En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 4
La habitación no era un despacho, sino una cámara de sombras diseñada para que el tiempo se detuviera y la voluntad se quebrara. No había ventanas, solo el zumbido eléctrico de una lámpara de luz blanca que colgaba sobre una mesa de metal frío, dejando las esquinas del lugar sumidas en una oscuridad impenetrable. El aire era pesado, con un regusto metálico y el olor persistente al cloro usado para borrar los rastros de quienes habían ocupado esa silla antes que ella.
Evelyn estaba sentada, con las manos aún encadenadas a la espalda. El dolor en sus hombros era una punzada constante, pero se negaba a encorvarse. Cada vez que su cuerpo gritaba por un respiro, ella visualizaba el rostro de Leo y la mirada de Martha en la plaza. Eso la mantenía erguida, como un junco que se niega a romperse ante el vendaval.
El silencio se prolongó durante minutos, una táctica psicológica que Evelyn reconoció de inmediato. Entonces, el chirrido de las bisagras anunció su llegada.
William no entró con estrépito. Sus pasos eran lentos, rítmicos, el sonido del cuero de sus botas contra el suelo de concreto resonaba como una sentencia de muerte. No vestía su chaqueta de gala; solo llevaba una camisa negra de seda con las mangas remangadas hasta los codos, revelando antebrazos poderosos y marcados por la tensión. El Comandante no necesitaba sus insignias para dominar el espacio; su propia oscuridad era suficiente.
Se detuvo justo en el borde del círculo de luz. Sus ojos azules, ahora convertidos en dos astillas de hielo, la escanearon con una lentitud insultante. No había furia en su rostro, solo una curiosidad clínica, como la de un entomólogo observando a un insecto bajo el microscopio.
—Me han dicho que te llamas Evelyn —dijo él. Su voz, en la brevedad de ese espacio cerrado, sonó más profunda, vibrando en el pecho de ella como un trueno lejano—. Un nombre suave para una mujer tan... ruidosa.
Él comenzó a caminar alrededor de ella, trazando un círculo perfecto. Evelyn no giró la cabeza; mantuvo la vista al frente, aunque sentía el calor de su presencia cada vez que pasaba por detrás de su nuca.
—En mis informes dice que eres boticaria. Que curas a los que el sistema descarta. —William se detuvo detrás de ella. Se inclinó lo suficiente para que su aliento rozara la oreja de Evelyn. El olor a tabaco y jabón de sándalo la envolvió, una fragancia que le resultaba dolorosamente familiar y que luchaba por despertar recuerdos que ella intentaba mantener dormidos—. Dime, Evelyn, ¿qué motiva a alguien como tú a desafiarme en mi propia plaza? ¿Es heroísmo o es simplemente que no valoras tu vida?
—La vida no tiene valor si se vive de rodillas, Comandante —respondió ella, con la voz firme a pesar de la sequedad de su garganta.
William soltó un sonido seco, una especie de risa sin humor. Se movió hacia el frente y apoyó ambas manos sobre la mesa de metal, inclinándose hacia ella. Invadió su espacio personal de manera agresiva, forzándola a echar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual. Estaba tan cerca que Evelyn podía ver la red de cicatrices casi invisibles que surcaban sus nudillos.
—Las rodillas son una posición segura —susurró él, bajando el tono hasta convertirlo en una caricia peligrosa—. Los que se quedan de pie suelen terminar colgados. O algo peor.
Evelyn no retrocedió. A pesar de que su corazón martilleaba con violencia contra sus costillas, sostuvo la mirada. Estaba viendo al niño que jugaba entre los sauces, pero atrapado detrás de una máscara de crueldad absoluta. El conflicto entre lo que sentía y lo que veía la hizo temblar, no de miedo, sino de una rabia impotente.
—Ya estoy en algo peor —replicó ella—. Estoy frente a un hombre que ha muerto por dentro y que intenta que todo el mundo se pudra con él.
El rostro de William se endureció. La mandíbula se le tensó de tal forma que un pequeño músculo saltó en su mejilla. Fue un movimiento rápido, casi instintivo: William estiró su mano derecha y le levantó el mentón con brusquedad, apretando sus dedos contra la mandíbula de ella con una fuerza que le arrancó un gemido ahogado.
—Cuidado —advirtió él, sus ojos brillando con una luz salvaje—. Mi paciencia tiene un límite que tú ya has cruzado varias veces hoy. Podría entregarte a Marcus. Podría dejar que los interrogadores de verdad se encarguen de borrar esa insolencia de tu cara.
Evelyn sintió la humillación arder en sus mejillas. El contacto de sus dedos, aunque brusco, enviaba chispas eléctricas a través de su piel. Era una invasión total de su ser. Vio el orgullo de William, esa arrogancia que lo hacía sentirse dueño de la vida y la muerte, y sintió un asco profundo que superó a su prudencia.
Reunió la poca humedad que quedaba en su boca y, con un movimiento seco de la cabeza, escupió directamente sobre las botas relucientes de William.
El silencio que siguió fue absoluto.
Evelyn cerró los ojos un instante, esperando el golpe. Sabía cómo funcionaba el mundo de William: a la violencia se respondía con más violencia. Esperaba el impacto de su mano, el dolor de ser lanzada contra el suelo, quizás algo peor.
Pero el golpe no llegó.
William bajó la vista hacia la mancha en su bota derecha. Lentamente, soltó el mentón de Evelyn. Su mano permaneció en el aire un segundo, suspendida, antes de cerrarse en un puño. Evelyn abrió los ojos y vio algo que no esperaba.
William estaba riendo.
No era una carcajada alegre, sino una risa gélida, entrecortada, que nacía de un lugar oscuro y olvidado. Era el sonido de alguien que acababa de encontrar una pieza de oro entre un montón de basura. Se llevó una mano a la frente, cubriéndose los ojos mientras sus hombros se sacudían levemente.
—Increíble —dijo finalmente, recuperando la compostura, aunque una sonrisa depredadora permanecía en sus labios—. Todos en Asque me miran como si fuera el fin del mundo. Me temen tanto que olvidan cómo respirar. Y tú... tú me escupes.
Se acercó de nuevo, pero esta vez no había una amenaza inmediata, sino una fascinación perturbadora. Estaba obsesionado con su resistencia. Para un hombre que lo tenía todo bajo control, Evelyn era el único elemento que no podía predecir, y eso, de una forma retorcida, le resultaba adictivo. Era el primer desafío real que encontraba en años, la primera vez que sentía que alguien le devolvía el golpe, no con armas, sino con espíritu.
—Ibas a ir a los calabozos comunes —dijo William, su voz recuperando la autoridad, pero con un matiz nuevo—. Ibas a ser una cifra más en la lista de ejecuciones de la próxima semana.
Se enderezó, limpiándose la bota con un pañuelo de seda que sacó de su bolsillo con una calma que ponía los pelos de punta.
—Pero no permitiré que las ratas de las alcantarillas terminen lo que yo he empezado. —William caminó hacia la puerta y golpeó el panel metálico—. ¡Guardias!
Dos soldados entraron de inmediato, cuadrándose.
—Llévenla al ala norte. A las habitaciones de servicio del tercer piso. Pongan dos guardias permanentes en la puerta. Si intenta escapar, no la maten, pero asegúrense de que no pueda volver a caminar durante un mes.
Evelyn lo miró, desconcertada. El ala norte era parte de la mansión residencial del Comandante, no de la prisión militar.
—¿Por qué? —preguntó ella, con la voz quebrada—. ¿Por qué no simplemente terminar con esto?
William se detuvo en el umbral de la puerta. Se giró a medias, dejando que la luz de la lámpara iluminara solo un lado de su rostro. En ese momento, parecía una de las estatuas de la plaza: hermoso, frío y eterno.
—Porque quiero ver cuánto tiempo tarda esa llama en apagarse —respondió él—. O si, por el contrario, eres capaz de incendiar toda mi mansión.
Cerró la puerta tras de sí, dejando a Evelyn en la penumbra. Ella se dejó caer contra el respaldo de la silla, sus pulmones finalmente trabajando para recuperar el aire perdido. Había sobrevivido al interrogatorio, pero sabía que acababa de entrar en una trampa mucho más sutil. William no quería su información; quería su voluntad. Y ella, al escupirle, no solo había salvado su vida de los calabozos, sino que había encendido una hoguera en el corazón del Comandante que ahora amenazaba con consumirlos a ambos.
Mientras los guardias la levantaban para trasladarla, Evelyn se hizo una promesa: no importaba cuán cerca estuviera él, no importaba cuán familiar le resultara su presencia, nunca olvidaría que el hombre que reía en la oscuridad era el mismo que hacía llorar a Asque bajo el sol. La batalla de voluntades no había hecho más que empezar, y el campo de juego ahora era el terreno privado del monstruo.