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Tío, ya no soy tu niña

Tío, ya no soy tu niña

Status: Terminada
Genre:Posesivo / Diferencia de edad / La mimada del jefe / Romance oscuro / Completas
Popularitas:9.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

El día que cumplí dieciséis, mi propia tía me vendió para pagar una deuda de juego.
Maximiliano Villaseñor me arrancó de las manos de aquellos hombres antes de que pudieran hacerme desaparecer. Tenía treinta y seis años, un imperio a sus pies y una mirada capaz de congelar a toda una ciudad. Se convirtió en mi tutor legal, me dio un hogar y me enseñó que nadie volvería a tocarme sin enfrentarse primero a él.
Yo lo llamaba tío Max.
Él me llamaba niña.
Pero las niñas crecen.
A los dieciocho terminó la tutela. A los diecinueve lo besé y le confesé que llevaba demasiado tiempo deseándolo. Max me devolvió el beso durante un segundo… antes de apartarme como si amarme fuera el peor pecado de su vida.
—Te llevo veinte años. Fui tu tutor. No voy a destruir tu futuro.
Intentó protegerme de sí mismo. Me rechazó, me alejó y fingió que no ardía cada vez que otro hombre se acercaba a mí. Hasta que una mentira nos separó, un accidente destrozó su pierna y casi un año de distancia convirtió nuestro amor prohibido en una herida imposible de cerrar.
Ahora he vuelto.
Max camina con bastón, carga una culpa que no le pertenece y todavía cree que debe dejarme libre. Lo que no sabe es que ya elegí. No quiero al hombre correcto. Quiero al hombre que me crió, me protegió y lleva años perdiendo el control cada vez que lo llamo mío.
Y cuando el magnate más frío de México finalmente deje de resistirse, descubriré su secreto mejor guardado: jamás entregó su cuerpo ni su corazón a otra mujer.
Me estaba esperando a mí.

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Capítulo 14

Capítulo 14 — No

Esa noche no dormí. Y a la mañana siguiente, cuando bajé, él ya había levantado la muralla.

Estaba en la mesa del comedor, vestido para la oficina, leyendo algo en el teléfono. No había desayuno especial. No había café servido para mí. Cuando entré, levantó la vista un segundo y volvió a bajarla.

—Buenos días —dijo, con el tono con que le hablaba a Fabián.

Me senté frente a él. El silencio era distinto al de siempre; antes nuestros silencios eran cómodos, llenos. Este estaba tenso como una cuerda.

—Sobre anoche —empecé.

—Anoche no pasó nada. —No levantó los ojos del teléfono—. Estabas cansada, dijiste cosas que no eran. Ya lo hablamos.

—No lo hablamos. Tú decidiste por los dos.

Entonces sí me miró. Y en su cara no había enojo, que hubiera sido más fácil de pelear. Había una calma pesada, decidida, la de un hombre que pasó la noche construyendo sus razones una por una y las tiene todas alineadas.

—Dalia. —Dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa—. Te voy a decir esto una sola vez, y quiero que lo entiendas, porque no lo voy a repetir. La respuesta es no.

—Tío Max...

—Tengo cuarenta años. Tú tienes diecinueve. Cuando tú tengas treinta, yo voy a ser un viejo. Cuando estés en lo mejor de tu vida, yo voy a estar cansado. Eso no es un amor, Dalia, es una condena que te quieres echar encima sin saber lo que pesa.

—Deja que yo decida lo que puedo cargar. He cargado cosas peores que tu edad.

—No se trata de mi edad nada más. —Su voz bajó, se puso más dura—. Se trata de quién soy yo para ti. Yo te recogí. Te di de comer. Firmé unos papeles que decían que era responsable de ti. La mitad de esta ciudad me vio hacerlo. ¿Entiendes lo que van a pensar? No van a preguntar si te obligué o no. Van a suponer que sí. Y esa sombra te va a seguir a todos lados: a la universidad, al trabajo, el día que quieras que alguien te tome en serio.

—Esa sombra es tuya, no mía. Yo la cargo contigo.

—No la vas a cargar. —La palabra cayó como una puerta—. Fui tu tutor. Te vi crecer. Y yo no voy a dejar que arrastren tu nombre por mí. Ya te arrastraron bastante en esta vida.

—A mí no me importa la gente.

—A mí sí. —Se levantó, abrochándose el saco, y por un momento su voz perdió el filo y se le coló algo más hondo, más cansado—. Yo te di una casa para que tuvieras un futuro. Un futuro limpio, tuyo, lejos de todo lo que te pasó. No te lo di para quedármelo yo. Sería robarte. Y prefiero que me odies a arruinarte la vida.

Se fue a la oficina sin desayunar.

—Tú no me odias —dije, bajito, a su espalda—. Ese es el problema. Que ninguno de los dos puede.

Se detuvo un segundo en la puerta. No volteó. Y se fue.

A partir de ese día, la casa se volvió un mapa de distancias. Dejó de comer conmigo; siempre tenía una junta, una cena, una llamada a la hora exacta en que nos habríamos sentado juntos. Cuando coincidíamos en un pasillo, se hacía a un lado con una cortesía de extraño, como quien le cede el paso a una desconocida en un elevador. Le pidió a Chente que me llevara y me trajera de la universidad, para no hacerlo él. Movió su horario para no cruzarse conmigo en el desayuno. Empezó a viajar. Guadalajara, Monterrey, cosas que antes delegaba en Fabián y que de pronto, todas juntas, necesitaban su presencia.

Chente lo ejecutaba todo con una cara de palo que no le pegaba. Una tarde, llevándome a la facultad, me miró por el retrovisor y estuvo a punto de decir algo. No lo dijo. Pero antes de que yo me bajara, soltó, viendo al frente:

—El patrón no está bien, señorita. Por si le sirve de algo saberlo.

No supe si me servía. Me dolió más, nada más.

Doña Reme, que había vuelto del pueblo, lo veía todo desde la cocina con los ojos tristes y no decía nada, pero una tarde me alcanzó un plato de fruta a mi cuarto y se sentó en la orilla de mi cama.

—Ay, mija. Dos tercos debajo del mismo techo. —Suspiró—. Ese hombre no te está corriendo por no quererte. Te está corriendo por todo lo contrario.

—Pues qué manera tan rara de querer.

—Es la manera de los que aprendieron solos. —Me acomodó un mechón detrás de la oreja—. Los que nunca tuvieron a nadie no saben recibir. Solo saben dar y aguantarse. Ese hombre no ha dejado que nadie lo quiera en cuarenta años, mija. ¿Cómo va a saber dejar que lo quieras tú?

—Pues va a tener que aprender —dije.

Doña Reme se rio bajito, con tristeza, y me dio una palmadita en la rodilla.

—Ay, criatura. Igualita de terca que él. Con razón chocan.

Yo no lloré. Me tragué el nudo y me quedé viendo la puerta cerrada de su estudio al fondo del pasillo, esa puerta que ahora se cerraba siempre.

Porque yo había visto una cosa que él creía haber escondido. Lo había visto contenerse. Había sentido su aliento temblar contra mi boca. Un hombre indiferente no tiembla.

"Me rechaza", pensé, "pero ni siquiera es capaz de verme a los ojos cuando lo hace."

— POV: Max —

Cerró la puerta del estudio y se quedó de pie en la oscuridad, sin encender la luz.

Todavía la sentía. La forma torpe y decidida en que se había alzado sobre las puntas de los pies, las dos manos frías en su cara, el sabor de un valor que a él le había costado veinte años aprender a fingir que no tenía.

Por medio segundo —medio segundo que se iba a reprochar el resto de su vida— había querido bajar la mano hasta su cintura y quedarse ahí para siempre.

Se sirvió un trago que no se tomó. Se lo quedó viendo girar en el vaso, como aquella noche en que ella era una niña de dieciséis y le preguntó por la foto de su madre.

"Es lo correcto", se dijo. "Que se enoje. Que se aleje. Que conozca a alguien joven, limpio, sin veinte años de diferencia ni un pasado que le pese. Eso es quererla de verdad."

Se lo repitió tres veces, como un rezo, hasta casi creérselo.

Lo que no se dijo, porque no se atrevía ni a pensarlo, era la otra parte: que no la alejaba solo por ella. Que la alejaba porque si la dejaba entrar, si por un momento cedía, ya no iba a haber vuelta atrás, y él lo sabía. Un hombre que había vivido cuarenta años sin necesitar a nadie no podía darse el lujo de descubrir, a esas alturas, que necesitaba a alguien. Le daba más miedo eso que el qué dirán. Le daba terror.

Afuera, la ciudad seguía encendida y ajena. Adentro, el hielo se derritió despacio en el vaso lleno, y él no se movió en mucho rato.

Al día siguiente anunció, sin mirarme, que se iba una semana a Guadalajara. Me dejó con doña Reme como quien deja un paquete frágil y sale del cuarto rápido.

Yo lo vi cerrar la puerta del coche desde la ventana, y apreté los puños contra el vidrio, y le dije bajito a mi propio reflejo lo que no pude decirle a él:

—No me voy a rendir.

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Yiyita Calderón
Nooo escritora por fa! No nos metas susto,angustia
Yiyita Calderón
y de qué sirve tanto dinero si no hay seguridad??? 😏😣
Yiyita Calderón
Pero no pensó en el mal,en el daño que hacen.😣
Luz Mery Ospina
Que paso con el fin?
Yiyita Calderón
Nooo, tan pronto ya inicia el problema
Yiyita Calderón
Bella hola,está completa? se ve interesante e intensa en emociones.
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