Una joven inocente a muerto, pero, lo inimaginable ha sucedido; un alma proveniente de otra época, ha reencarnado en su cuerpo, Victoria fue una reina tirana, que gobernó con firmeza y conquisto reinos sin titubear, ahora, para sobrevivir, tendrá que convertirse en la reina de la mafia.
Pero, en su camino se cruzara con Alexey, un líder mafioso a quien no se verá como un digno rival, si no que también, podrías ser su aliado más poderoso.
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Capítulo 5: La Primera Furia de Alexey
El almacén número cuatro del puerto sur olía a salitre, óxido y combustible quemado. Eran las tres de la madrugada cuando las patrullas de reconocimiento de Alexey Volkov detectaron el movimiento de tropas no autorizadas en el perímetro. Alexey había acudido en persona, vistiendo un abrigo táctico negro sobre su traje, armado con dos pistolas automáticas y acompañado por cincuenta de sus hombres más leales.
El capo mafioso estaba furioso. La incursión del Sindicato del Norte en los muelles que acaba de negociar con Victoria era una afrenta directa a su autoridad. Pero lo que realmente quemaba la sangre de Alexey no era la pérdida del territorio, sino la sospecha de que la joven lo hubiera utilizado como cebo para provocar un enfrentamiento entre las dos organizaciones más poderosas de la ciudad.
—Señor, los hombres del Sindicato han tomado el muelle principal —informó Iván, ajustándose el chaleco antibalas—. Tienen posiciones elevadas con tiradores de elite. Si entramos por la puerta frontal, será un suicidio.
—Entraremos por todas partes —ordenó Alexey con la voz ronca por la furia—. Quiero a cada uno de esos bastardos muertos antes del amanecer. Y si encuentran a la chica Silva allí dentro, tráiganmela con vida... yo mismo me encargaré de romperle esa soberbia.
Sin embargo, antes de que los hombres de Alexey pudieran iniciar el asalto, una serie de detonaciones ensordecedoras sacudió la estructura del almacén. Pero no eran explosiones de granadas convencionales; un resplandor de luz púrpura y sombras densas estalló en el interior del edificio, seguido por los gritos desgarradores de decenas de hombres que sonaban como si estuvieran siendo despedazados por bestias invisibles.
Alexey tiró de la puerta metálica de acceso y se adentró en el almacén junto a sus sicarios.
El escenario en el interior era de una carnicería demencial. Los trescientos mercenarios del Sindicato del Norte yacían en el suelo en posturas grotescas, con las armas destrozadas y los rostros congelados en rictus de un terror absoluto. En el centro de la nave industrial, sobre una montaña de contenedores de carga, estaba Victoria.
Lucía un conjunto táctico de cuero negro que acentuaba su figura, con dos dagas bañadas en sangre en las manos y el cabello agitado por una brisa fría que parecía generarse dentro del propio recinto cerrado. A sus pies yacía el líder de la incursión del Sindicato, ahogándose en su propia sangre mientras Victoria le pisaba la cabeza con absoluta indiferencia.
—Llegas tarde otra vez, bárbaro —dijo la Reina, mirando al capo desde la cima de la montaña de contenedores con una sonrisa burlona—. Tuve que limpiar tu puerto yo misma. Parece que tus tropas son un poco lentas para reaccionar ante una amenaza real.
Alexey se quedó inmóvil, observando la escena con una mezcla de conmoción, furia y una fascinación desenfrenada que le quemaba las entrañas. Caminó a través de los cadáveres hasta la base de los contenedores, desenfundó su pistola y le apuntó directamente al pecho.
—¿Jugaste conmigo desde el principio? —demandó Alexey, con los ojos grises ardiendo como brasas—. Sabías que el Sindicato atacaría aquí esta noche. Nos usaste a todos como peones en tu pequeño teatro.
Victoria saltó desde una altura de cinco metros con una gracia felina, aterrizando a menos de un metro de él sin hacer el menor ruido.
—Yo no uso peones, yo extermino plagas —respondió ella, dando un paso adelante hasta que el cañón de la pistola del capo chocó contra su esternón—. Este puerto ahora está completamente limpio de enemigos. Te he ahorrado millones de dólares en pérdidas y decenas de bajas entre tus hombres. Deberías estar de rodillas dándome las gracias.
—Nadie me dice qué debo hacer, y mucho menos una criatura que cree que puede dominar mi ciudad —rugió Alexey.
Tiró el arma al suelo, sujetó a Victoria por los hombros y la estrelló violentamente contra el lateral de un contenedor metálico. El impacto hizo eco en todo el almacén. Victoria respondió al instante clavándole la rodilla en el abdomen con la fuerza de un impacto hidráulico, haciendo que el gigante soltara un jadeo de dolor.
Se enzarzaron de nuevo en una lucha salvaje. Alexey usaba su peso y su fuerza descomunal para intentar inmovilizarla, sujetándole los brazos mientras intentaba sofocar sus ataques; Victoria utilizaba su agilidad sobrehumana y ráfagas de presión mágica para romper la defensa del capo, dejándole cortes superficiales en los brazos y el rostro con sus dagas.
Rodaron sobre la superficie de metal, forcejeando entre puñetazos, llaves de sumisión y mordiscos. La sangre de ambos volvió a manchar la ropa del otro en una danza de violencia y atracción pura. Cuando Alexey logró finalmente acorralarla contra el suelo, sujetándole las manos por encima de la cabeza mientras su cuerpo musculoso la aprisionaba por completo, ambos estaban sudando, sangrando y respirando con dificultad.
—Eres un demonio insoportable —jadeó Alexey, con el rostro a milímetros del de ella, sintiendo el calor de su piel y la ferocidad de su mirada.
—Y tú eres un bárbaro que no sabe cuando admitir su derrota —replicó Victoria, levantando la cabeza para atrapar sus labios en un beso feroz, lleno de rabia, dolor y un deseo insaciable que hizo que Alexey soltara un gemido ahogado mientras le devolvía el beso con una posesión salvaje.