Mauricio y Celine no tuvieron el mejor comienzo, así que les tocará a ellos vencer los obstáculos que el destino les ha puesto para determinar que final quieren para su matrimonio. intrigas, secretos, envidias y más
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 4: Lágrimas en una casa desconocida
La puerta se cerró.
Y por primera vez desde que había comenzado aquella absurda noche, Celina se quedó completamente sola.
El silencio de la habitación azul era distinto al de la mansión Montenegro. Allí los silencios eran fríos, llenos de reproches invisibles. Aquí, en cambio, el silencio parecía inmenso, como si las paredes estuvieran esperando que alguien las llenara de vida.
Pero Celina no tenía fuerzas para eso.
Se quedó de pie durante unos segundos, mirando la puerta por donde Mauricio había salido apresuradamente después de recibir la noticia.
"Don Augusto despertó."
Nada más escuchar aquellas palabras, él había corrido hacia el hospital sin siquiera cambiarse de ropa.
Y ahora ella estaba allí.
Sola.
En una casa desconocida.
Casada con un hombre al que había conocido apenas unas horas antes.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos.
Intentó contenerlas.
No pudo.
Toda la tensión de las últimas semanas terminó derrumbándose de golpe.
Primero cayó una lágrima.
Luego otra.
Y después ya no pudo detenerse.
Se sentó sobre la enorme cama y se cubrió el rostro con ambas manos.
Lloró en silencio.
Como había aprendido a hacerlo desde niña.
Sin hacer ruido.
Sin llamar la atención.
Sin esperar consuelo.
Porque en su casa nadie acudía cuando lloraba.
Los recuerdos comenzaron a regresar.
La discusión con su padre.
La voz venenosa de Verónica.
La sonrisa triunfal de Inés.
Y finalmente...
La paliza.
Celina cerró los ojos con fuerza.
Todavía podía sentir el dolor.
Todavía recordaba el golpe que la había hecho caer al suelo.
—¡Vas a hacer lo que te ordeno! —había gritado Eduardo Montenegro.
—¡No quiero casarme con él!
—¡No te estoy preguntando qué quieres!
Otro golpe.
Otra humillación.
Otra derrota.
Celina había pasado la noche encerrada en su habitación.
Y a la mañana siguiente ya estaba camino al altar.
Como si sus deseos no importaran.
Como si fuera una mercancía.
Un objeto de intercambio entre familias poderosas.
Una hora después, las lágrimas comenzaron a agotarse.
El cansancio la invadió lentamente.
Se levantó y caminó hasta la terraza.
La vista era impresionante.
Los jardines parecían extenderse hasta el horizonte.
Fuentes iluminadas.
Senderos de piedra.
Árboles perfectamente podados.
Todo era hermoso.
Y sin embargo ella se sentía miserable.
—Qué ironía... —susurró.
Toda su vida había escuchado que las personas ricas eran afortunadas.
Pero jamás se había sentido tan sola.
Ni tan atrapada.
Un ruido detrás de ella la hizo sobresaltarse.
Se giró rápidamente.
Era Elena.
La mujer de cabello gris que la había recibido al llegar.
—Perdone, señora —dijo con amabilidad—. No quería asustarla.
Celina se secó las lágrimas rápidamente.
—No pasa nada.
Pero Elena las había visto.
Y ambas lo sabían.
La mujer fingió no notarlo.
—Le traje algo de comer.
Sobre una bandeja había una taza de chocolate caliente y algunos bocadillos.
Celina sintió una inesperada emoción.
No recordaba la última vez que alguien había hecho algo así por ella.
—Gracias.
—No tiene que agradecer.
Elena sonrió.
—En esta casa todos necesitamos algo de amabilidad de vez en cuando.
Aquella frase llamó su atención.
—¿Todos?
La mujer pareció darse cuenta de que había hablado demasiado.
—Sí... todos.
Celina observó la bandeja.
—¿Mauricio también?
Elena guardó silencio unos segundos.
—Especialmente él.
Después de que Elena se marchó, aquellas palabras continuaron rondando en la cabeza de Celina.
Especialmente él.
No parecía tener sentido.
Mauricio tenía dinero.
Poder.
Influencia.
Respeto.
¿Qué podía faltarle?
Sin embargo, recordó la expresión de su rostro durante la ceremonia.
La manera en que había aceptado el matrimonio.
No con ilusión.
Ni siquiera con resignación.
Sino con una especie de tristeza silenciosa.
Como alguien acostumbrado a obedecer.
Aquella idea le resultó extraña.
Nunca había imaginado que alguien como Mauricio DoCampo pudiera ser obligado a hacer algo.
Pasada la medianoche decidió recorrer un poco la habitación.
Necesitaba distraerse.
Abrió el enorme vestidor.
Revisó algunos cajones.
Observó la decoración.
Todo estaba impecable.
Demasiado impecable.
Entonces descubrió algo curioso.
Sobre una pequeña mesa junto a una ventana había una fotografía enmarcada.
La tomó.
Era una imagen antigua.
Aparecía Mauricio cuando tendría unos diez años.
Sonreía.
Una sonrisa auténtica.
Libre.
Feliz.
Celina parpadeó sorprendida.
Porque aquel niño no se parecía en nada al hombre serio que había conocido.
—¿Qué te pasó? —murmuró.
Dejó la fotografía en su lugar.
Y fue entonces cuando vio algo más.
Un pequeño cuaderno olvidado debajo de la mesa.
Probablemente alguien lo había dejado allí años atrás.
La curiosidad pudo más.
Lo abrió.
Las primeras páginas estaban vacías.
Pero hacia la mitad encontró una frase escrita con letra infantil.
"Cuando sea grande me iré de esta casa."
Celina frunció el ceño.
Pasó la página.
Había otra frase.
"El abuelo dice que algún día entenderé por qué hacemos sacrificios."
Otra página.
"Ojalá mamá estuviera aquí."
Celina sintió un extraño dolor en el pecho.
Porque aquellas palabras estaban llenas de tristeza.
Y pertenecían a Mauricio.
Mientras tanto, en el hospital, Mauricio permanecía sentado junto a la cama de su abuelo.
Don Augusto estaba despierto.
Débil.
Pero consciente.
—Pensé que nos dejarías esta noche —dijo Mauricio.
El anciano sonrió levemente.
—Todavía no.
—Me diste un buen susto.
—Los viejos hacemos eso.
Mauricio negó con la cabeza.
Luego su expresión se endureció.
—¿Por qué hiciste todo esto?
Don Augusto lo observó.
—¿La boda?
—Sí.
—Porque era necesario.
—Eso no responde nada.
El anciano guardó silencio.
Durante unos segundos pareció debatirse entre hablar o callar.
Finalmente respondió:
—Hay cosas que no entiendes todavía.
—Entonces explícamelas.
—No puedo.
Mauricio apretó los puños.
—Siempre igual.
Don Augusto cerró los ojos.
—Protégela.
—¿A quién?
—A Celina.
Mauricio se quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Pero el anciano no respondió.
Parecía haberse quedado dormido.
O quizás simplemente había decidido guardar silencio.
Una vez más.
A la misma hora, en la mansión Montenegro, Inés observaba varias fotografías en su teléfono.
Todas eran de Mauricio.
Tomadas durante la ceremonia.
Amplió una de ellas.
Sonrió lentamente.
—Qué desperdicio...
Verónica levantó una ceja.
—¿Qué quieres decir?
—Que Celina no merece a un hombre así.
La madrastra sonrió.
—Ya es tarde para arrepentimientos.
Inés dejó el teléfono sobre la mesa.
Pero sus ojos continuaron brillando.
Como si acabara de tener una idea.
Una idea peligrosa.
—No necesariamente.
Y por primera vez desde la boda, comenzó a preguntarse si realmente había cometido un error al rechazar convertirse en la señora DoCampo.