Laura Whitmore llevaba tres años casada con Xander Blackwood, uno de los empresarios más influyentes del país. Desde el día de su boda, su matrimonio no había sido más que un acuerdo frío y distante. Aunque compartían la misma mansión y el mismo apellido, Xander jamás la había tratado como una verdadera esposa.
Todo cambia una noche cuando Xander regresa a casa completamente ebrio. Por primera vez desde que se casaron, derriba el muro que siempre los había separado y pasa la noche con ella. Para Laura, aquella noche significa mucho más que un simple encuentro; es la prueba de que aún existe una oportunidad para conquistar el corazón de su esposo.
Sin embargo, al amanecer, todo vuelve a ser como antes. Xander retoma su indiferencia y Laura se ve obligada a regresar a una vida vacía y solitaria. Lo que ninguno de los dos imagina es que aquella única noche dejó una huella imborrable.
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Capitulo 15
Días después, todo en la mansión parecía haber cambiado de forma extraña. Xander llegaba mucho más temprano de sus oficinas, ya no se encerraba horas en su despacho y buscaba cualquier excusa para estar cerca de ella. No sabía cómo actuar, ni qué decir, así que sus gestos resultaban bruscos, forzados y fuera de lugar, como quien aprende a caminar de nuevo.
Una tarde, mientras Laura descansaba en el salón, él apareció allí con una taza de té, que le extendió con manos algo torpes.
—Pensé que… quizás te vendría bien algo caliente —dijo, evitando mirarla directamente, con tono inseguro—. He leído que es bueno para el descanso en esta etapa.
Laura tomó la taza con suavidad, pero sin que sus ojos se iluminaran como antes.
—Gracias —respondió simplemente, sin añadir nada más.
Xander se quedó de pie un momento, sin saber si irse o sentarse. Finalmente, tomó asiento frente a ella.
—Hoy no tengo que salir —comentó, intentando sonar natural—. Podríamos… comer aquí, en lugar de que te sirvan en tu habitación, si quieres.
—Como prefieras —fue su única respuesta, con esa calma que ya no guardaba esperanza.
Al día siguiente, durante la comida, él se esforzó por mantener la conversación, aunque las preguntas le salían lentas y desacostumbradas.
—¿Te has sentido bien hoy? ¿Te ha molestado algo? —preguntó, mirándola con atención, algo que nunca hacía antes.
—Todo sigue igual —contestó ella, llevando su comida con tranquilidad—. El embarazo avanza bien.
Xander asintió, frustrado consigo mismo por no saber qué más decir, y dolido porque esos pequeños cuidados no parecían importarle.
—He intentado… estar más presente —admitió de repente, soltando lo que le pesaba—. Ya no me voy tan temprano, ni me quedo fuera hasta la madrugada. Trato de hablar contarte, de saber de ti… ¿No te das cuenta?
Laura lo miró entonces, y en su mirada no había alegría, sino una tristeza profunda y serena.
—Me doy cuenta, Xander. Me doy cuenta de todo —dijo con voz suave pero firme—. Solo que llegas demasiado tarde. Hace tres años que esperé que hicieras esto, que te interesaras por mí, que estuvieras aquí. Cuando ya se me agotaron las fuerzas y las ilusiones, es cuando empiezas a intentarlo.
—¿No es suficiente con que lo intente ahora? —preguntó él, con una nota de desesperación que no entendía de dónde salía—. ¿De verdad ya no queda nada que pueda hacer?
—Lo que siento ya no depende de lo que hagas hoy —respondió ella bajando la mirada—. El corazón no se vuelve a encender solo porque uno decide traer la luz cuando ya todo se ha apagado.
Xander guardó silencio, comprendiendo con amargura que sus intentos, aunque sinceros por primera vez, caían en tierra ya estéril: ella había dejado de esperarlo justo cuando él había empezado a entender que no quería perderla.
Xander se quedó mirándola, sintiendo que cada palabra suya era una verdad que le dolía en lo más hondo. Quiso decirle que podía esperar, que podía esforzarse el tiempo que hiciera falta, pero no encontraba las palabras adecuadas.
—Yo no sabía… —empezó a decir, con voz entrecortada—. Nunca me enseñaron a dar nada que no fuera dinero o órdenes. Creí que con mantenerte aquí todo estaba bien, sin darme cuenta de que te estaba dejando sola.
Laura suspiró suavemente, con compasión pero sin volver atrás.
—El problema no es que no supieras, Xander. Es que nunca te detuviste a preguntarme qué necesitaba hasta que creíste que podías perderme. Ahora tus gestos son amables, sí… pero para mí ya son solo un recuerdo de todo lo que te pedí y no tuviste.
Él bajó la mirada, comprendiendo que su tardío acercamiento no deshacía años de silencio y soledad.
—¿Entonces ya no hay nada que pueda hacer para que te quedes? —preguntó con un hilo de voz.
Ella se levantó despacio y le respondió con serenidad:
—Aún no lo sé. Pero lo que sí sé es que ya no me quedaré esperando a que tú decidas si quieres estar conmigo.