"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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La pelea con Andrés.
Miércoles – 20:00 – Departamento familiar.
La bomba estalló un miércoles por la noche, de la manera más inesperada y por la razón más insignificante. Andrés había llegado temprano del trabajo, algo completamente inusual en él, que solía quedarse hasta tarde en la oficina revisando informes trimestrales o atendiendo llamadas de clientes insatisfechos. Aquella noche, sin embargo, había salido antes porque el jefe de ventas le había dado el resto del día libre después de una presentación exitosa frente a los directores de la empresa. Llegó a casa con una botella de vino tinto Malbec, el favorito de Valeria, y con ganas genuinas de compartir una cena tranquila con su esposa, algo que no hacían desde hacía meses, quizás desde antes de que empezara todo este caos silencioso que se había instalado entre ellos como un inquilino invisible.
Encontró a Valeria en la cocina, preparando la cena, con el teléfono celular en una mano y una cuchara de madera en la otra. Pero lo que vio en la pantalla del teléfono lo hizo detenerse en seco en el umbral de la puerta. No era una receta de cocina, ni un mensaje de Camila, ni una foto de los chicos. Era un mensaje de WhatsApp de un contacto identificado como "Carlos Eventos", y lo que alcanzó a leer antes de que Valeria ocultara la pantalla contra su pecho con un movimiento rápido y culpable le heló la sangre en las venas.
—¿Qué es eso? —preguntó Andrés, con una voz que no era la suya, una voz más grave y más fría que Valeria no le había escuchado jamás en diez años de matrimonio.
—Nada, una receta de cocina que me pasó Camila. Ya sabés cómo es ella, siempre me manda cosas nuevas para probar, especialmente postres —respondió Valeria, ocultando el teléfono contra el pecho con un gesto demasiado rápido, demasiado culpable, demasiado evidente para alguien que no tenía nada que esconder.
—No era una receta. Era un mensaje de WhatsApp. De alguien llamado Carlos. Alcanzé a leer "confirmado evento sábado 22, pago adelantado". ¿Quién es Carlos y por qué te está pagando por adelantado? ¿Qué clase de eventos organiza que requieren pagos anticipados?
—Es un compañero del gimnasio, ya te lo dije la semana pasada. Organiza eventos de caridad para recaudar fondos para hospitales infantiles. Me pidió que ayudara con la organización y la animación de las cenas. Nada del otro mundo, te lo juro por lo que más quieras.
—¿Del gimnasio? Val, los compañeros del gimnasio no te pagan por adelantado. Los compañeros del gimnasio no te mandan mensajes a las ocho de la noche de un miércoles con confirmaciones de eventos y detalles de pagos. Los compañeros del gimnasio no tienen un contacto en tu teléfono que dice "Carlos Eventos" con un signo de dinero al lado. ¿Qué me estás ocultando?
—Nada, Andrés. Te juro que no es nada malo. Es una cena a beneficio para un hospital de niños con cáncer. Me pidieron que ayude con la organización y la animación del evento. Nada ilegal, nada turbio, si es lo que estás pensando.
—¿Y por qué nunca me hablaste de eso? ¿Por qué nunca me contaste que estabas organizando eventos de caridad con un tal Carlos? ¿Por qué siempre me entero de las cosas por accidente, espiando tu teléfono como un marido celoso?
—Porque no era importante. Porque no todo lo que hago tiene que ser importante para vos. A veces hago cosas solo por hacerlas, sin necesidad de contarlas en la cena.
—No era importante. Claro. Como no fue importante que dejaras de contarme cosas. Como no es importante que salgas cada noche y vuelvas a las tres de la mañana oliendo a cigarrillo y a perfume barato que yo no reconozco, un perfume dulzón que no es el tuyo.
—No fumo. Ya sabés que no fumo. Dejé el cigarrillo cuando nació Mateo, hace ocho años.
—¡Pero olés a cigarrillo, Val! Olés a perfume que yo no te regalé, a alcohol, a lugares donde yo nunca estuve, a una vida que no comparto con vos. ¿Qué me estás ocultando? ¿En qué andás metida que no podés contarme?
El silencio que siguió fue peor que cualquier grito. La cuchara de madera resbaló de los dedos temblorosos de Valeria y cayó al suelo de cerámica con un ruido seco que resonó en toda la cocina. Ella miraba el piso, los azulejos blancos y azules, las migas de pan sobre la mesada, cualquier cosa que le permitiera no mirar a los ojos de su marido. Porque si lo miraba a los ojos, sabía que iba a confesar todo. Y no estaba preparada para eso. Todavía no.
Andrés se dio la vuelta y la enfrentó. Sus ojos estaban húmedos, pero no de tristeza: de rabia contenida, de frustración acumulada durante meses, de dolor por la sospecha que le carcomía el pecho como un ácido corrosivo.
—¿Hay otro, Val? ¿Hay alguien más? ¿Ese Carlos es algo más que un organizador de eventos? Porque si hay otro hombre, prefiero que me lo digas ahora, de frente, sin rodeos —preguntó Andrés, con la voz quebrada por el dolor y la sospecha.
—¡No! No, Andrés, no hay nadie más. Te lo juro por mis hijos, por Mateo y por Sofi. No hay otro hombre en mi vida. Carlos es solo un contacto de trabajo, nada más. No significó ni significa nada para mí.
—¿Trabajo? ¿Qué trabajo? Si ni siquiera me contás a qué te dedicás cuando salís de noche. Antes eras ama de casa, después empezaste a ir al gimnasio, y ahora resulta que tenés un trabajo que no puedo conocer. ¿En qué trabajás, Val? ¿En qué trabajás que no podés decírmelo a mí, tu marido, el hombre que duerme a tu lado todas las noches?
—Andrés, por favor. No me hagas esto ahora. No estoy preparada para esta conversación. Dame un poco más de tiempo.
—No, Val. No me voy a callar más. Hace meses que te noto rara. Hace meses que salís de noche y volvés de madrugada. Hace meses que evitás mirarme a los ojos cuando te pregunto cómo te fue. Y yo me cansé de hacer de cuenta que no veo nada. Soy tu esposo, no un imbécil al que podés engañar con sonrisas falsas y excusas baratas.
—Nunca dije que fueras un imbécil. Sos el hombre más inteligente que conozco.
—Entonces tratame como tal. Contame la verdad. Sea cual sea, por más dolorosa que sea, prefiero la verdad a esta mentira constante en la que vivimos desde hace meses. ¿O acaso creés que no me doy cuenta de que ya no me mirás como antes?
Valeria sintió que las lágrimas le picaban en los ojos, pero las contuvo con todas sus fuerzas. No podía llorar. Si lloraba, se derrumbaría, y si se derrumbaba, lo contaría todo. Y no podía contarlo todo. Todavía no. Necesitaba tiempo. Un poco más de tiempo para juntar la plata del tratamiento de su madre, para encontrar una salida limpia, para no arrastrar a su familia al abismo con ella.
—No estoy preparada, Andrés. Dame unos días. Cuando las cosas se calmen un poco, te prometo que hablamos. Te cuento todo. Sin mentiras, sin evasivas, sin secretos.
—Promesas. Solo promesas. Me prometiste que ibas a estar en casa para los chicos. Me prometiste que el gimnasio era solo un hobby para despejarte. Me prometiste que no había nada raro. Y todo fueron mentiras, una tras otra, como un castillo de naipes que se desmorona.
—Andrés...
—No, Val. Ya no te creo. Cuando quieras hablar de verdad, de frente y sin excusas, avisame. Mientras tanto, necesito espacio para pensar. Necesito aire.
Andrés agarró su abrigo del perchero de la entrada, su billetera de cuero y las llaves del coche que estaban sobre la mesa del living. Salió del departamento dando un portazo que retumbó en todo el edificio y que seguramente sobresaltó a los vecinos del piso de abajo. Valeria se quedó sola en la cocina, con la cuchara de madera tirada en el suelo, la botella de vino sin abrir sobre la mesada, y un silencio ensordecedor que lo envolvía todo como una mortaja.
Esa noche, Valeria lloró hasta quedarse dormida en el sofá del living, abrazada a un almohadón que todavía conservaba el olor de Andrés, ese olor a jabón de avena y colonia suave que tanto amaba. Era la primera vez, en diez años de matrimonio, que su marido se iba de casa después de una pelea. La primera grieta real en la fachada perfecta que habían construido juntos, una grieta que amenazaba con convertirse en un abismo insalvable del que quizás nunca podrían regresar.
En algún momento de la madrugada, cuando el reloj de la cocina marcaba las dos y cuarto, el teléfono vibró sobre la mesa ratona del living. Era un mensaje de Andrés.
WhatsApp – Andrés
02:13
Andrés: Estoy en lo de Javier. Necesito pensar. No me busques.
Valeria leyó el mensaje con los ojos hinchados por el llanto y sintió que el corazón se le partía en mil pedazos, como un vaso de cristal que cae al suelo. No respondió. ¿Qué podía decirle? ¿Que todo era mentira? Él ya lo sabía, o al menos lo sospechaba. ¿Que lo amaba? Él también lo sabía, pero el amor a veces no alcanzaba para tapar las grietas. ¿Que iba a cambiar? No podía prometerle eso. Todavía no. Porque su madre seguía enferma, y las cuentas seguían sin cerrar, y el club Eclipse seguía siendo su única fuente de ingresos, y Carlos la tenía agarrada del cuello con su extorsión silenciosa.
Se quedó mirando el techo del living, iluminado tenuemente por la luz anaranjada de las farolas de la calle que se filtraba por las persianas. Pensó en Mateo y Sofi, que dormían ajenos a todo en su habitación, soñando con unicornios y carreras de autos. Pensó en su madre, conectada a una máquina de quimioterapia en el hospital, luchando contra un enemigo invisible. Pensó en Andrés, durmiendo en el sillón de Javier, confundido y herido. Y pensó en ella misma, Valeria Gutiérrez, atrapada en una red de mentiras que ya no sabía cómo desenredar.
—¿Qué estoy haciendo con mi vida? —susurró en la oscuridad del living, pero nadie respondió.
La casa estaba en silencio, un silencio que pesaba como una losa de cemento sobre sus hombros. Valeria se durmió cerca del amanecer, sin haberse movido del sofá, sin haberse quitado la ropa, sin haber encontrado una respuesta a su propia pregunta. Afuera, la ciudad empezaba a despertarse con el ruido de los primeros colectivos y el canto de los pájaros en los árboles de la vereda. Adentro, en el departamento de los Gutiérrez, algo se había roto para siempre. Y Valeria no sabía si tendría la fuerza suficiente para repararlo.