group, debes demostrar que tu matrimonio es legítimo y estable durante al menos un año.
Samuel apretó el documento.
Entonces comprendió por qué su madre había preparado el contrato.
Pero había algo que todavía no entendía.
—¿Y por qué Clarisa?
Beatriz sonrió de una manera que Samuel no reconoció.
—Porque ella es la única mujer que puede cumplir una condición que tú todavía desconoces.
Samuel frunció el ceño.
—¿Qué condición?
Beatriz no respondió.
En ese instante, el teléfono de Samuel vibró.
Era un mensaje de Andrés.
“Señor, descubrimos quién accedió al expediente de Clarisa.”
Samuel abrió el mensaje.
Debajo aparecía un nombre.
Beatriz Flores.
Samuel levantó lentamente la mirada hacia su madre.
—¿Fuiste tú?
Beatriz no respondió.
Y aquel silencio fue suficiente para que Samuel comprendiera que el contrato escondía un secreto mucho más grande.