⚠️NOVELA +18⚠️🔞
Tras la explosiva revelación de su verdadera identidad, Mía ha huido de la mansión Montenegro para refugiarse bajo la protección de su tía Beatriz, dispuesta a reconstruir su vida lejos del apellido que la destruyó y de la sombra de un padre al que solo puede ver como a un desconocido. Sin embargo, liberarse del linaje más poderoso del país no será una tarea sencilla.
En la cúspide del escándalo mediático y con su vida sentimental hecha pedazos tras la partida de Aitana, Henrry se enfrenta al abismo más oscuro de su existencia. Abandonado y acorralado por la opinión pública, su mundo colapsa definitivamente con la llegada de una nueva amenaza: Norma se presenta reclamando llevar en su vientre a un nuevo heredero Montenegro, respaldada por la despiadada Leonora, quien no dudará en usar a este futuro bebé como su última pieza de ajedrez para tomar el control definitivo de la familia.
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Capítulo 9
...HENRRY...
Los dos días en el hospital fueron un infierno en la tierra. Entre los abogados gestionando la seguridad privada, la policía metiendo la nariz donde no debía y la presencia constante e insoportable de Aitana respirándome en el cuello, sentí que perdía el control de mi propia vida. Esa mujer tiene el don de sacarme de mis casillas con una sola mirada, recordándome cosas que preferiría enterrar.
Al fin, hoy logré sacar a Mía de esa clínica. Aunque el médico le dio el alta médica ayer y ella juraba estar perfectamente bien, no iba a dejarla volver a su departamento ni mucho menos andar suelta por ahí.
La obligué a quedarse unos días en la mansión. Necesitaba tenerla bajo mi techo, bajo mi custodia y lejos de cualquier peligro... o de Camilo.
El sonido pesado de las puertas de madera maciza al abrirse rompió el silencio de la entrada.
—¡Papá! —un grito agudo retumbó desde el vestíbulo principal.
Tobías venía corriendo a toda velocidad por el pasillo con los brazos extendidos, sosteniendo un avioncito de madera roja y haciendo ruidos de motor con la boca. Al verme, frenó de golpe y se tiró a mis piernas.
La tensión que traía en los hombros se disipó por un segundo. Me agaché, lo levanté en brazos y le despeiné el cabello suave mientras él hacía volar el avión alrededor de mi cabeza.
—Hola, campeón. ¿Cómo va esa aviación? —le dije, dándole un beso en la mejilla antes de volver a ponerlo en el suelo. El niño rió y siguió su carrera imaginaria hacia el jardín.
Mía se había quedado a un par de pasos detrás de mí, en la entrada, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión de frialdad distante que había adoptado desde la discusión en el hospital.
Giré para enfrentarla. Estaba cansado. La rabia de los últimos días me había dejado agotado y ver la brecha tan enorme que se había abierto entre los dos me pesaba más de lo que jamás le admitiría a nadie.
—Mía, ya basta de esta pelea que tenemos —le dije, bajando el tono de voz, dejando de lado al hombre estricto e intentando hablarle como su padre—. Tratemos de llevarnos bien. Estoy tratando de hacer las cosas mejor.
Mía soltó un suspiro pesado, un gesto cargado de cansancio y resentimiento. Miró hacia el fondo del pasillo, donde Tobías volvía a correr riendo entre los muebles, y luego clavó sus ojos en mí con una frialdad que me escoció por dentro.
—Como quieras —respondió de mala gana, sin un solo rasgo de calidez.
Sin decir una palabra más, esquivó mi hombro, tomó su equipaje y comenzó a subir las escaleras a paso firme rumbo a su antigua habitación.
Subí las escaleras sintiendo el peso de todo el día sobre la nuca.
Lo único que deseaba en ese momento era entrar a mi habitación, quitarme esta maldita corbata, darme una ducha con agua hirviendo, servirme un vaso de whisky doble y acostarme un rato a intentar despejar la cabeza.
Pero la tranquilidad en esta casa nunca dura.
Al cruzar la puerta de mi dormitorio, me encontré a Norma sentada en el borde de la cama, esperándome con los brazos cruzados y la mandíbula tensa. Llevaba una bata de seda elegante, impecable, pero en sus ojos se notaba esa tormenta contenida que conocía de memoria.
—Llegas tarde —dijo sin rodeos, poniéndose de pie en cuanto me vio entrar—. Y ni siquiera me avisaste que traerías a Mía.
—Estoy cansado, Norma —respondi tajante, quitándome el saco para arrojarlo sobre un sillón y comenzando a desabrocharme el cuello de la camisa—. No tengo energía para esto hoy.
—¡Nunca tienes energía para mí! —elevó la voz, dando un paso hacia mí con evidente frustración—. Llevas dos días metido en ese hospital, prácticamente desaparecido, y llegas actuando como si yo fuera un fantasma más en este piso. ¿Hasta cuándo, Henrry? Ni me miras, ni me hablas... ni siquiera me tocas.
Giré sobre mis talones para encararla, sirviéndome un vaso de whisky en la licorera de la mesa auxiliar. El hielo resonó contra el cristal.
—Norma, por favor.
—¿Por qué no me tocas, Henrry? —insistió, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros, buscando desesperadamente una chispa de atención en mi rostro—. Insinúas que el trabajo te consume, pero conozco a los hombres como tú. Dime la verdad... ¿te estás viendo con alguien más? ¿Es por eso que te rehúsas a estar conmigo en la cama? ¡Son tres años, Henrry! Tres años viviendo así.
Dejé escapar una risa seca, desprovista de cualquier gracia, y di un trago largo a la bebida antes de mirarla fijamente a los ojos, sin ningún tipo de anestesia.
—¿Alguien más? Por favor, Norma, no digas ridiculeces.
—¡Entonces dame una explicación lógica! ¡Vivo bajo tu mismo techo, soy la madre de tu hijo!
—Y esa es la única razón por la que estás aquí —la corté en un tono helado y tajante, cortando cualquier ilusión de golpe—. Sabes perfectamente que estás en esta casa únicamente por Tobías, por nadie más.
Norma palideció, apretando los dientes con furia y sintiéndose humillada.
—No puedes ser tan desalmado...
—Sé muy bien lo que intentas hacer, Norma, pero te lo voy a dejar claro una vez más para que no pierdas el tiempo: no me interesas en lo más mínimo —sentencié, sosteniéndole la mirada con frialdad absoluta—. No te busco porque no me nace, así de simple. Así que no te ilusiones ni te inventes historias en la cabeza. Estamos aquí por el niño. Fuera de eso, entre tú y yo no hay nada.
El rostro de Norma se transformó por completo, rojo de la pura rabia. Me sostuvo la mirada unos segundos, temblando de coraje, antes de darse la vuelta, tomar su bolso de la mesa y salir de la habitación dando un portazo que retumbó en todo el pasillo.
Suspiré profundamente, cerré los ojos y me tomé el resto del whisky de un solo trago.
Me metí a la ducha esperando que el agua hirviendo me quitara el estrés, pero fue inútil.
La imagen de Aitana no se me borraba de la cabeza.
Pasé toda la tarde dando vueltas por el estudio, sirviéndome un trago tras otro sin lograr concentrarme en los documentos sobre el escritorio.
Me daba rabia conmigo mismo. Me enfurecía que, después de tanto tiempo y con la casa ardiendo por la actitud de Mía y los reclamos estúpidos de Norma, fuera esa mujer la que siguiera dominando mis pensamientos.
Lo que más me quemaba por dentro era ese maldito orgullo. Sabía que sonaba descarado, tal vez hasta hipócrita, pero no podía evitarlo: para mí, Aitana me había dado la espalda en el momento más difícil de mi vida.
Cuando todo se me venía abajo, cuando más necesité un punto de apoyo, ella simplemente dio un paso al costado y se fue. Eso me demostró que lo nuestro nunca fue tan serio para ella como lo fue para mí, que solo fui un pasatiempo que decidió desechar cuando la situación se puso compleja.
Y sin embargo, tenerla de vuelta estos dos días en el hospital, sintiendo su perfume, viendo cómo me sostenía la mirada con esa mezcla de desafío y reproche... me había desarmado por completo.
A las ocho de la noche ya no aguanté más.
Dejé el vaso de whisky sobre la mesa con un golpe seco, tomé las llaves del auto y salí del estudio sin dar explicaciones a nadie.
No quería escuchar a Norma, no quería lidiar con el silencio hiriente de Mía.
Necesitaba mirarla a los ojos y sacarme esta espina del pecho de una vez por todas.
Manejé hacia su barrio, adentrándome en esas calles estrechas que tanto odiaba y que tanto me recordaban a todo lo que había intentado dejar atrás.
Estacioné el auto frente a su casa, llamando la atención de los pocos vecinos que andaban afuera a esa hora.
Subí los escalones del porche, sintiendo el pulso acelerado en las sienes, y al llegar a la puerta no dudé.
Toqué con firmeza, tres veces seguidas, esperando a que me abriera.