Morí una vez intentando salvar una vida. No pienso morir una segunda vez por culpa de unos traidores.
Cuando Saray Lagranh reencarna como Kaileris Enthal, la villana destinada a ser ejecutada en una novela que había leído, descubre que la verdadera culpable era su mejor amiga y que su prometido jamás estuvo de su lado.
Conociendo su trágico final, decide cambiar su destino de la forma más escandalosa posible.
"¿Mi ex prometido y mi ex mejor amiga me convirtieron en la villana? Perfecto. Entonces voy a convertirme en la mujer más influyente de este imperio. Y si para lograrlo termino casándome con el padre de mi ex prometido, mejor aún."
Entre intrigas nobles, planes de venganza, animales rescatados y una protagonista tan inteligente como sarcástica, Kaileris está decidida a demostrar que la mejor venganza no es destruir a tus enemigos...
Es convertirte en la persona que jamás podrán superar.
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El precio de un escándalo y una aliada inesperada
La mañana siguiente llegó con el sol filtrándose perezosamente por los enormes ventanales de mis aposentos en el Palacio Carsont, pero la paz duró lo que tarda en enfriarse una taza de té. No necesité salir de la cama para saber que la capital estaba sufriendo un terremoto de proporciones bíblicas. El eco de los periódicos de chismes de la alta sociedad ya se sentía en el murmullo apurado de las doncellas en los pasillos.
Cuando bajé al comedor principal, vestida con un impecable conjunto de seda color azul noche de mangas largas que se ceñía a mi cintura con perfecta elegancia, encontré a Xilian sentado a la cabecera. Ya vestía su uniforme oficial, aunque sin la capa, y sostenía un reporte militar en una mano y una copia de la gaceta social en la otra.
—Vaya, Xilian. Veo que nuestro desayuno viene con literatura ligera —comenté, sentándome a su lado con una gracia perezosa mientras una sirvienta me servía café negro—. ¿Qué dice la prensa sobre la "desvergonzada" prometida del General de Sangre?
Xilian bajó el periódico, y una chispa de esa diversión lobuna y oscura brilló en sus ojos rojos al mirarme.
—Dicen que eres una criatura salvaje que ha hechizado al lobo de Carsont —respondió con su voz profunda, deslizando la gaceta sobre la mesa de roble hacia mí—. Sabell pasó la noche llorando en el palacio de su familia y Selius tuvo que ser contenido por sus propios guardias en el club de oficiales tras enterarse de que lo llamaste "basura reciclada" frente a la Emperatriz viuda. Tu reputación como la dama más mansa de la capital ha muerto oficialmente, Kaileris.
—Oh, qué lástima. Haré un minuto de silencio por ella —me burlé, tomando un sorbo de café—. La mansedumbre no paga las cuentas, Xilian. Ni tampoco gana guerras políticas. ¿Hubo alguna reacción oficial de la corte?
Antes de que pudiera responder, Biron entró al comedor a paso firme, portando una bandeja de plata que sostenía una carta lacrada con cera de un color dorado purísimo y el sello de un abanico de marfil. La firma imperial.
—Excelencia, Lady Kaileris —anunció Biron con una leve inclinación—. Un carruaje con la escolta personal de la Emperatriz viuda acaba de llegar a las puertas del palacio. Traen una invitación directa y privada para la futura Duquesa. Exige su presencia en el ala norte del palacio imperial en una hora. Sola.
Miró la carta y luego levanté los ojos hacia Xilian. El aire en el comedor se volvió notablemente más frío. Dejó su reporte sobre la mesa, sus facciones endureciéndose instantáneamente en la máscara del General implacable.
—Es una trampa o una prueba —sentenció Xilian, cruzando los brazos—. Ayer le divertiste el día, pero hoy la Emperatriz viuda quiere medir hasta dónde llega tu alcance. Ir sola a sus aposentos privados es entrar directamente a la boca del lobo. Puedo enviar a mi guardia personal para escoltarte, o inventar una excusa médica si no te sientes lista para lidiar con ella sin mi respaldo.
(En sus pensamientos: ¿No sentirme lista? Por favor, Xilian. He lidiado con juntas directivas corporativas llenas de tiburones hambrientos en mi vida pasada. Una anciana con corona y un abanico de marfil es solo un lunes por la mañana para mí).
—¿And dejar que piense que la futura Duquesa Carsont se esconde detrás de los pantalones de su prometido? Jamás, Xilian —respondí, poniéndose de pie y alisando los pliegues de mi vestido—. Ayer la Emperatriz pensó que yo podría ser su amiga entre ese nido de víboras. Es hora de demostrarle que tengo el veneno suficiente para ser una aliada muy rentable, o una enemiga sumamente costosa.
Xilian se levantó también, acortando la distancia entre los dos con esa zancada imponente que siempre me tomaba por sorpresa. Su mano grande se posó en la curva de mi cuello, sus dedos cálidos rozando la piel justo por encima del rubí de sangre que seguía adornando mi garganta. Su pulgar delineó mi mandíbula con una presión firme y posesiva.
—Me gusta tu arrogancia, Kaileris —murmuró, sus ojos rojos fijos en los míos, brillando con una intensidad peligrosa—. Pero recuerda: si esa anciana intenta morder más de la cuenta, destruye el salón si es necesario. El ducado Carsont tiene suficiente poder para respaldar cualquiera de tus caprichos destructivos.
Le dediqué una sonrisa letal, disfrutando de la absoluta seguridad que emanaba de su toque.
—Descuide, General. Guarde sus soldados para el campo de batalla. En los salones de té, yo soy el ejército.
El carruaje imperial me dejó en el ala norte, una zona del palacio caracterizada por su arquitectura antigua, pesada y rodeada de un silencio místico. Los guardias reales me guiaron a través de pasillos alfombrados en terciopelo carmesí hasta las puertas de las estancias privadas de la Emperatriz viuda. Al entrar, las doncellas se retiraron de inmediato, dejándome completamente a solas con la soberana.
La Emperatriz viuda estaba sentada junto a un gran ventanal que daba a los jardines colgantes, vistiendo un traje de luto riguroso pero ornamentado con hilos de oro. No usaba corona, pero su sola presencia llenaba la habitación. Sobre la mesa de té frente a ella, humeaban dos tazas de porcelana.
—Lady Kaileris Enthal —habló la anciana, su voz arrastrándose con una parsimonia calculadora—. O debería decir... la mujer que hizo colapsar el decoro de mi corte con un solo beso. Toma asiento.
Caminé con paso firme y me senté frente a ella sin mostrar el más mínimo rastro de nerviosismo. Sostuve su mirada gélida con absoluta tranquilidad.
—Agradezco la invitación, Su Majestad Imperial —respondí, manteniendo el tono protocolar pero sin la sumisión exagerada que las demás nobles solían fingir.
La Emperatriz viuda entornó los ojos, observando mi postura impecable. De repente, una sonrisa sutil y afilada apareció en sus labios y soltó un pequeño suspiro, relajando su espalda contra el respaldo de su silla.
—Ayer, cuando te vi desafiar a esa insufrible mocosa de Sabell y luego tomar al Duque de las solapas como si fueras la dueña de su vida, pensé: "Sinceramente, ella debe ser mi amiga. Al fin alguien diferente entre este grupo de víboras aburridas e hipócritas" —confesó la soberana, tomando su taza—. La corte se ha vuelto terriblemente predecible, Lady Kaileris. Todas las jóvenes nobles son copias al carbón de sus madres: sumisas por fuera, conspiradoras baratas por dentro. Pero tú... tú eres otra cosa. Tienes una mirada que no pertenece a una jovencita asustada.
*(En sus pensamientos: Si supieras que esta mirada tiene la experiencia de una mujer moderna que ya murió y volvió a nacer, te daría un síncope, Majestad).*
—La sumisión no protege a nadie en un Imperio rodeado de enemigos, Su Majestad —respondí, ladeando la cabeza con elegancia—. Aprendí por las malas que si no mostraís los colmillos, los demás asumen que pueden devorarte. Xilian entendió eso, y por eso me eligió.
—El Duque Carsont es un soldado brillante, pero un político terrible —reviró la Emperatriz, clavando sus ojos en los míos—. Él cree que puede gobernar el norte solo con el filo de su espada, pero sabe que necesita una mente afilada en la capital para neutralizar los ataques de las familias que quieren ver caer su ducado. Ayer destruiste los planes del Marqués de Enthal en su propio juego legal, ¿verdad? Mis espías ya me informaron del ridículo que hizo tu padre en la residencia Carsont.
No me sorprendió que lo supiera. En este palacio, hasta las paredes tenían ojos.
—El Marqués intentó vender algo que ya había desechado. Solo le recordé las cláusulas de su propio juego —dije con total indiferencia.
La Emperatriz viuda soltó una risa corta, genuinamente complacida. Dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos enjoyadas sobre el mármol. El ambiente cambió de la cortesía a los negocios puros.
—Me agradas, Kaileris. Y porque me agradas, te ofreceré un trato que ninguna otra mujer en este Imperio podría soñar. La facción del sur, liderada por la familia de Sabell, está intentando presionar al Emperador para recortar los fondos militares del norte. Quieren debilitar a Xilian. Si tú te conviertes en mi aliada dentro de la corte, si me ayudas a limpiar el palacio de esas víboras incompetentes que solo buscan desestabilizar el trono con sus chismes, yo misma firmaré la ratificación imperial de tu matrimonio con el Duque antes de que termine el mes. Tu padre no podrá apelar, el tribunal no podrá tocarte, y Sabell tendrá que inclinarse ante ti cada vez que entres a un salón.
Sostuve la mirada de la mujer más poderosa del Imperio, procesando la oferta. Una alianza con la Emperatriz viuda significaba tener el escudo político definitivo. Xilian tenía el ejército y el dinero; yo tendría la corona de mi lado.
—Es una propuesta sumamente tentadora, Su Majestad —respondí, extendiendo la mano hacia mi taza de té con una sonrisa calculadora—. Pero una alianza debe ser mutua. Yo le daré la cabeza de sus enemigos políticos en los salones de té, y usted me dará el control absoluto sobre la influencia social de la capital.
La Emperatriz viuda abrió su abanico de marfil, usándolo para ocultar una sonrisa de pura satisfacción.
—Tenemos un trato, Duquesa.
Cuando salí del ala norte del palacio, el sol de la tarde ya estaba en su punto más alto. Caminé hacia la salida secundaria donde el carruaje de Carsont me esperaba, pero antes de llegar a la escalinata, una figura conocida bloqueó mi camino.
Selius estaba allí, vistiendo su uniforme de teniente, pero su aspecto distaba mucho de la pulcritud habitual. Tenía las ojeras marcadas y el rostro desencajado por una mezcla de humillación y furia. En cuanto me vio aparecer, dio un paso al frente, interceptándome.
—¡Kaileris! —siseó con voz temblorosa, mirando a los lados para asegurarse de que los guardias imperiales estuvieran lo suficientemente lejos—. ¿Qué demonios crees que estás haciendo? ¿Besar a mi padre en público? ¿Convertirte en el hazmerreír y el escándalo de toda la corte? ¡Has perdido el juicio por completo! Estás usando a mi padre solo para vengarte de mí porque elegí a Sabell.
Me detuve en seco, mirándolo de arriba abajo con una frialdad tan cortante que el chico pareció retroceder un milímetro por puro instinto. Desplegué mi abanico de plumas negras con un golpe seco, observándolo como si fuera un insecto molesto que interrumpía mi caminata.
—¿Vengarme de ti, Selius? —pregunté, mi voz arrastrando un desprecio tan absoluto que resonó con eco en el pasillo de piedra—. Por favor, no te otorgues una importancia que no tienes. Ayer dejé muy claro en el salón de té lo que opino de ti. Eres simplemente una sobra que tiré al basurero de mi pasado. Que tu nueva dueña haya decidido recoger el desecho no significa que yo quiera recuperarlo.
—¡Cállate! —bramó Selius, perdiendo los papeles, su mano moviéndose hacia mi brazo con intenciones de sacudirme—. ¡No me hables así! ¡Soy el heredero de Carsont y sigo siendo tu...!
No llegó a tocarme.
De la nada, una bota militar impactó con una fuerza brutal en el estómago de Selius, mandándolo a volar tres metros hacia atrás contra la pared de piedra del pasillo. El joven teniente cayó al suelo de rodillas, tosiendo violentamente y buscando aire de forma desesperada mientras se sostenia las costillas.
Alcé la mirada. Xilian estaba parado justo frente a mí, con la capa militar ondeando y sus ojos rojos inyectados en una furia asesina que helaba la sangre. Él mismo había venido a buscarme al palacio imperial tras mi reunión.
—Te advertí anoche, Selius, y te lo advertí en el comedor —habló Xilian, su voz deseendiendo como un trueno helado que hizo que los guardias imperiales a lo lejos se pusieran rígidos, sin atreverse a intervenir en un asunto del General de Sangre—. Vuelve a levantarle la voz, vuelve a acercarte a ella, o vuelve a intentar tocarla, y te arrebataré el apellido Carsont antes de colgarte en la plaza pública por alta traición a tu padre y por tocar a tu "madre".
Selius levantó la cabeza, temblando de terror y humillación, mirando a su padre con un miedo cerval antes de desviar sus ojos hacia mí.
Me acerqué sutilmente al costado de Xilian, pasando mi mano por su brazo de forma deliberada y posesiva, mirándolo desde arriba con una sonrisa de absoluta superioridad.
—Vaya, mi amor... parece que su cachorro sique sin aprender a respetar el terreno ajeno —comenté con total sarcasmo—. Vámonos, Xilian. Ya terminé mis asuntos con la Emperatriz, y el aire aquí se está volviendo demasiado ordinario.
Xilian relajó sutilmente la tensión de su cuerpo al sentir mi toque, dedicándole una última mirada de desprecio a su hijo antes de girarse conmigo hacia el carruaje.
—¿Cómo fue la reunión con la anciana? —preguntó Xilian mientras subíamos los peldaños del carruaje ducal.
—Excelente, Xilian —respondí, cerrando el abanico con un chasquido letal—. Digamos que el Imperio acaba de conseguir a las dos mejores aliadas que el veneno cortesano pudo haber unido. Prepárese, General... porque el juego de la alta sociedad acaba de volverse sumamente divertido.
la belleza cuesta y es doloroso /CoolGuy/