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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 11 — La noche de los sorbetes, los secretos y la luna que no mintió

Zeynep caminaba por los pasillos del harén con la bandeja de plata temblando levemente entre sus manos, mientras los tambores reales empezaban a sonar a lo lejos, marcando el inicio de la noche dinástica. Tenía menos de cuarenta minutos para llegar a las tres habitaciones, hacer que las tres mujeres bebieran el sorbete con aceite de lavanda y desaparecer antes de que los eunucos encargados de escoltar al Sultán pasaran por delante. Cada sombra que se movía entre las columnas le parecía un espía, cada ruido de pasos una amenaza, y el frasco rojo del perfume venenoso que llevaba escondido en el seno de su túnica le quemaba la piel como un carbón encendido.

—Primero Leyli y Fatma —se dijo a sí misma, respirando hondo para calmar el corazón que le latía a mil por hora—. Son las más fáciles. Luego la serpiente.

Al llegar a la habitación que compartían las dos jóvenes, no tuvo ni que llamar: escuchó sus gritos de discusión desde el pasillo, y tuvo que morderse el labio para no reírse en voz alta antes de entrar. Lo que encontró ahí fue, por un momento, el único lugar del harén donde no había veneno, ni traiciones, ni miedos a morir por un error: las dos estaban de pie sobre el diván, agarradas cada una de un extremo del mismo collar de perlas, con el cabello despeinado, las túnicas arrugadas y la cara roja de rabia infantil.

—¡Es mi turno esta noche! —gritaba Leyli, tirando con fuerza—. ¡Yo soy la primera en el turno! ¡Me toca a mí lucirlo para que el Sultán vea lo bonita que estoy!

—¡Mentira! —le respondía Fatma, sin soltar ni un milímetro—. ¡Ayer te tocó a ti, hoy me toca a mí! ¡Y además combina mejor con mi túnica amarilla que con tu verde horrible! ¡Suéltalo antes de que se rompa y nos castiguen a las dos!

Zeynep aclaró la garganta muy fuerte, y las dos se quedaron quietas de golpe, como dos niñas pilladas robando dulces de la cocina, soltando el collar al mismo tiempo que cayó dando vueltas sobre la alfombra.

—¿Y esto es lo que hacen mientras el Sultán está a punto de llegar? —preguntó Zeynep, fingiendo una severidad que no sentía, apoyando la bandeja sobre la mesa con un golpe suave—. Se supone que deben estar listas, perfumadas, tranquilas, con el vientre caliente para recibir su semilla. En vez de eso están aquí peleando por un collar como si fueran niñas de seis años. Si Gül las ve así, les quita el turno a las dos de inmediato y se lo da a la vieja de la cocina que tiene mal aliento.

Las dos se pusieron rojas como tomates, bajando la mirada avergonzadas. Leyli se sentó de un salto en el borde de la cama, acomodándose el cabello a toda prisa, y Fatma se agachó para recoger el collar, sin atreverse a mirarla a los ojos. Zeynep aprovechó ese momento de silencio para servir los tres sorbetes de granada, llenos hasta el borde, con las gotas de lavanda ya mezcladas perfectamente para que no se notara nada raro en el sabor ni en el olor.

—Bueno, ya —dijo, ablandando el tono y entregándole una copa a cada una, tomando la tercera para ella misma para que no sospecharan—. Yo no vine a regañarlas. Vine a traerles esto. La Sultana Madre lo mandó preparar especialmente para las tres de esta noche: dice que la granada calienta el vientre y ayuda a que la semilla prenda más rápido. Tómenlo todo de un trago. Si no, se calienta y pierde el efecto.

Las dos no lo pensaron ni un segundo. Tenían tanta hambre de quedar embarazadas, tanta prisa por cumplir con su deber y no ser enviadas al exilio, que se bebieron todo el sorbete de un solo golpe, sin dejar ni una gota en el fondo. Zeynep fingió beber la suya, apoyándola solo en los labios sin pasar nada por la garganta, y puso la copa vacía de nuevo en la bandeja con una sonrisa aprobatoria.

—Muy bien —dijo, empezando a recoger las cosas para irse—. Ahora siéntense tranquilas, respiren profundo, y en diez minutos se sentirán más relajadas que nunca. Listas para lo que venga.

No tuvieron que esperar ni diez. A los siete minutos, Leyli soltó un bostezo tan grande que casi le desencaja la mandíbula, y Fatma se quedó dormida de golpe con la cabeza apoyada en el respaldo del diván, la boca entreabierta, roncando bajito. Dos minutos después, Leyli se desplomó de lado sobre los cojines, profundamente dormida, sin que nada ni nadie pudiera despertarlas hasta el día siguiente. Zeynep se acercó, les quitó con cuidado los zapatos de seda, las tapó con una manta ligera, y se quedó mirándolas un rato con una pena dulce en el pecho: eran jóvenes, eran buenas, no tenían culpa de haber nacido en un mundo donde su único valor estaba en lo que su vientre pudiera dar.

—Duerman —les susurró—. Esta noche las salvo yo. Mañana será otro día.

Salió de la habitación cerrando la puerta con mucho cuidado, y el ambiente cambió de golpe. La diversión se acabó. Ahora le tocaba ir a la habitación de Nurbanu, y ahí no habría peleas de collares ni sorbetes dulces. Ahí solo habría veneno, mentiras y una mujer que no dudaría en matarla con sus propias manos si la descubría espiando.

El pasillo que llevaba a los aposentos de la ex favorita era más oscuro, más frío, más silencioso que todos los demás. Las lámparas estaban casi todas apagadas, el aire olía a incienso quemado y a hierbas amargas, y Zeynep sintió cómo los pelos de la nuca se le erizaban de golpe, como cuando uno camina por un cementerio a medianoche y siente que alguien lo observa desde las sombras. Se acercó a la puerta despacio, apoyando el oído en la madera fría, y escuchó lo que la hizo helarse la sangre en las venas: Nurbanu hablaba sola, en voz baja y ronca, riendo de vez en cuando una risa seca, cortante, que no pertenecía a ningún ser humano normal.

Empujó la puerta solo un milímetro, lo suficiente para ver por la rendija sin ser vista, y lo que vio le quitó el aliento durante varios segundos. La habitación estaba en penumbras, iluminada solo por tres velas negras que ardían en una mesa de madera negra. Sobre la mesa había doce muñecas de trapo, una por cada mujer del harén, cada una con un nombre escrito en tinta roja en el pecho: ZEYNEP, LEYLI, FATMA, y todas las demás. Cada muñeca tenía alfileres clavados en el vientre. Y al lado, una fila de frascos de vidrio: el perfume rojo de jazmín, la raíz de poleo seca molida, un líquido verde espeso que Zeynep reconoció de inmediato como el mismo que habían encontrado en los labios del primer hijo muerto del Sultán hacía años.

—Esta noche —decía Nurbanu, acariciando la muñeca que tenía su propio nombre, sin alfileres, vestida con un trozo de tela roja igual que su túnica—. Esta noche Selim vendrá a mí por último. Las otras dos dormirán como muertas, el veneno habrá hecho su trabajo otra vez, y yo dejaré de ponerme el perfume. Esta vez sí. Esta vez la semilla prenderá. Esta vez seré yo la que dé el heredero. Y entonces todas ustedes, todas las que creyeron que podían quitarme lo que es mío, terminarán sus días en el fondo del pozo del jardín, donde nadie las encontrará nunca.

Se acercó a la muñeca que tenía escrito ZEYNEP, y clavó un alfiler largo y negro justo en el corazón, con una sonrisa de locura en los labios. Zeynep tuvo que taparse la boca con ambas manos para no soltar un grito de terror. En ese momento, un gato negro que estaba dormido en el alféizar de la ventana saltó de golpe al suelo, derribando un pequeño jarrón de porcelana que se hizo añicos con un ruido ensordecedor en el silencio de la habitación. Nurbanu giró la cabeza de golpe hacia la puerta, sus ojos negros brillando como los de una serpiente, y empezó a caminar hacia ahí con pasos rápidos y pesados.

Zeynep reaccionó en el último segundo. Se agachó, corrió agachada hasta el siguiente nicho de una columna, y se escondió detrás de una cortina de seda pesada justo cuando Nurbanu abría la puerta de par en par con un grito de rabia contenido:

—¿Quién está ahí? ¡Sal de una vez, cobarde! ¡Te voy a arrancar los ojos con mis propias manos!

Miró a derecha e izquierda durante varios minutos, con un cuchillo pequeño brillando en su mano que Zeynep no había visto antes, pero al no encontrar nada ni a nadie, finalmente volvió a entrar en su habitación y cerró la puerta con llave por dentro, gruñendo cosas ininteligibles para sí misma. Zeynep se quedó ahí, agachada, sin respirar, durante lo que le parecieron horas, sintiendo cómo el corazón le quería salir por la boca. Cuando por fin se atrevió a moverse, no tenía tiempo de nada más: los tambores sonaron más fuerte, anunciando que el Sultán ya estaba entrando en el Ala Dorada.

No pudo hacer que Nurbanu bebiera el sorbete. No pudo quitarle el perfume. Pero tenía algo mejor: lo que había visto y escuchado. La prueba definitiva. La confesión en voz alta de todos sus crímenes.

Corrió hasta la gran cámara real donde el Sultán recibía a las mujeres, llegando justo dos segundos antes que Selim, que venía caminando con su túnica imperial de seda verde, el rostro serio y frío, listo para cumplir con su deber de la noche. Cuando la vio ahí, sola, sin Leyli, sin Fatma, sin Nurbanu, frunció el ceño confundido.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, mirando a su alrededor buscando a las otras—. ¿Dónde están las tres? El turno empieza ahora. No podemos retrasar las reglas. Mi madre lo ordenó.

—No habrá turnos esta noche —respondió Zeynep, con la voz temblando pero firme, sin bajar la mirada—. Leyli y Fatma están profundamente dormidas en sus habitaciones. No podrán recibirte. Y Nurbanu… Nurbanu es la culpable de todo. De las catorce lunas sin embarazos. De que ninguna semilla prenda. De la muerte de tus dos hijos. Yo la vi. Yo la escuché. Tiene las pruebas en su habitación. Muñecas con alfileres. Frascos de veneno. El poleo que mata todo lo que empieza a crecer.

El cambio en el rostro de Selim fue instantáneo y terrible. Todo el color se le borró de la cara, sus manos se apretaron con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, y por un momento Zeynep creyó que se iba a desmayar o que se iba a lanzar a matar a Nurbanu con sus propias manos en ese mismo instante. No gritó. No dijo nada. Caminó despacio, paso a paso, hacia la habitación de la ex favorita, con una calma fría que daba más miedo que cualquier grito. Zeynep corrió detrás de él, seguida por Gül y los guardias que habían aparecido de la nada al sentir la tensión.

Cuando derribaron la puerta de un golpe, Nurbanu estaba ahí, todavía con el cuchillo en la mano, el perfume rojo ya puesto en su cuello y sus muñecas extendidas sobre la mesa, sin tiempo de esconder nada. Intentó mentir, intentó gritar que era una trampa, intentó culpar a Zeynep de todo, pero cuando Selim tomó el frasco de líquido verde y reconoció el olor que tenía en la nariz el día que encontró muerto a su primer hijo, no hizo falta ninguna otra prueba. La orden que dio fue corta, fría, final:

—Llévensela a las mazmorras. Que no hable con nadie. Que no vea la luz del sol nunca más. Mañana decidiré su destino. Y revisen cada rincón de este palacio. Quemen todas sus cosas. Cada hierba, cada frasco, cada muñeca. Que no quede ni rastro de ella.

Cuando se la llevaron gritando y pataleando, jurando que mataría a todos, que volvería para vengarse, Selim se quedó solo en medio de la habitación, mirando las cenizas de las velas negras, y de repente todo su cuerpo se le dobló. Cayó de rodillas sobre la alfombra, y Zeynep lo vio llorar por primera vez: no sollozos fuertes, solo lágrimas silenciosas que caían una tras otra sobre sus manos, el llanto de un hombre que había cargado el dolor de dos hijos muertos durante años sin saber por qué, sin saber que había sido obra de la mujer en la que más había confiado.

Zeynep se acercó despacio, sin decir nada, y se arrodilló a su lado. No le tocó al principio, solo se quedó ahí, presente, compartiendo su dolor sin palabras. Después de varios minutos, Selim levantó la cabeza, la miró con los ojos rojos y húmedos, y le tomó la mano con una desesperación que nunca antes había mostrado.

—Me salvaste —le dijo, con la voz rota—. Me salvaste de seguir siendo un ciego. Me salvaste de que siguiera matando a mis propios hijos sin saberlo. No sé cómo agradecertelo. No sé qué darte que sea suficiente.

—No tienes que darme nada —respondió ella, secándole una lágrima de la mejilla con la yema del dedo, suavemente—. Lo hice por ellas. Por tus hijos que no pudieron crecer. Por ti. Porque ya estoy cansada de que en este lugar solo reine el miedo.

Selim la atrajo hacia sí sin pensarlo más, y la besó. No fue un beso de deber, ni de cortesía, ni de un hombre que solo quería engendrar un heredero. Fue un beso de verdad, lento, dulce, tembloroso, cargado de todo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir durante semanas: gratitud, miedo, deseo, la certeza silenciosa de que ya no podrían estar el uno sin el otro. Cuando se separaron, ambos estaban sin aliento, con las mejillas encendidas, y el ruido del mundo exterior había desaparecido por completo.

—Vámonos de aquí —le susurró él, levantándose de un salto y tomándola de la mano para sacarla de esa habitación llena de malos recuerdos—. No quiero estar aquí ni un minuto más. Quiero estar contigo. Solo tú y yo.

La llevó hasta el balcón privado más alto del palacio, desde donde se veía todo el imperio bajo la luz de una luna llena enorme y plateada, tan brillante que parecía un segundo sol. El aire de la noche era fresco, olía a jazmines del jardín y a mar que llegaba desde muy lejos. Selim le quitó los zapatos a ella, luego los suyos, y la atrajo hacia su pecho, empezando a bailar un baile lento, sin música, solo marcando el compás con sus propios latidos del corazón, girando despacio bajo la luz de la luna.

—Nunca pensé que podría sentir esto —le confesó él, apoyando la frente en la de ella, mientras seguían girando suavemente—. Pensé que mi vida sería solo deber, linaje, poder, sin nada que fuera realmente mío. Y llegaste tú. Y todo cambió.

—Yo tampoco —respondió Zeynep, cerrando los ojos, sintiendo su calor, su olor a incienso y caballo, la seguridad de sus brazos alrededor de su cintura—. Pensé que pasaría el resto de mis días esperando mi turno, como todas las demás. Sin voz. Sin elección. Y ahora… ahora siento que puedo con todo. Contigo.

Se quedaron así, bailando en silencio bajo la luna, durante lo que pudo ser un minuto o una hora, sin importarles nada más que ese momento, ese instante perfecto donde no había harén, ni deberes, ni venenos, ni muertos, solo ellos dos, dos personas que habían encontrado en medio de una jaula dorada la libertad que ninguno creía posible. En algún momento, Selim se detuvo, le acarició el vientre suavemente con la palma de la mano, y le susurró al oído con una voz dulce y llena de esperanza:

—Cuando nazca nuestro hijo… va a cambiar todo. Va a ser el primer príncipe en mucho tiempo que nazca de amor, no de un deber. Y vamos a cambiar las reglas de este palacio. Para siempre. Ninguna mujer volverá a ser solo un vientre. Ninguna volverá a tener miedo.

Por desgracia, la magia no duró tanto como hubieran querido. Estaban a punto de besarse de nuevo, cuando escucharon pasos desesperados corriendo por las escaleras del balcón, y Gül apareció de la nada, pálido como la muerte, sin aliento, con una noticia que heló la sangre en las venas de ambos:

—¡Su señor! ¡Zeynep! ¡Es urgente! ¡Nurbanu no llegó a las mazmorras! Dos de los guardias que la escoltaban están muertos en el pasillo. Ella se escapó. Y… y se llevó a la pequeña Ayşe. Su hija. La niña de cinco años. Nadie sabe para dónde fueron. Pero dejaron una nota clavada con un cuchillo en la puerta de la cámara real.

Selim soltó a Zeynep de golpe, su rostro volviéndose de piedra en un segundo. Corrió escaleras abajo como un loco, ella detrás de él, Gül intentando alcanzarlos. Cuando llegaron a la puerta principal de la cámara, vieron la nota escrita con tinta roja, sangre o lo que parecía sangre, temblando de rabia:

Si queréis volver a ver a la niña con vida, traedme a Zeynep. Sola. Mañana al amanecer, en las ruinas del templo viejo del desierto. Si ven guardias, si viene el Sultán, si hay una sola trampa, la niña morirá antes de que podáis hacer nada. Y esta vez, la semilla que mataré será la que más queréis.

Zeynep leyó las palabras una y otra vez, sintiendo cómo todo lo bueno que había pasado esa noche se desvanecía como humo entre sus dedos. Miró a Selim, que tenía los ojos encendidos de una rabia asesina, listo para mandar a todo su ejército a buscar a la niña esa misma noche, y supo que la verdadera prueba aún no había llegado. Que la noche de sorbetes, muñecas y bailes bajo la luna había sido solo el principio. Que Nurbanu, derrotada pero no muerta, había jugado su última carta, y la apuesta era la vida de una niña inocente.

Y mientras los tambores de alarma empezaban a sonar por todo el palacio, mientras los guardias corrían de un lado a otro gritando órdenes, mientras el imperio entero se despertaba en medio de la noche por el secuestro de la princesa, Zeynep tomó una decisión en silencio, sola, dentro de su cabeza:

Iría. Iría sola. Haría lo que hiciera falta para traer de vuelta a la pequeña Ayşe. Y esta vez, no habría sorbetes calmantes, ni bailes bajo la luna, ni secretos que esconder. Esta vez, sería la guerra.

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