Un romance que surge entre el jefe de su esposo y la esposa de un hombre incapaz de satisfacer los más profundos deseos de una mujer como ella, al menos como lo hacer su jefe...
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Capitulo 21: Luis
El sol apenas empezaba a teñir de naranja y violeta el horizonte cuando Elisa salió de casa. Había pasado una noche en vela, dando vueltas entre sábanas revueltas, con la imagen de Marco y esa mujer clavada en la mente como una espina que no dejaba de sangrar. Pero al amanecer, una sola idea le había dado un ápice de fuerza: ir a buscar a Luis, decirle la verdad antes de que se enterara por otros, pedirle perdón y explicarle que, aunque había cometido un error terrible, en el fondo seguía queriendo encontrar un camino donde no hubiera mentiras. Era su día libre, y ella quería llegar antes de que empezara su rutina, sin avisar, como una sorpresa de arrepentimiento y sinceridad.
Subió al coche rojo brillante que Marco le había regalado, y por un instante sintió el peso de ese regalo, de todo lo que había detrás de él. Arrancó despacio, con el corazón latiéndole desbocado, y condujo hasta la zona de departamentos donde Luis se alojaba mientras terminaba de arreglar la casa que le habían regalado. Las calles estaban apenas despertando, con las tiendas abriendo sus persianas y la gente caminando despacio, pero Elisa no veía nada de eso: su mente solo estaba puesta en la cara de Luis, en cómo le diría todo, en si podría perdonarla.
Aparcó el coche justo frente al edificio, se secó con la manga de la sudadera las lágrimas que se le habían escapado sin querer y respiró hondo varias veces antes de bajar. Caminó hacia la entrada con paso tembloroso, con la mano ya levantada por si tenía que llamar al portero… y entonces se detuvo en seco, como si los pies se le hubieran clavado en el cemento.
Por la acera de enfrente, caminando despacio y muy juntos, venía Luis. Y no venía solo. Iba del brazo de una mujer mucho más joven que ella, de cabello claro y risita fácil, que se apoyaba en su hombro de una manera que solo tiene quien comparte algo íntimo. Luis sostenía en la otra mano dos cucuruchos de helado, y cada pocos pasos le acercaba uno a la boca a ella, mientras la chica reía y le daba un empujón juguetón en el pecho. Se miraban a los ojos con esa complicidad que solo tienen quienes se han estado besando y queriendo hace tiempo, y Luis le pasaba el brazo por la cintura apretándola contra sí, como si quisiera fundirse con ella.
Elisa sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se le escapó de golpe, y tuvo que agarrarse al capó de su coche para no caerse. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Mientras ella se consumía entre la culpa y la pasión, él ya había encontrado a alguien más? Y lo que dolía aún más: la forma en que la trataba, tan atento, tan apasionado, tan suelto… todo lo que con ella nunca había mostrado con esa intensidad. De repente, todo encajó: las noches que decía estar cansado, las excusas para no acercarse demasiado, la frialdad que a veces sentía… quizás nunca había sido falta de experiencia o de ganas, quizás es que su corazón ya estaba en otro sitio desde hacía mucho tiempo.
En ese momento, Luis levantó la vista y la vio. Se detuvo en seco, y por un instante hubo un silencio pesado entre los tres. Elisa abrió la boca para hablar, pero solo salió un hilito de voz, rota por las lágrimas que ya le corrían por las mejillas sin control:
—Hola…
Luis la miró unos segundos, sin asombro, sin culpa, sin siquiera un rastro de ternura. Simplemente se encogió de hombros con una frialdad que le atravesó el alma como un cuchillo, y respondió con una voz seca y cortante:
—Hola.
Y sin decir nada más, sin preguntarle qué hacía allí, sin presentarla siquiera, rodeó la cintura de la chica con más fuerza y siguió caminando hacia la entrada, hablándole de nuevo a ella como si Elisa fuera una desconocida cualquiera que se había cruzado por casualidad. En un segundo, cruzó la puerta y desapareció con ella, dejándola sola en la acera, con el corazón hecho pedazos por segunda vez en menos de veinticuatro horas.
Elisa se quedó allí parada, mirando la puerta cerrada, sin entender nada, sintiéndose la tonta más grande del mundo. Había estado cargando con la culpa de traicionarlo, y él ya había hecho lo mismo mucho antes, y con la misma tranquilidad con la que se come un helado en la mañana. Se dio cuenta de que él no era el hombre bueno y leal que ella creía; era un patán igual que los demás, que sonreía en la cara mientras hacía lo que quería a sus espaldas.
Temblaba de rabia, de dolor y de desesperanza cuando volvió a subir al coche. Cerró la puerta de un golpe y se echó a llorar con la cara escondida entre las manos, sollozando con fuerza, sacando todo lo que llevaba dentro. No quedaba nadie: ni Marco, al que había entregado su corazón y la había traicionado, ni Luis, al que había intentado proteger y que ya la había olvidado por otra. Estaba sola, rodeada de mentiras y de gente que solo sabía usarla o engañarla.
Arrancó el coche con brusquedad y salió disparada de allí, sin rumbo fijo al principio, conduciendo con las lágrimas nublándole la vista, con la mente llena de confusión y de rabia contra sí misma por haber confiado en nadie. Y mientras recorría las calles, una idea empezó a formarse poco a poco, fría y decidida: si todos la habían traicionado, si nadie le había dado la cara, entonces ella dejaría de ser la chica dulce y temerosa que todos creían. Si Marco había buscado a otra, si Luis ya tenía a alguien más, entonces ella también tomaría las riendas de lo que le quedaba.
Sacó el teléfono con mano temblorosa, buscó el nombre que hasta ese momento había decidido ignorar, y escribió un mensaje corto, directo y sin rodeos:
«Quiero hablar contigo. Ahora mismo.»
Y al darle a enviar, supo que estaba cruzando una línea de la que ya no habría vuelta atrás.