Dicen que el Rey de Varken nunca ha tenido que repetir una orden dos veces.
Dicen que con una sola mirada puede hacer temblar a generales experimentados, que ministros con décadas de servicio pierden la voz en su presencia, que incluso los nobles más altivos agachan la cabeza cuando él entra a una habitación. Dicen que es frío como el mármol de su trono, calculador como un ajedrecista que ya vio el final del juego antes de que el rival mueva su primera pieza.
Lo dicen con miedo. Lo dicen en susurros.
Y tienen razón.
Todo el mundo le teme.
Todo el mundo, excepto ella.
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capitulo 4
Mi día había comenzado como todos los demás: con una montaña de papeleo que parecía multiplicarse cada vez que firmaba un documento.
Tratados de comercio con las regiones del norte, quejas de nobles menores sobre límites de tierras que llevaban discutiéndose desde antes de que yo naciera, reportes de la guardia real, solicitudes de audiencia que en su mayoría no merecían mi tiempo. Yo, Kael Ravenscroft, IV de mi nombre, Rey de Varken, llevaba desde el amanecer sentado en mi despacho, y para cuando llegó la hora de la reunión con el consejo, ya tenía la paciencia tan delgada como el pergamino que estaba firmando.
Lo último que necesitaba era una interrupción.
Y sin embargo, ahí estaba: una joven de cabello rubio y ojos azules entrando a mi salón de consejo como si el lugar le perteneciera, corrigiéndome, contradiciéndome, y marchándose después de dejarme con una respuesta que todavía, horas después, seguía repitiéndose en mi cabeza.
*"Pues qué lástima, porque es el único que tengo."*
Apreté la mandíbula solo de recordarlo.
—Entonces déjame entender bien —dijo Erick, mi primo, sin disimular en lo absoluto la sonrisa que llevaba pintada desde que entró a mi despacho—. La chica entró, te dijo que no le interesabas, y se fue. ¿Así, sin más?
—No fue exactamente así —respondí, sin levantar la vista de los documentos que fingía revisar.
—Fue exactamente así —intervino Modric desde la puerta, con ese tono tranquilo que usaba específicamente cuando sabía que iba a molestarme—. De hecho, Majestad, fue peor. Porque cuando intenté detenerla en la salida del palacio para decirle que usted quería hablar con ella, respondió que sería "en otra ocasión" y se subió a su carruaje.
El silencio que siguió duró exactamente dos segundos, lo suficiente para que Erick soltara una carcajada que probablemente se escuchó hasta los jardines.
—Me encanta esta mujer —dijo entre risas—. No la conozco y ya me encanta.
—Nadie pidió tu opinión —mascullé.
—No necesito que me la pidan —respondió, secándose una lágrima imaginaria de la risa—. Primo, llevas años con la corte entera temblando cada vez que entras a una habitación, y esta chica entra, te dice que no le interesas, y se va dejándote hablando solo. Esto es lo mejor que me ha pasado en meses.
Incluso Modric, que normalmente mantenía una expresión profesional intachable, no pudo evitar que la comisura de su boca se curvara apenas.
—Es irritante —dije, finalmente dejando el pergamino a un lado—. Esa mujer es, sin lugar a dudas, la persona más irrespetuosa que ha pisado mi palacio. Me corrigió. Dos veces. Me dijo que no le interesaba hablar conmigo. A mí.
—Al rey —agregó Erick, con falsa solemnidad—. Qué atrocidad.
Lo ignoré.
—Y sin embargo —continué, casi para mí mismo, recordando esos ojos azules que me habían mirado sin un ápice de temor—, he de admitir que es hermosa. Esos ojos, claros como el cielo despejado... vi desafío en ellos. Supe, en ese mismo instante, que con ella no sería fácil.
—Vaya, qué profundo —dijo Erick, apoyándose contra mi escritorio—. ¿Eso lo dices porque te gustó o porque te ofendió?
—Ambas cosas pueden ser ciertas —respondí, sin inmutarme.
Modric carraspeó, claramente disfrutando demasiado la conversación.
—Si me permite decirlo, Majestad, la joven Evelyn dejó claro que prefiere no verlo hasta el día de la boda.
—Es exasperante —dije, frotándome la sien—. Preferiría besar un sapo antes que estar casado con alguien tan fastidiosa.
—Pero qué considerado de tu parte —comentó Erick, con sarcasmo—. Hablando de tu prometida con tanto cariño.
—Aunque —agregué, ignorando el comentario y con una expresión que pasó de la irritación a algo más reflexivo—, con mi belleza, hasta el sapo terminaría convertido en una hermosa dama. Es imposible resistirse a mí, eso es un hecho conocido.
Erick me miró fijamente durante varios segundos, como esperando que la frase fuera una broma. No lo era.
—Eres un presumido insufrible —dijo finalmente.
—Solo digo la verdad —respondí—. Soy perfectamente bello. No es vanidad, es un hecho objetivo que cualquiera con ojos puede confirmar.
Erick soltó un suspiro tan largo que pareció vaciar todo el aire de sus pulmones.
—No sé cómo te soporto.
—Tienes suerte de ser de mi familia —añadí, con total naturalidad, como si estuviera comentando el clima—. Heredaste algo de la belleza Ravenscroft, después de todo. No tanta como yo, claro, pero algo se rescata.
—Voy a fingir que no escuché eso —dijo, llevándose una mano a la cara.
Modric, que hasta ese momento había logrado mantener cierta compostura, finalmente perdió la batalla y dejó escapar una risa breve que disimuló rápidamente con una falsa tos.
Los miré a ambos con una ceja levantada, completamente ajeno —o quizás completamente indiferente— a lo ridículo que sonaba todo lo que acababa de decir.
Porque en mi mente, no había ninguna duda: era el hombre más apuesto de Varken, probablemente del continente entero, y el hecho de que una joven de ojos azules y lengua afilada se atreviera a tratarme como a cualquier otro mortal no era más que una anomalía que pronto se corregiría.
Lo que no esperaba, lo que jamás me habría permitido admitir en voz alta, era que esa misma anomalía llevaba horas instalada en mi cabeza, negándose a marcharse.
Y eso, para un hombre acostumbrado a tener el control absoluto de todo lo que lo rodeaba, era mucho más perturbador que cualquier papeleo pendiente sobre mi escritorio.