Caitlyn llegó a la Mansión Blackwood siendo una niña traviesa que veía en Alexander al príncipe de sus cuentos. Años después, regresa convertida en una mujer fuerte y decidida, pero encuentra a Alexander consumido por el dolor tras la muerte de su esposa y distanciado incluso de su pequeña hija. Mientras cuida de la bebé, Caitlyn intentará devolver la luz al hombre que siempre amó en secreto. Un romance tierno y apasionado donde el amor verdadero puede sanar hasta el corazón más herido.
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Capítulo 17: El Laberinto del Deber y el Deseo
El idilio dorado del invernadero se desvaneció con la misma rapidez con la que el sol de la tarde se ocultaba detrás de las siluetas recortadas de los robles centenarios. Al regresar a la estructura de piedra de la Mansión Blackwood, la realidad cayó sobre los hombros de Caitlyn con el peso frío y cortante de una losa de mármol. El perfume denso de las rosas salvajes y la calidez del pecho firme de Alexander todavía impregnaban su piel, pero los pasillos umbríos y los techos altísimos del ala noble actuaron como un recordatorio silencioso de las leyes invisibles que gobernaban el mundo de los vivos.
Un temor sordo, una sombra nacida de la agudeza de su propio entendimiento, comenzó a echar raíces en el corazón de la joven. Mientras subía los escalones de caracol hacia la torre norte, el eco rítmico de sus botas de cuero fino pareció transformarse en un reproche. ¿Qué era ella en esa colosal dinastía? Una niñera. La nieta del ama de llaves. Una mujer que, a pesar de sus años de estudio sociológico y su educación literaria en la capital, pertenecía por nacimiento a la clase de los que sirven, no de los que reinan.
El recuerdo del pasado también se alzó ante ella como un espectro agorero. Recordaba las palabras de su abuela Margaret sobre la difunta esposa de Alexander: una mujer de la alta sociedad, de linaje impecable y manos pálidas que, aun sin amor, había sido elegida por el viejo señor Blackwood para perpetuar el apellido. Alexander era un aristócrata de provincia, el heredero de una fortuna inmensa y de tierras que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Un beso apasionado bajo los cristales rotos de un invernadero abandonado no borraba los siglos de heráldica y convención social que separaban sus mundos. Caitlyn temía, con una angustia que le oprimía el busto pleno, que cuando el fuego de la novedad se apagara, Alexander la mirara y solo viera en ella un error de juventud, una distracción carnal nacida de su desesperación por escapar de la culpa.
Para protegerse del dolor inminente de un desprecio futuro, Caitlyn tomó una decisión drástica: se refugió en la trinchera del deber absoluto.
A partir de la mañana siguiente, la joven niñera se transformó en una máquina de actividad infatigable. Se levantaba antes del alba, cuando la bruma gris del amanecer todavía flotaba sobre los jardines descuidados, y se dedicaba a sus tareas con una meticulosidad que rayaba en la obsesión. Su silueta curvy y generosa, que el día anterior se había entregado con tanta sensualidad a los brazos de Alexander, aparecía ahora oculta tras el delantal blanco de lino grueso de su uniforme de diario. Vestía un traje de percal oscuro, austero y abotonado hasta la barbilla, intentando camuflar las formas rotundas que habían encendido la masculinidad del amo.
Se instaló de manera permanente en el ala norte, limitando sus movimientos a la guardería y a las cocinas del subsuelo. Supervisaba cada onza de leche que consumía la pequeña Diana, lavaba las sábanas de la cuna con sus propias manos largas y fuertes, y se encargaba de organizar los armarios de la casa con un fervor que dejaba exhaustas a las pocas sirvientas que intentaban seguirle el ritmo. Al caminar por los pasillos secundarios, el rozar de su falda contra sus caderas anchas y seguras ya no dictaba un vals de invitación, sino la marcha apresurada de quien huye de su propio destino.
Sin embargo, el cuerpo podía obedecer las órdenes de la razón, pero el rostro delataba la traición del alma. Cada vez que el nombre de Alexander era pronunciado por el personal, o cada vez que sus botas pesadas resonaban a la distancia en el piso noble, Caitlyn se congelaba. Sus ojos oscuros, grandes y habitualmente rebosantes de una vitalidad contagiosa, se volvían hacia la puerta con una fijeza nítida, casi dolorosa. En el fondo de sus pupilas se dibujaba un anhelo tan profundo, una necesidad tan agónica de volver a sentir el roce áspero de la barba castaña y el calor de aquellas manos grandes en su cintura, que su respiración se quebraba por completo. Era la estampa de una mujer que se moría por entregarse al fuego pero se obligaba a permanecer en el invierno del protocolo.
Alexander Blackwood notó la distancia de inmediato, y la indiferencia fingida de Caitlyn lo sumergió en una desesperación salvaje que amenazó con desatar nuevamente los demonios de su interior.
Para un hombre que acababa de salir de una tumba de tres años gracias al aroma y la luz de una mujer, el repentino vacío que ella dejó fue como si le hubieran arrancado el aire de los pulmones sin previo aviso. Las mañanas volvieron a volverse hostiles. Alexander bajaba al comedor secundario con la camisa de lino blanco pulcra y la mandíbula perfectamente rasurada, buscando con la mirada el traje lavanda o el vestido lila que llenaba la habitación de vida. Pero en su lugar, solo encontraba una taza de café humeante y un plato servido por una sirvienta de manos temblorosas. Caitlyn ya no estaba allí para obligarlo a comer; desayunaba en las dependencias del servicio antes de que él despertara, usando a lady Diana como un escudo inexpugnable.
Durante tres días, Alexander soportó el exilio silencioso, pero al cuarto atardecer, la tensión acumulada en sus músculos colosales llegó al límite. No era un hombre propenso a las sutilezas de los salones de la corte; era un habitante de la provincia, un protector que acababa de reclamar su territorio y que se negaba a dejar que el fantasma del pasado o las estúpidas diferencias de clase le arrebataran su única fuente de redención.
La oportunidad para la confrontación llegó cuando la mansión se sumergió en la quietud gris del crepúsculo. Una llovizna fina y persistente había comenzado a caer sobre los tejados, enfriando el aire y obligando al personal a retirarse a sus cuartos en el ala de servicio.
Caitlyn se encontraba en el gran salón de costura del primer piso, una estancia amplia y fría donde se guardaban los hilos, los telares y los paños de repuesto de la casa. Sentada cerca de una alta ventana que daba al bosque, aprovechaba la última luz mortecina del día para remendar uno de los ropones de encaje de Diana. La luz gris recortaba su silueta con una suavidad melancólica. Aunque el delantal blanco intentaba aplanar sus curvas generosas, la redondez de sus pechos firmes subía y bajaba con un ritmo pesado, delatando el cansancio y la agitación interna de sus pensamientos.
La pesada puerta de roble del salón se abrió con un vaivén violento que hizo temblar las tijeras de plata sobre la mesa auxiliar.
Alexander se plantó en el umbral. Su contextura física, masiva y ancha, pareció absorber la poca luz que quedaba en el cuarto. Vestía una levita de paño oscuro desabrochada y una camisa con el cuello abierto que mostraba el vigor tenso de su cuello. Su cabello rebelde estaba ligeramente alborotado por el viento que entraba por los pasillos, y sus ojos azul grisáceo brillaban con una fijeza nítida y desesperada, un fuego azul que destellaba con una urgencia que rozaba la locura.
Caitlyn se puso de pie por puro instinto, dejando caer el ropón sobre la silla. Sostuvo la mirada del aristócrata con su valentía habitual, pero sus dedos cortos se clavaron en la tela de su falda para ocultar el temblor que le recorría las manos. Su rostro, iluminado por la luz cenicienta del crepúsculo, reflejó por un instante ese anhelo puro que intentaba enterrar bajo sus tareas.
—Señor Blackwood... —comenzó ella, intentando usar el tono formal que correspondía a una niñera—. El salón de costura no es lugar para el amo de la casa. Si necesita algo de los almacenes, puedo pedirle a mi abuela que se lo lleve a su estudio.
Alexander avanzó tres pasos largos hacia ella. El parqué crujió bajo sus botas pesadas con un sonido de sentencia. No se detuvo hasta quedar a escasos centímetros de su cuerpo, cercándola contra la mesa de costura. El aroma a tabaco, leña y a la fuerza limpia de su piel invadió el espacio, borrando de inmediato el olor a lino rancio del cuarto.
—¡Déjate de estúpidos títulos, Caitlyn! —siseó Alexander, y su voz sonó como un barítono profundo, rico, roto por una desesperación tan salvaje que hizo que ella contuviera el aliento—. ¡¿Qué es lo que estás haciendo?! Llevas cuatro días moviéndote por esta casa como si fueras un fantasma del servicio. Me esquivas en las comidas, te encierras en la guardería, y cuando me miras... cuando tus ojos se cruzan con los míos, me tratas como si fuera un maldito extraño que acabas de conocer en un camino.
Caitlyn levantó la barbilla, manteniendo sus ojos oscuros clavados en los de él, rehusando dar el paso atrás que su cuerpo le pedía para no ser consumida por el calor que emanaba de su pecho firme.
—Solo estoy haciendo mi trabajo, señor Alexander —replicó ella en un susurro nítido que intentaba ser firme pero que temblaba en las sílabas finales—. Soy la niñera de su hija. Mi lugar está con ella, organizando la ropa, cuidando que la casa funcione. No tengo por qué estar merodeando por el ala oeste ni perdiendo el tiempo en los rincones olvidados de la propiedad.
Alexander soltó una risa amarga, un sonido áspero que brotó del fondo de su pecho musculoso. Dio un paso más, eliminando el último milímetro de aire que los separaba. Sus manos grandes y de dedos largos se elevaron, pero en lugar de apartarla con la rudeza de la Bestia, se detuvieron a los lados de los brazos de ella, temblando por la intensidad del autocontrol que se imponía.
—¡No me mientas! —rugió en un susurro desesperado, y sus ojos claros recorrieron con una fijeza abrumadora las facciones de su rostro lleno de vida—. Te conozco desde que eras una niña traviesa que rompía mis rosales, y sé perfectamente cuándo estás usando una máscara. El otro día, en el invernadero... cuando te sostuve en mis brazos bajo la lluvia, cuando tus labios se fundieron con los míos... lo que se encendió entre nosotros no fue el capricho de un amo con su criada. Fue la vida, Caitlyn. Fue el fuego que me sacó de la tumba. ¿Por qué intentas apagarlo ahora? ¿Por qué me condenas a la oscuridad otra vez?
La mención del beso hizo que el busto pleno de Caitlyn subiera con una sacudida violenta. La barrera de su determinación comenzó a agrietarse ante la desesperación del hombre que amaba. Las lágrimas, contenidas por el orgullo y el miedo, comenzaron a brillar en sus pestañas oscuras.
—¡Porque tengo miedo, Alexander! —confesó ella finalmente, y su voz redonda se rompió en un lamento cargado de toda la angustia de esos cuatro días de reclusión forzada. Cruzó sus manos largas sobre el pecho firme de él, no para empujarlo, sino para sostenerse en medio del torbellino emocional—. Tengo miedo de lo que somos... de lo que el mundo va a decir cuando se entere de lo que pasa en este castillo. Usted es el señor Blackwood, el heredero de un linaje que no perdona los errores. Su esposa era una dama de la corte... y yo... yo solo soy la nieta de su ama de llaves. Un beso en un invernadero abandonado no borra la distancia que nos separa.
Alexander se congeló por un instante, y la fijeza de su mirada azul grisáceo pareció penetrar hasta lo más profundo del alma de la joven. La comprensión de su temor borró de golpe la furia de su desesperación, dejando únicamente una ternura salvaje y protectora.
—¿Crees que me importa el linaje, Caitlyn? —dijo él, y sus manos grandes finalmente descendieron, envolviendo la cintura de ella con una posesividad nítida y absoluta. Sus dedos largos se hundieron en la tela del percal, amoldándose a la curva sensual, generosa y rotunda de sus caderas anchas y seguras, atrayendo su anatomía curvy directamente contra sus muslos fuertes—. Mi linaje impecable me obligó a un matrimonio sin amor que terminó en una tragedia que casi me destruye la cordura. Las convenciones de la capital solo me trajeron frío y culpa. Tú... tú eres la que me trajo el aroma a manzanas, la que abrió las ventanas para que entrara el sol, la que hizo sonreír a mi hija por primera vez. No eres una criada para mí, Caitlyn. Eres mi refugio. Eres mi mujer.
Caitlyn soltó un sollozo, y la última línea de su resistencia se desmoronó por completo ante la fijeza magnética de sus palabras. Escondió su rostro pecoso en el pecho firme de Alexander, permitiendo que el llanto limpiara la angustia de su corazón.
Alexander la estrechó contra sí con una fuerza colosal, hundiéndose en la abundancia de sus rizos oscuros, exhalando su perfume dulce de vainilla mientras la mecía bajo la luz gris del crepúsculo. La diferencia de sus clases y las sombras del pasado seguían existiendo afuera de la habitación, pero en medio del salón de costura, el abrazo posesivo de la Bestia y la rendición del torbellino declararon que sus almas ya pertenecían a un único y soberano reino.