Bella campesina y rico citadino se aman contra la voluntad de él. Ella sufre humillación en la ciudad. Él cambia. Ella huye. Él la busca. Celos, maldad y un embarazo los unen para siempre.
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Capítulo 18: La luna de miel
La boda había sido un sueño, pero lo que vino después fue aún mejor. Sebastián y Lucía decidieron que no necesitaban viajar lejos para su luna de miel. El campo, su hogar, era el lugar más hermoso que podían imaginar. Don Justo, con una sonrisa cómplice, les ofreció la pequeña cabaña que había construido años atrás cerca del río, un lugar apartado y tranquilo donde podrían estar solos.
—Tómenselo con calma —les dijo el viejo campesino, mientras les entregaba las llaves—. El campo espera. Ustedes disfruten.
La cabaña era modesta, pero tenía todo lo necesario: una cama de madera, una chimenea, una pequeña cocina y una ventana que daba directamente al río. El sonido del agua corriendo era como una canción de cuna que los envolvía en paz.
—Es perfecto —dijo Lucía, dejando su pequeña maleta en el suelo y girando para abrazar a Sebastián—. No necesito nada más.
—Solo necesito tu amor —respondió él, besándola con ternura.
Los primeros días fueron de exploración. Caminaron por el bosque, recogiendo flores silvestres y observando los pájaros. Se bañaron en el río, riendo como niños cuando el agua fría los sorprendía. Cocieron juntos a la luz de la chimenea, compartiendo historias y sueños.
—¿Te imaginas cómo sería nuestra vida aquí? —preguntó Lucía una noche, mientras miraban las estrellas desde la orilla del río—. Una casa grande, niños correteando por el jardín, un perro que ladre a los visitantes.
—Lo imagino —respondió Sebastián, acariciando su cabello—. Y es lo único que quiero. Una vida contigo.
Pero no todo era perfecto. A veces, en la quietud de la noche, Sebastián se quedaba despierto, mirando el techo de madera. Su padre se había reconciliado con él, y su hermano Mateo seguía siendo su mejor aliado, pero la sombra de Victoria todavía pesaba en su mente.
—¿Qué piensas? —preguntó Lucía una noche, notando su silencio.
—En mi madre —admitió él—. Sé que no vendrá a buscarnos, que no puede hacer nada ahora. Pero me preocupa que algún día intente algo más.
Lucía tomó su mano y la apretó con fuerza.
—No importa lo que intente —dijo—. Estamos juntos, y eso es lo único que importa.
Sebastián sonrió, agradecido por su fortaleza.
—Tienes razón. No dejaré que nada ni nadie nos quite esta felicidad.
La luna de miel duró dos semanas. Cuando regresaron a la casa de don Justo, encontraron al viejo campesino con una sonrisa de oreja a oreja.
—Bienvenidos, recién casados —dijo—. ¿Cómo les fue?
—Maravilloso, papá —respondió Lucía, abrazándolo—. Gracias por darnos ese regalo.
—Fue lo menos que pude hacer —dijo don Justo—. Pero ahora, prepárense, porque hay trabajo que hacer. El maíz está listo para la cosecha.
Los días siguientes fueron de arduo trabajo. Sebastián se había convertido en un experto en las labores del campo, y don Justo no dudaba en confiarle las tareas más pesadas. Lucía, por su parte, se encargaba de la casa y del huerto de verduras, que crecía más frondoso que nunca.
—Eres una gran campesina —le dijo Sebastián una tarde, secándose el sudor de la frente—. No sé cómo lo haces.
—Es práctica —respondió ella, riendo—. Y además, tengo un buen maestro.
Don Justo, que los observaba desde lejos, sentía que su corazón se llenaba de orgullo. Su hija era feliz, y eso era todo lo que siempre había querido.
Pero el destino, una vez más, tenía otros planes.
Una mañana, mientras Lucía regaba las flores del patio, sintió un mareo repentino. El mundo giró a su alrededor, y apenas tuvo tiempo de agarrarse de la barandilla antes de caer.
—¡Lucía! —gritó Sebastián, corriendo hacia ella—. ¿Qué te pasa?
—No sé —respondió ella, con voz débil—. Solo me mareé.
Don Justo, que había salido al oír los gritos, la miró con preocupación.
—Hija, ¿desde cuándo te sientes así?
—Hace unos días —admitió Lucía—. Pero pensé que era cansancio.
Sebastián la tomó en brazos y la llevó a la cama.
—Voy a buscar al médico del pueblo —dijo—. No te muevas.
Horas más tarde, el médico llegó. Después de examinarla, sonrió con una mezcla de sorpresa y alegría.
—Felicidades —dijo—. Vas a ser mamá.
Lucía sintió que el mundo se detenía.
—¿Mamá? —repitió, incrédula—. ¿Estoy embarazada?
—Sí —confirmó el médico—. Unas seis semanas, aproximadamente.
Sebastián, que había estado esperando en la puerta, entró corriendo al escuchar las palabras.
—¿Un bebé? —preguntó, con la voz quebrada por la emoción—. ¿Vamos a tener un bebé?
—Sí —respondió Lucía, con lágrimas de felicidad—. Vamos a ser papás.
Sebastián la abrazó con fuerza, sintiendo que el amor que sentía por ella crecía hasta el infinito.
Don Justo, que también había escuchado, entró en la habitación con lágrimas en los ojos.
—Voy a ser abuelo —dijo, con voz temblorosa—. Mi niña va a ser mamá.
La noticia se extendió por el pueblo como un reguero de pólvora. Todos querían felicitar a la pareja, que se había convertido en el símbolo del amor verdadero.
Esa noche, Lucía y Sebastián se sentaron en el porche, mirando las estrellas.
—¿Estás feliz? —preguntó él, acariciando su vientre.
—Más de lo que puedo expresar —respondió ella—. Tengo todo lo que siempre soñé: un esposo amoroso, un padre orgulloso y un bebé en camino.
—Y yo tengo a ti —dijo Sebastián, besándola—. Eso es más de lo que merezco.
Pero en la oscuridad, algo se movía. Una figura desconocida observaba la casa desde la distancia, con una libreta en la mano y una sonrisa maliciosa en los labios. Era un investigador privado, contratado por Victoria Montenegro, que había seguido a la pareja hasta el campo.
—La señora Montenegro quiere saberlo todo —dijo en voz baja—. Y yo le daré lo que busca.
Sin saberlo, el nuevo capítulo de sus vidas estaba a punto de comenzar. Y con él, nuevas tormentas.