Laura Una arquitecta brillante intentando llevar una vida normal, en medio de todo su caos, llegará para cambiarle la vida a él.
—Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada
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capitulo 2
—Muy bien, Laura. Excelente estrategia. Hola, soy la nueva y acabo de bautizar tu imperio con azúcar y lácteos. Un plan sin fisuras
se recriminó mientras abría el grifo con saña.
Se restregó la cara con papel secante, tratando de no arruinar el poco maquillaje que le quedaba. Su mente, traicionera como siempre, le proyectó la imagen de Marco. No era justo. Nadie debería tener permitido medir un metro noventa, tener hombros de nadador y una mandíbula que podría cortar diamantes, todo mientras viste una camisa que probablemente costaba más que sus cuatro años de universidad. Y ella, por el contrario, ahí estaba, luchando con una faja que parecía haber sido diseñada por la Inquisición y cargando con esos kilos de amor que siempre le recordaban que no encajaba en los moldes de las revistas.
—Él es el jefe. Tú eres la empleada. Él es perfecto. Tú eres... un proyecto en construcción
sentenció, dándose palmaditas en las mejillas para recuperar el color.
Cuando salió del baño, diez minutos después, caminó hacia la oficina principal con la espalda tan recta que temía que su columna se rompiera. El despacho de Marco Alarcón era una oda al minimalismo agresivo. Todo era cristal, acero y cuero negro. Él estaba sentado tras un escritorio de ébano, ya sin la camisa manchada, ahora vestía una de repuesto, azul oscuro, que le daba un aire todavía más peligroso.
—Pase, señorita Duran. No muerdo. Al menos no antes del almuerzo
dijo él sin levantar la vista de una tableta digital.
Laura tragó saliva y se sentó en la silla frente a él. Error. La silla era de esas modernas, hundidas, y sintió que sus muslos protestaban contra la presión del vestido. Trató de acomodarse con discreción, pero el sonido del cuero rozando con su ropa sonó sospechosamente parecido a una flatulencia en el silencio de la sala.
El rostro de Laura se encendió como un árbol de Navidad. Marco levantó la vista, arqueando una ceja con una mezcla de diversión y desconcierto.
—Ha sido la silla, señor Alarcón. Lo juro por mi título de diseñadora
soltó ella con una rapidez asombrosa.
Marco dejó escapar un sonido que, en cualquier otro ser humano, habría sido una carcajada, pero en él fue una exhalación controlada.
—No he dicho nada, señorita Duran. Pero me gusta que sea... aclaratoria. Hablemos de trabajo. He visto su portafolio. Sus ideas sobre el aprovechamiento de espacios pequeños son brillantes, casi mágicas. ¿Cómo alguien que no cabe por un pasillo sin derribar cosas puede diseñar espacios tan fluidos?
Laura sintió el aguijón del comentario. Sabía que no lo decía por su peso, sino por el desastre de hace un momento, pero el complejo tiene oídos de tísico.
—Quizás porque entiendo mejor que nadie lo que significa que el mundo no esté diseñado a tu medida
respondió ella, con una mezcla de orgullo y vulnerabilidad que detuvo el sarcasmo de Marco en seco.
Hubo un silencio espeso. Él la observó con una intensidad nueva. No era la mirada condescendiente de un jefe, sino la de alguien que acaba de encontrar una pieza de un rompecabezas que no sabía que estaba armando. Recorrió sus curvas, no con juicio, sino con una curiosidad casi magnética. Había algo en la redondez de sus hombros y en la suavidad de su rostro que le resultaba extrañamente reconfortante frente a la angulosidad de su propia vida.
—Tenga cuidado, Duran. Si sigue diciendo cosas inteligentes, tendré que empezar a tomarla en serio
dijo él, bajando el tono de voz de una manera que hizo que el vello de los brazos de Laura se erizara
— Su primera tarea será el rediseño de la sala de juntas de la planta baja. Quiero algo que no parezca una sala de interrogatorios de la policía. Tiene libertad total, siempre y cuando no incluya máquinas de batidos en el mobiliario.
—Entendido, jefe. Nada de chocolate, mucha ergonomía
Laura se levantó, tratando de salir airosa de la silla trampa.
—Una cosa más
añadió Marco cuando ella llegaba a la puerta.
—Mañana tenemos una cena con los inversores del proyecto del viñedo. Necesito que me acompañe. Como mi asistente, por supuesto.
Laura se congeló. ¿Viñedo?. La palabra resonó en su cabeza como una campana. La carta quemada que guardaba en su mesita de noche, la única pista de su pasado antes de ser adoptada por los Duran, mencionaba un viñedo.
—¿El viñedo de la familia Valbuena?
preguntó ella, tratando de que su voz no temblara.
Marco frunció el ceño, intrigado.
—No. Es el viñedo La Herencia, al norte. ¿Por qué, Conoce la zona?
—No... solo curiosidad profesional
mintió ella, aunque por dentro sentía que el suelo volvía a moverse
— Allí estaré.
—Bien. Y Duran...
él hizo una pausa, sus ojos grises suavizándose apenas un ápice
—El verde le queda bien. Resalta el fuego de sus ojos cuando se enfada conmigo.
Laura salió de la oficina sintiendo que caminaba sobre nubes y brasas al mismo tiempo. Al llegar a su cubículo, se dejó caer en la silla y se tapó la cara con las manos. Marco Alarcón era un imbécil arrogante, un adicto al control y un hombre que probablemente no sabía lo que era una caloría... pero también era el primer hombre en años que la hacía sentir vista, no como un obstáculo, sino como un incendio forestal que él estaba ansioso por estudiar.
Lo que Laura no sabía era que, dentro de la oficina, Marco se había quedado mirando la puerta cerrada durante cinco minutos largos. Se frotó el pecho, justo donde el corazón suele latir con fuerza, y sintió una punzada de molestia. Él no creía en las distracciones. Él tenía un plan de vida perfecto, uno que no incluía a una chica con curvas peligrosas y una lengua afilada.
Pero sobre todo, él guardaba un secreto que lo hacía sentir incompleto, la certeza médica de que su linaje terminaría con él. Un hombre que lo tenía todo, pero que no podía dar vida.
Laura encendió su computadora y, antes de abrir el software de diseño, sacó de su bolso una foto pequeña y desgastada. Era una mujer joven, con los mismos ojos grandes de Laura, sosteniendo a un bebé frente a una hilera de vides. El misterio de su origen y la presencia arrolladora de su jefe acababan de chocar en su primer día de trabajo.
Eres gorda, pensó Laura mirando su reflejo en la pantalla apagada. Ojalá el amor se pesara, porque siento que hoy acabo de subir una tonelada.