Karol Bellandi lo perdió todo en cuestión de semanas. La empresa que levantó con años de esfuerzo está al borde de la quiebra, las deudas la persiguen y el embargo de su casa termina de destruir el mundo que construyó con sacrificio.
Sin opciones y desesperada por salvar lo único que le queda de su padre, acepta buscar ayuda del frío y poderoso empresario Nathanael Moretti.
Nathanael no cree que asociarse con Karol sea una buena inversión. Para él, ella solo es una empresaria en caída libre. Sin embargo, intrigado por la determinación de Karol, le propone un trato: si logra conquistar al cliente más importante del próximo proyecto, considerará firmar el contrato que podría salvar su empresa.
Obligada a convivir con él después de quedarse sin hogar, Karol descubre que detrás de la arrogancia de Nathanael existe un hombre marcado por secretos y heridas del pasado. Lo que comienza como un acuerdo estrictamente profesional pronto se convierte en una tensión imposible de ignorar.
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Capitulo 4
Esa mañana, Karol llegó a su casa y encontró a los funcionarios esperándola en la puerta. No hubo discusiones ni demoras: debía retirar sus pertenencias de inmediato. Con las manos temblorosas, metió en unas pocas maletas lo más necesario y lo que guardaba valor sentimental, entre ello un viejo reloj que perteneció a su padre. Salió por última vez, mirando cómo cerraban la puerta tras de sí, sintiendo que le arrancaban una parte del alma. Sin saber a dónde ir, se dirigió al centro de la ciudad, cargada con sus cosas, tratando de pensar con claridad a pesar del dolor.
Horas después, mientras pasaba frente a la entrada de un reconocido hotel, vio salir a Nathanael acompañado de un caballero. Se detuvo a un lado para no interrumpir, esperando que pasara de largo, pero él la distinguió entre la gente. Se despidió rápidamente de su acompañante y se acercó a ella, frunciendo el ceño al ver las maletas a sus pies y su expresión abatida.
—¿Qué hace aquí con todo esto? —le preguntó con voz seria, sin comprender al principio.
Karol bajó la mirada, sintiendo cómo se le llenaban los ojos de lágrimas que intentaba contener.
—Llegaron por la casa… se la han llevado. No tenía a dónde más ir.
Nathanael guardó silencio unos instantes, observándola. No había lástima en su rostro, sino esa calma analítica que siempre lo caracterizaba, aunque se notaba que la situación no la esperaba.
—¿Y pensaba quedarse aquí, en la calle? —preguntó con tono severo.
—No lo sé… —admitió ella con voz quebrada—. Solo quería estar cerca, por si necesitaba algo para el trabajo. No quería retrasar nada.
Él suspiró levemente, como si aquello le fuera una molestia, aunque sus palabras demostraron lo contrario.
—Mire, señorita Bellandi: si va a trabajar conmigo, no puedo permitir que quien representa mis intereses ande sin techo ni un lugar digno donde descansar. Eso no me sirve a mí ni al proyecto.
Karol lo miró con sorpresa, sin entender todavía hacia dónde iba.
—No tiene por qué preocuparse por mí… buscaré una habitación o algo pequeño en cuanto pueda.
—No hay tiempo para eso —la interrumpió él con firmeza—. Tengo un apartamento amplio en el centro. Hay espacios suficientes. Se quedará allí de forma temporal, hasta que resolvamos su situación o cerremos el trato con Lombardi. No es un favor, aclaro, es cuestión de orden y de que cumpla bien su compromiso.
Karol sintió un nudo en la garganta, entre la vergüenza de tener que aceptar refugio de él y la inmensa gratitud por no estar totalmente perdida.
—No quisiera ser una carga… ni estorbarle en su propia casa.
—Si cumple con su trabajo y mantiene las normas que le indique, no estorbará —respondió él, ya caminando hacia donde esperaba su vehículo—. Vamos. No nos quedaremos aquí parados discutiendo.
Ella recogió sus maletas con manos aún inseguras.
—Gracias, Nathanael. De verdad… no sé cómo agradecerle esto.
Él abrió la puerta del coche para ella, con esa expresión impasible que nunca abandonaba.
—Agradézcamelo logrando que Lombardi firme. Esa es la única moneda que acepto.
Mientras el automóvil se ponía en marcha, Karol miró por la ventana. Su vida había cambiado de golpe: ya no tenía hogar, pero ahora vivía bajo el mismo techo del hombre que tenía el poder de salvarla o de verla caer definitivamente. Y aunque él se mantenía distante y frío, por primera vez en todo ese tiempo, no se sentía completamente sola.