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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2: Yo Elijo La Ruptura

Valentina no respondió de inmediato.

El corredor seguía frío. La luz de la tarde caía sobre las piedras del jardín como una sábana mojada, y Sofía permanecía arrodillada a su lado, con la respiración todavía rota por la rabia. Nana Elena esperaba al fondo, recta, seca, vestida de negro como todas las mujeres que servían directamente a Doña Milagros.

—¿Ahora? —preguntó Sofía, levantándose de golpe—. Mi señora acaba de...

—Ahora —cortó Nana Elena.

Valentina se incorporó sin aceptar la mano de Sofía. Las rodillas le temblaron apenas. Lo justo para que ella lo notara. Lo justo para que Nana Elena también lo notara y fingiera que no.

—Iré —dijo Valentina.

—La Luna Madre no está acostumbrada a esperar.

Valentina miró a Nana Elena por primera vez.

—Entonces no la hagamos esperar.

Sofía quiso seguirla, pero una de las mujeres de Nana Elena le cerró el paso.

—Tú no.

—Soy su doncella.

—Y yo soy quien trae la orden.

Valentina sintió que Sofía iba a explotar otra vez. Solo tuvo que girar un poco la cabeza.

—Sofía.

La muchacha apretó los labios hasta que perdieron color.

—La espero aquí, mi señora.

Valentina asintió. No le prometió que todo estaría bien. Las promesas dulces eran otra forma de mentira, y ese día ya había tenido suficientes.

Siguió a Nana Elena por los pasillos interiores de Hacienda Reyes. Cada puerta que cruzaban olía distinto: cera, madera húmeda, flores secas, chocolate enfriándose en algún comedor donde la manada todavía podía comer como si nada se hubiera roto. En las paredes colgaban retratos de Alfas Reyes con ojos duros y mandíbulas orgullosas. Ninguno miraba a sus Lunas.

La sala privada de Doña Milagros estaba encendida aunque todavía no caía la noche. Un brasero de cobre ardía junto al sillón alto. Sobre una mesa baja humeaba una taza de té con canela y hojas amargas. Valentina conocía ese olor: infusión para calmar los nervios de quienes tenían poder suficiente para no admitir que estaban furiosos.

Doña Milagros Cervantes de Reyes estaba sentada como si todo el territorio cupiera bajo el borde de su falda.

No miró las muñecas vacías de Valentina.

Eso fue peor.

—Ven, mi niña —dijo con voz suave.

Mi niña. En su boca, las dos palabras tenían filo.

Valentina se detuvo a tres pasos del brasero e inclinó la cabeza lo necesario. Ni más.

—Doña Milagros.

El silencio duró lo suficiente para que Nana Elena cerrara la puerta por dentro.

—Me contaron que hiciste una escena.

Valentina no levantó la voz.

—No hice ninguna escena.

—Saliste corriendo del dormitorio principal frente a Catalina del Valle y frente a sirvientes de dos manadas. En esta casa eso se llama escena.

—En esta casa también se llama bendición a obligar a una Luna a entregar sus brazaletes.

La taza de Doña Milagros quedó suspendida a medio camino.

Nana Elena inhaló despacio.

Valentina escuchó a su loba moverse en el fondo de su pecho. Seguía débil, casi sin fuerza, pero ya no estaba completamente quieta.

Doña Milagros bebió un sorbo de té.

—La lengua se te afiló de pronto.

—No. Solo dejé de morderla.

La Luna Madre sonrió. No era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que encontraba entretenido ver a una presa cansada mostrar los dientes.

—Sebastián está sano.

Valentina no contestó.

—Hace tres años llegaste a esta casa por una razón. Tu sangre tenía una bendición útil. Tu loba, aunque débil, podía sostener un enlace de curación. Mi hijo estaba al borde de la muerte. La Matriarca creyó en ti. Yo acepté. La manada aceptó. Tú cumpliste.

Cada palabra era un ladrillo. Doña Milagros estaba construyendo una jaula y quería que Valentina admirara lo limpia que quedaba.

—Sí —dijo Valentina—. Cumplí.

—Entonces también debes saber cuándo una misión termina.

El brasero crujió.

Valentina sintió frío en las muñecas desnudas.

—¿Misión?

—No te ofendas. No lo digo como insulto. Hay lobas que nacen para gobernar. Hay lobas que nacen para sanar. La Diosa Luna reparte dones distintos.

—Y algunas mujeres los usan para justificar crueldades distintas.

La mirada de Doña Milagros se endureció un instante. Luego volvió a suavizarse.

—Catalina es hija de Alfa. Su sangre fortalecerá a la Manada Reyes. Tiene educación, alianzas y un padre capaz de abrirnos puertas que tu familia jamás podría tocar. Sebastián la quiere. Y una Luna que no es amada se vuelve un problema para todos.

Valentina bajó la vista hacia el brasero. Las brasas rojas parecían ojos pequeños.

—¿Por eso me llamó? ¿Para explicarme que mi utilidad terminó?

—Para ofrecerte una salida digna.

Valentina casi se rio.

No lo hizo.

—La escucho.

Doña Milagros dejó la taza en el plato con un sonido delicado.

—Seguirás en Hacienda Reyes.

Nana Elena se movió apenas junto a la puerta. Valentina entendió que esa parte ya estaba decidida antes de que ella entrara.

—Tendrás una casa en el extremo norte del territorio. Buen servicio. Comida suficiente. Protección de la manada. Nadie dirá que te abandonamos después de todo lo que hiciste.

—Qué generosos.

—Sebastián puede visitarte cuando lo considere conveniente.

Ahí estaba.

No el golpe. El cuchillo.

Valentina alzó los ojos.

—Quiere que sea concubina de manada.

Doña Milagros ladeó la cabeza.

—No uses palabras feas cuando estamos hablando de soluciones.

—Es la palabra legal.

—Es una posición estable para una mujer en tu situación.

—Mi situación —repitió Valentina.

—Hija de un Beta menor, sin una loba fuerte, sin manada propia que pueda desafiar a los Reyes. No te conviene hacerte la orgullosa.

La loba interior gruñó. Fue un sonido débil, rasposo, pero Valentina lo sintió en la columna.

Concubina de manada.

Significaba vivir bajo la sombra de Catalina. Comer después de ella. Entrar por puertas laterales. Bajar los ojos cuando la verdadera Luna cruzara el patio. Significaba que si algún día Sebastián decidía tocarla y de esa visita nacía un hijo, ese niño crecería con la marca de lo inferior pegada al nombre.

Significaba que los tres años de dolor no habían sido el precio de una vida compartida.

Habían sido la renta de una jaula más pequeña.

—No —dijo.

Doña Milagros parpadeó.

—¿Perdón?

Valentina dio un paso hacia el brasero. El calor le tocó la falda, pero sus manos siguieron frías.

—No seré concubina de manada.

—No estás entendiendo tu posición.

—La entiendo mejor que nunca.

Doña Milagros apoyó los dedos sobre el brazo del sillón.

—Valentina, no te conviene provocar una guerra que no puedes ganar. Una mujer sensata acepta lo que la manada le permite conservar.

—Una Luna tiene derecho a solicitar ruptura del enlace.

El silencio fue tan brusco que hasta el fuego pareció apagarse.

Nana Elena dejó escapar un sonido ahogado.

Doña Milagros ya no sonreía.

—¿Qué dijiste?

Valentina sintió que el pecho le dolía. No como cuando el enlace de curación tiraba de su vida para alimentar a Sebastián. Este dolor era distinto. Más limpio. Más suyo.

—Dije que no seré concubina de manada. Yo elijo la ruptura del enlace.

La palabra ruptura se quedó flotando en la sala como una blasfemia.

En la sociedad licántropa, los enlaces no se rompían porque dolían demasiado. El lobo se aferraba incluso a cadenas oxidadas si la Diosa Luna las había tocado alguna vez. Una ruptura formal desgarraba la esencia de ambos compañeros, dejaba fiebre, pérdida de fuerza, noches enteras escuchando al propio lobo aullar por algo que la mente ya no quería.

Pero Valentina había pasado tres años alimentando a un hombre que no la miraba.

El dolor no la asustaba tanto como seguir allí.

Doña Milagros se levantó.

—Tú no tienes autoridad para pedir eso.

—La ley de la Manada Real reconoce el derecho de cualquier Luna enlazada.

—Tú eres una herramienta de curación que tuvo demasiada suerte.

—Soy la Luna enlazada de Sebastián Reyes ante el altar de la Diosa Luna.

—Por ahora.

—Por eso quiero romperlo.

La mano de Doña Milagros tembló una sola vez. Valentina lo vio. Guardó el dato donde guardaba todo lo que podía servirle después.

—¿Tu padre sabe que quieres avergonzar a tu familia?

—Mi padre sabrá lo que deba saber cuando yo se lo escriba.

—Sin su apoyo no llegarás al Tribunal.

—Entonces empezaré por obtenerlo.

Doña Milagros soltó una risa baja.

—Pobrecita. ¿Crees que Don Ernesto Solano desafiará a los Reyes por una hija que ya nos entregó una vez?

La frase dio en un lugar que Valentina no había protegido.

Se permitió respirar una vez.

Solo una.

—No necesito que desafíe a nadie por mí —dijo—. Necesito que firme lo que la ley exige. Lo demás lo haré yo.

Doña Milagros caminó alrededor de la mesa baja. El olor de su perfume, nardo y humo, se mezcló con el té.

—Escúchame bien, mi niña. Si sales de esta casa como loba rechazada, nadie te recibirá con flores. Las manadas hablan. Los Alfas recuerdan. Las madres esconden a sus hijos de mujeres que rompen enlaces.

—Que hablen.

—Sebastián no firmará.

—Entonces lo pedirá el Consejo.

—Catalina no permitirá que conviertas su unión en un escándalo.

—Catalina ya convirtió mi matrimonio en uno.

Doña Milagros se detuvo frente a ella.

Por un momento, Valentina pensó que la golpearía. La Luna Madre tenía las uñas largas; no estaba en cambio parcial, pero no le hacía falta. Había mujeres que podían herir sin garras.

—Te arrepentirás.

Valentina sostuvo su mirada.

—Me arrepentí durante tres años de no haber despertado antes.

Doña Milagros entrecerró los ojos.

—Nana Elena.

—Sí, mi señora.

—Acompaña a Valentina a su habitación. Que descanse. Ha tenido un día... emocional.

El desprecio en esa última palabra era casi elegante.

Valentina inclinó la cabeza.

—Con su permiso.

—No te lo he dado.

Valentina se enderezó.

—Entonces con la ley de mi lado.

Salió antes de que Doña Milagros encontrara una respuesta que no sonara a grito.

Sofía la esperaba en el corredor, de pie, con los ojos hinchados y las manos cerradas. Apenas vio el rostro de Valentina, se le quebró la boca.

—¿Qué le hizo?

—Me ofreció quedarme.

—¿Quedarse?

Valentina siguió caminando hacia el dormitorio principal. Nana Elena venía detrás, silenciosa como una sombra con orejas.

—Como concubina de manada.

Sofía soltó una maldición contra la luna que se tragó a medio camino cuando recordó quién podía oírla.

—¿Y usted qué dijo?

Valentina abrió la puerta del dormitorio.

El cuarto seguía vestido para una unión que nunca ocurrió. Flores blancas junto al altar. Velas nuevas. Cintas rojas con dos lunas entrelazadas sobre la cabecera. La cama grande, intacta, dividida por una distancia que ningún sirviente podía ver, pero en la que ella había dormido durante tres años.

—Dije que quiero ruptura del enlace.

Sofía se quedó inmóvil.

Nana Elena también.

Valentina entró al cuarto y tomó la primera cinta roja. La arrancó de la pared. El papel se rasgó con un sonido seco.

Sofía se cubrió la boca con ambas manos.

Valentina arrancó la segunda.

Luego la tercera.

No lloró mientras lo hacía. Las lágrimas habían quedado en el corredor del jardín. En ese cuarto solo quedaban manos, papel rojo y la respiración de una loba que, por primera vez en años, no sonaba muerta.

Cuando terminó, dejó los adornos rotos sobre la mesa donde esa mañana había estado la caja de los Brazaletes de la Luna.

La cama seguía intacta.

El enlace, no.

Detrás de la puerta, Sofía empezó a llorar en silencio.

Valentina se sentó en el borde del colchón vacío y miró la luna fría detrás de la ventana.

Sebastián todavía no lo sabía.

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Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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