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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Las dos caras de Valentina.

Las dos caras de Valentina.

La luz azulada de las pantallas proyectaba sombras danzantes en el salón privado del Metropol, donde Valentina, Katia y Karla se habían reubicado en un reservado tras la firma del acuerdo preliminar. Con las copas de champán aún llenas ninguna de las tres había bebido más que un sorbo ceremonial, desplegaron sus tablets y establecieron una videollamada cifrada con las gemelas Lombardi, Laura y Lorena, cuyos rostros aparecieron en la pantalla dividida desde sus respectivas oficinas en Berlin y Moscú. Laura, la mayor por siete minutos y estratega financiera del clan, llevaba sus gafas de carey apoyadas sobre la nariz y un cigarrillo electrónico entre los dedos; Lorena, la mente creativa, tenía el cabello recogido en un moño desordenado y una taza de té verde humeante frente a ella. Valentina no perdió tiempo en cortesías. El trato está cerrado, anunció, su voz clara y metálica como una campanada. Los abogados de ambas partes han revisado cada cláusula; el borrador final se enviará mañana a primera hora y la firma se producirá en menos de una semana, tal como Laura y tú solicitaron. No hubo contratiempos.

Karla asintió desde su asiento, mostrando los croquis finales en su tableta: las fachadas de vidrio líquido y acero cortén que integrarían los jardines verticales y las piscinas en las azoteas, un guiño a la simbiosis entre naturaleza y lujo que los empresarios chinos habían aplaudido. Pero fue Katia quien robó el protagonismo. La joven analista, de apenas veintiocho años y mirada de halcón, desgranó con precisión quirúrgica cada riesgo que había identificado: las fluctuaciones del yuan frente al rublo, las posibles trabas burocráticas en las zonas de desarrollo especial, los protocolos de seguridad ante ciberataques y, sobre todo, el blindaje contractual que impedía a los inversores chinos modificar los plazos de entrega sin penalizaciones astronómicas. Hemos incluido una cláusula de fuerza mayor ampliada, explicó Katia, iluminando la pantalla con gráficos, y un mecanismo de arbitraje en Suiza que les quita cualquier ventaja local. También negociamos que el 30% del pago sea en oro físico, no en papel, para cubrirnos ante cualquier devaluación repentina. Lorena sonrió con aquella media luna que solo mostraba cuando estaba realmente satisfecha. Katia, eres brillante, dijo, su acento entrebel ruso y el italiano tiñendo las palabras. Te ascendí por tu olfato, pero esto supera mis expectativas. Laura, más parca, se limitó a asentir y ajustó sus gafas: Bien hecho, Valentina. Sabía que podía contar contigo. La llamada se despidió con promesas de celebrar en persona una vez los planos se convirtieran en cimientos.

Valentina apagó la pantalla y reclinó su silla, la satisfacción brillando en sus ojos verdes como un destello de acero recién afilado. Karla y Katia intercambiaron miradas cómplices: sabían que aquella victoria era solo el primer movimiento en un tablero mucho más grande, y que su jefa, con su frialdad quirúrgica y su intuición felina, ya estaba trazando la siguiente jugada.

Desde la penumbra de su blindado estacionado a dos calles del Metropol, Alexander no apartaba la mirada de la tableta que reproducía las imágenes de las cámaras de seguridad. La pantalla mostraba a las tres mujeres en el reservado: Karla gesticulando con entusiasmo, Katia tomando notas, y Valentina, siempre Valentina, en el centro del encuadre, con esa mezcla de autoridad y distancia que la convertía en un imán para la atención y en un muro infranqueable a la vez. Alexander observaba, pero no como un simple espectador; evaluaba. Su mente entrenada en los matices del poder descomponía cada gesto de ella: la forma en que inclinaba la cabeza al escuchar, el movimiento preciso de sus dedos al deslizar la tableta, la rigidez de sus hombros cuando Katia presentaba un riesgo no previsto, una rigidez que desaparecía en cuanto la joven lo resolvía.

Admiraba su inteligencia, su capacidad para manejar la presión, su libertad intelectual para tomar decisiones sin consultarle a nadie, sin pedir permiso. Aquella Valentina era la empresaria implacable, la estratega que movía hilos en las sombras, la misma que había construido su propio imperio desde cero y que ahora dirigía proyectos millonarios con la frialdad de un cirujano.

Pero Alexander conocía la otra cara de esa moneda. Mientras sus dedos trazaban patrones abstractos sobre el volante de cuero, su memoria evocaba la mujer que, horas antes, se había enredado en su cuerpo con la ferocidad de una pantera, la que lo había mordido hasta hacerlo sangrar y luego había exigido ser llevada al cielo en treinta minutos o menos. Esa Valentina ardiente, desinhibida y alocada, no tenía nada que ver con la que ahora firmaba contratos. Y sin embargo, ambas eran ella: la misma mujer que creía firmemente que podía actuar como una igual ante sus amantes, que podía controlar el ritmo del deseo y fijar las reglas incluso en la entrega más salvaje. Alexander había visto esa habilidad suya antes, en otras ocasiones: la capacidad de comportarse como la dueña absoluta del juego erótico, marcando el tiempo, exigiendo placer sin sumisión, devorando y siendo devorada sin perder nunca el control. Era un desafío para su propio ego de macho alfa, porque ella no se doblegaba ni en la cama; se entregaba por decisión propia, no por rendición. Esa dualidad lo fascinaba y lo enfurecía a partes iguales. Mientras la veía despedirse de Karla y Katia con un apretón de manos profesional, Alexander apretó los dientes y encendió el motor. Sabía que seguiría a Valentina hasta donde fuera necesario, no para poseerla—eso ya era imposible—sino para entenderla, para descifrar el código de esa mujer que se movía entre el hielo y el fuego como pez en el agua, y que, contra todos sus pronósticos, se había convertido en su obsesión más peligrosa.

El nombre de Valentina, proviene del latín Valentinus, que a su vez deriva de valens, participio activo de valere, cuyo significado es "estar fuerte", "tener salud", "ser poderoso". En la antigua Roma, el término se asociaba con la vitalidad física y la fortaleza del carácter, y fue santificado en la figura de varios mártires cristianos que desafiaron al imperio con la fuerza de su fe. Pero más allá de su raíz lingüística, el nombre de Valentina Ivanova parecía haber sido profético, una suerte de designio ancestral que moldeó su personalidad desde la cuna. Aquella mujer encarnaba el valor en todas sus acepciones: la valentía de enfrentarse a un imperio empresarial sin padrinos ni herencias, la fortaleza de sobrellevar la orfandad temprana y forjar un camino en un mundo de hombres que la subestimaban por su belleza, y la audacia de plantar cara al propio Alexander Lombardi, uno de los hombres más temido de los círculos financieros europeos, sin inmutarse ante su estatura ni su reputación.

Pero el significado de su nombre no se agotaba en la esfera profesional. En lo personal, Valentina era la encarnación del amor feroz, de la pasión que no pide permiso sino que toma, que no se rinde sino que exige. Su forma de querer, si es que podía llamarse así a sus arrebatos de fuego y terquedad, llevaba la misma impronta de su nombre: una intensidad que quemaba y sanaba a partes iguales, una lealtad fiera a sus principios que la llevaba a dar todo sin reservas, pero también a retirarse sin explicaciones si sentía que su fortaleza era puesta en duda. En sus relaciones, Valentina aplicaba el mismo criterio que en los negocios: no toleraba la debilidad ni la indecisión. Si un amante no estaba a la altura de su propio nombre, si no podía sostener su mirada ni su ritmo, ella lo descartaba con la misma frialdad con que anulaba una cláusula contractual desfavorable.

Alexander, con su obsesión por controlar, se había encontrado con la única variable que se resistía a ser dominada: una mujer cuyo nombre la definía como tempestad, como raíz profunda y como llama inextinguible. Mientras el motor de su coche rugía en la noche moscovita, él comprendió, quizá por primera vez, que el verdadero desafío no era doblegar a Valentina, "misión imposible desde el principio, sino aprender a bailar al compás de su fuerza sin intentar marcarle el ritmo". Porque ella, fiel a su nombre, no se doblegaba ni ante el hambre, ni ante el poder; solo se entregaba cuando y como quería, y eso, para Alexander Lombardi, era a la vez la maldición y la fascinación más absoluta de su vida.

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